La duda fundamental de Vallejo

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Tras más de ocho décadas de su muerte, la obra del poeta y escritor César Vallejo sigue vigente en las mesas de las novedades de las librerías

  

César Vallejo edit

 

Texto: Carlo ACEVEDO

 

Entre 2018 y 2020, se han publicado cuatro libros de César Vallejo. La vigencia y recurrencia de su nombre, aun a ocho décadas de su muerte, demuestran el misterio y vigor que su escritura aún suscita. Y es que, en Vallejo, tanto vida como obra son apasionantes: ambas fueron fragmentarias, llenas de silencios, temerarias y aventureras, peculiarmente breves. Aunque no es sorpresa, claro, que surjan, cada tanto, nuevas ediciones de autores canónicos, como ya es la condición del peruano. Pero su caso es distinto, acaso podría recordarnos, en lengua anglosajona, a Emily Dickinson: tanto Vallejo como la estadounidense, sin importar cuántas veces se les lea, comente o publique, siempre conservarán un secreto en el fondo mismo de su escritura, algo a punto de descubrirse, un desafío impuesto al lenguaje que genere conmoción en sucesivas generaciones de lectores, de lectoras.

En 2019, se publicaron Piedra de estupor (Renacimiento Editorial), Carnets (Cactus) y Poesía y narrativa completas (Ediciones Akal). Sin embargo, un año antes llegó a las librerías una edición menos usual, que se concentró en compilar las heterogéneas poéticas y comentarios sobre arte, ciencia y política del peruano: Ser poeta hasta el punto de dejar de serlo (Pre-Textos, 2018). La primera impresión que queda tras leer el libro es que la poesía, su existencia, no puede limitarse al propio género, al verso y sus variantes. También sobresale que la cohesión del conjunto, que se divide en tres secciones (el ya conocido “Contra el secreto profesional”, “El arte y la revolución” y una última que se titula “Apuntes y notas”), parece que estuviese determinada por la aleatoriedad, por lo inmediato, esas minúsculas y fugaces luces que quizás guiaran las digresiones del peruano. A medida que se recorren las páginas, más que un libro, pareciera que se transita una mente en constante actividad, una mente que devora y digiere todo cuanto se le avecina. De todos modos, la perspectiva, la cosmovisión, por lo general basadas en los conocimientos posibilitados por el arte y la ciencia, demuestran un tono, un carácter, una ideología, y sugieren a un cuerpo en constante acción y diálogo con lo circundante, a un hombre.

Como ya sucediera en Trilce o en cualquier colección de poemas póstumos (España, aparta de mí este cáliz, por ejemplo), la exploración original de Vallejo es la del lenguaje. No hay hallazgo en el fondo que no se corresponda con un hallazgo en la forma. Y es que el peruano, escribiera versos o prosa, nunca olvidó que su vínculo fundamental con el mundo fue y sigue siendo la poesía. Por ello, es difícil dejar de tener la sensación, tras un texto y otro, de que se está leyendo un poema o de que un poema o un ápice de alguno está por surgir. Sin importar de qué trate el fragmento en cuestión, puede el lector o lectora encontrarse con el poeta que siempre rompe, pone en duda y resignifica los límites del lenguaje, las posibilidades de su arte.

Dicho afán de romper órdenes o límites, claro está, no se circunscribe a los impuestos al lenguaje. En Ser poeta hasta el punto de dejar de serlo, es transversal un Vallejo que amplía y transforma o que busca ampliar y transformar el arte, la ciencia, el conocimiento, la sociedad, el hombre y, por supuesto, la poesía. Éste, consagrado al materialismo y su dialéctica, también es un Vallejo que aprende a dudar de sí mismo, de sus versiones o perspectivas previas, las que ya podrían ser caducas o imprecisas, por lo que no está de más recordar su célebre afirmación: “Todo lo que llevo dicho aquí es mentira” (pg. 118). Y he allí el Vallejo fundamental: el que duda. Pero, más allá, el que tiene la certeza de que es en la duda donde está la posibilidad de lo nuevo y, más aún, de lo social, estética y éticamente necesario.

Este Vallejo que duda no se cansa de hacer mofas de las vanguardias europeas de la época, sobre todo el surrealismo, a la que condena a ser la forma estética burguesa por excelencia. Vacuidad, por no decir hipocresía, es lo que realmente se acumula, desde el punto de vista del poeta, tras las fachadas deslumbrantes de los discursos que llegaron, en su momento, a descreer de la moral, la conciencia y el arte tradicionales de Europa. El término burgués en el arte, por cierto, no lo utiliza Vallejo de una manera ingenua, panfletaria. Si algo reconoce el autor en los fragmentos de este libro es la falta de claridad que abundaba en el entorno en cuanto al arte proletario, revolucionario, al menos de una manera profunda y cohesiva, incluyente. El peruano sugiere que el poeta socialista no es aquel que exclusivamente escribe según los intereses del partido o de la historia, pues el poema, asegura, “…es una función natural y simplemente humana de la sensibilidad” (pg. 52).

Sin embargo, lo realmente inspirador del conjunto no es que nos topemos con uno de los más célebres poetas de Hispanoamérica escribiendo sobre arte, sobre política, sobre ciencia, sobre poesía, y, sobre todo, haciéndolo con el estilo indescifrable e inquietante que siempre lo caracterizó. Lo realmente inspirador del libro es que nunca es sencillo delimitar, desde el punto de vista del lector, los espacios temáticos de su discurso, aun cuando el autor los señale de manera explícita. Quizás esto suceda por una doble condición de la escritura del inagotable poeta.

Por un lado, la amplitud de sus ideas va más allá de la mirada miope que se concentra en una realidad dada. Es el afán de realidad, su totalidad, lo que en realidad motiva las observaciones y sentencias del peruano. Vallejo escribe sobre teatro y a la vez escribe, de manera más amplia, sobre arte; escribe sobre poesía y a la vez escribe sobre la revolución; escribe sobre política y a la vez se pregunta sobre la condición del hombre. Pareciera que, en cada fenómeno, el poeta tratara de descifrar la vida misma, esa Ley Natural que comprende todo y que a su vez es móvil, cambiante, como el universo mismo que plantea el materialismo histórico.

Por otro lado, no menos importante, es necesario retomar el tema del lenguaje. Como se escribió previamente, el lector o lectora puede toparse con una buena cantidad de fragmentos que podrían considerarse poesía, pensando en el género, y muchos otros que contienen una altísima y refinada dosis de poesía, pensando en la cualidad de un texto que permite hacer arte del lenguaje. Y es en estas dos características (grandeza en la idea y grandeza en la palabra, el fondo y la forma) que subyacen las armas letales de Vallejo. Así, el peruano se permite envolver, una y otra vez, al mundo entero en cada uno de sus fragmentos escritos o, extrayendo una bellísima expresión que se encuentra en las páginas del libro, lograr la síntesis cósmica.