Pioneras del aire

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Marck Bernard reúne a las primeras aviadoras de la historia en “Ellas conquistaron el cielo” (Blume)

  

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Texto: Sabina FRIELDJUDSSËN

 

 

Élise Deroche, pionera de pioneras

Los inicios de la aviación fueron cosa de hombres en un arranque del siglo XX donde las mujeres ni tan sólo tenían derecho a voto. Por eso resultó sorprende para muchos señores de grandes bigotes engominados y chisteras que el 22 de octubre de 1909 una mujer se subiera a una de aquellas novedosas máquinas de volar y tomara en solitario los controles de un avión. Fue la primera mujer en realizar un vuelo en solitario de la historia de la aviación. Tras diversos vuelos (en aquella época elevarse unos pocos metros del suelo y volar durante unos minutos era una proeza, Deroche tuvo un percance con Antoniette, pero lejos de asustarse tras salir ilesa, continuó con sus vuelos. Eso hizo que la asociación de aviación más importante del momento, el Aéro-Club de Francia le concediera el título oficial de piloto-aviador con el número 36 el 8 de marzo de 1910. También se ganaría a fuerza de demostrar su habilidad como piloto, y su valor, el título de baronesa: se lo concedió el zar Nicolás II tras verla actuar en una exhibición aérea en San Petersburgo en la que quedó cuarta clasificada. Ella, desde entonces, se presentaba como la baronesa Deroche.

Al poco tiempo, en una competición aérea tuvo un accidente y se estrelló provocándose 18 fracturas. Pero en cuanto se recuperó meses después, volvió a subirse a un aparato. Otras mujeres fueron incorporándose poco a poco a la aviación y se instauró en Francia el Premio Fémina. La baronesa lo ganó en 1913 y se consagró como la reina de los cielos. Su primer marido, el constructor aeronáutico Charles Voisin falleció de accidente automovilístico en 1912. Volvió a casarse con el piloto Jacques Vial. Vial murió en el frente durante la II Guerra Mundial y también el hijo que tuvieron a causa de la gripe española. Pero lejos de venirse abajo, se volcó en el pilotaje. En 1919, tenía 33 años cuando se subió de pasajera del piloto Barrault en un biplano y un fallo mecánico hizo que basculase y chocó contra el suelo. Ambos fallecieron

Amelia Earhart, por el placer de hacerlo

Era una enfermera que desde niña tuvo afición por los deportes de riesgo. Con sus pequeños ahorros se costeó un curso de pilotaje y empezó a volar en 1921, cuando tenía 23 años. Con un viejo biplano deportivo que le ayudó a comprar su madre empezó a coger horas de vuelo y en 1922 logró el récord femenino de altitud con 4.600 m. Durante un tiempo dejó la aviación y sentó la cabeza en sus quehaceres dedicada a la medicina. El ministerio del aire decidió organizar un vuelo para que cruzase el océano por el aire una mujer por primera vez, eso sí, como pasajera. No era exactamente lo que habría deseado Amelia Earhart, pero aceptó ir de paquete en el vuelo. La idea de ofrecerle a ella el viaje fue del editor George Putnam, que se sentía fascinado por el ímpetu y la belleza de aquella aviadora estilizada, rubia y de grandes ojos grisazulados. Putman se dio cuenta del potencial mediático de aquella piloto y la potenció como conferenciante, imagen de marca y se reactivó su carrera de piloto. Putman incluso se divorció de su mujer y se casó con ella en 1931. Earhart pulverizó en los siguientes años todo tipo de récords: se quitó la espina de su viaje como paquete y se convirtió en la primera mujer que atravesó el Atlántico volando en solitario: partió de Terranova a las 19:20 h. el 20 de mayo de 1932 y aterrizó 15 horas después en Culmore (Irlanda). Atravesó Estados Unidos de punta a punta de Los Ángeles a Nueva York en un vuelo de 19 horas y voló los 3.000 kilómetros entre Ciudad de México y Newark también en solitario en 14 horas. Pero nada era bastante para esta mujer intrépida. Empezó a preparar su gran hazaña: una vuelta al mundo (con escalas) sobre la línea del Ecuador de 47.000 kilómetros. Con un bimotor Lockheed con autonomía para 7.000 kilómetros empezó su aventura en mayo de 1937 partiendo de Oakland en dirección a Puerto Rico y Natal. De allí cruzó el océano hasta Dakar. Atravesaron África, el golfo arábigo y aterrizó en Calcuta. A través de Bangkok y Singapur, llegó hasta Nueva Guinea, a 36.000 kilómetros de su aeropuerto de salida.

Su viaje se había convertido en un gran acontecimiento en Estados Unidos: corresponsales cubrían sus etapas y el ejército le brindaba apoyo logístico con hasta tres buques repartidos a lo largo del último tramo de su ruta. Despegó de Nueva Guinea el 2 de julio de 1937, pero nunca más volvió a saberse de ella. Su desaparición resultó enigmática. Las comunicaciones con los barcos de apoyo fallaron y se perdió su rastro. Indagaciones posteriores han demostrado que su avión había sido modificado por ingenieros del ejé3rcito norteamericano y se le habían añadido cámaras fotográficas, lo que parece demostrar la teoría de que el apoyo del gobierno a su viaje era interesado, ya que iba a actuar como espía para desvelar posiciones estratégicas del beligerante ejército japonés. Se especula con la posibilidad de que amerizase cerca de las Islas Marshall y que fuera capturada con su tripulación y fusilados por el ejército japonés. Nunca se halló ni el aparato ni sus cadáveres. Amelia Earhart ingresó en la leyenda.

portada aviadoras 2Hélène Boucher, de récord

Es una de las aviadoras con una carrera más brillante y lamentablemente fugaz de la historia del vuelo. A los 22 años, un piloto amigo de la familia le dio una vuelta en su avioneta y cuando puso un pie en tierra esa muchacha inquieta y aficionada a la mecánica dijo que lo único que quería ser en la vida era aviadora. Sus padres aceptaron a regañadientes que hiciera un cursillo. Desde el principio, Hélène se convenció que estaba llamada a ser una aviadora famosa y trabajó con ahínco para conseguirlo. A fuerza de mucho ahorrar se compró un biplano de segunda mano de 80 CV en 1932. Decidió sacarse la licencia de piloto de transporte para ganarse la vida y se apuntó a uno de los raids aéreos de la época, carreras de larga distancia no exentas de peligros que daban fama a sus vencedores, para ganarse un prestigio que le permitiera ser bien recibida en alguna compañía aérea. Intentó realizar el peligroso parís-Saigón, pero los problemas mecánicos la hicieron abandonar en Bagdad. Estudió pilotaje aéreo y uno de los mejores instructores de la especialidad, Michel Détroyat, se hizo cargo de su aprendizaje y se asombró de la facilidad de Hélène para manejar los mandos. Tras un mes de entrenamiento fue capaz de desbancar a la campeona alemana Vera von Bissing, que llevaba dos años de entrenamientos.

Fue contratada por la compañía Caudron-Renault y empezó a volar en pruebas de velocidad. En agosto de 1934 en Istres batió el récord internacional de velocidad para todas las categorías (hombres y mujeres) en un trayecto de 1.000 kilómetros al hacerlo a una media de 409 Kms/h. De esa forma destronó a Amelia Earhart. El 10 de agosto, en otra prueba, aún apretó más y voló a una velocidad temiblemente baja y enloquecidamente deprisa y batió el récord femenino de velocidad de May Haizlip. Pero no había superado el récord masculino y se sintió defraudada. Al día siguiente volvió a intentarlo y a las siete de la mañana ya despegaba y aterrizaba después con una velocidad punta de 445 Kms/h. Que la convertía en el ser humano más rápido del planeta.

Beryl Markham, pura aventura

Nació en Leicester (Inglaterra) en 1902, pero a los cuatro años, tras el divorcio de sus padres, se fue a vivir con su padre a África, a 100 kilómetros de Nairobi. Más interesada en la naturaleza que en la escuela, su padre le enseñó el negocio familiar de la crianza de caballos de carreras y a los 18 años era la única mujer en África con licencia de entrenadora de caballos de competición. La persona que le descubrió la maravilla del vuelo fue un cazador especialista en safaris llamado Denys Finch Hatton. Fynch Hatton quedó inmortalizado por el cine por Robert Redford en Memorias de África. La propia Beryl Markham aparece desfigurada en la película como la joven Felicity, que monta a caballo en el club inglés y que al aceptar llevarla en un vuelo por Fynch Hatton supone la rotura de una resquebrajada relación amorosa con Karen Blixen (interpretada por Meryl Streep). Fynch Hatton la llevó en su avión y ella se apasionó por el vuelo y por el aventurero, con el que vivió un romance. Markham tuvo tres maridos y un numero de amantes que ni sus biógrafos consiguen mesurar.

Tras hacer un curso de piloto en África con Tom Campbell Black (quizá el gran amor de su vida) empezó a trabajar como piloto para safaris. Entonces se planteó realizar alguna hazaña más arriesgada. Como Amelia Earhart ya había sido la primera mujer en cruzar el Atlántico, ella se dispuso a hacerlo, pero en sentido opuesto (de Este a Oeste), mucho más difícil por tener los vientos en contra y resultar más arriesgado. Emprendió el vuelo el 4 de septiembre de 1936 al mano de un monomotor con un tiempo pésimo. Los fuertes vientos contrarios la forzaron a gastar más combustible del previsto y visto que no podría llegar a Nueva York intentó in extremis aterrizar en Nueva Escocia y, justo al borde de la parada del motor, realizó un aterrizaje forzoso del que salió ilesa. Consiguió el récord y fue aclamada como una heroína en Inglaterra. Tras la muerte de Tom Campbell Black, decreció su pasión por el vuelo. En Hollywood en 1940 se reencontró con el aviador y escritor Saint-Exupéry, que la animó a escribir sus memorias y publicó West with the Night, que tuvo un gran éxito. Por cierto, el autor de El Principito fue otro de sus amores pasajeros. Ha habido a lo largo de los años una fuerte controversia (en la que terció el mismísimo Hemingway, criticándola muy duramente) por la autoría del libro. Su ex marido, el novelista Raoul Schumacher se arrogó la verdadera autoría y muchos le creyeron puesto que ella apenas había completado sus estudios básicos y el libro era de una factura literaria excelente. Ella no lo aprobó ni lo negó. Acabó retirándose a vivir a Kenya y se dedicó a cuidar caballos. Vivió hasta los 84 años.

Jackie Cochran en pie de guerra

Tuvo una infancia desangelada, pero partiendo de la nada, su enorme inteligencia, tesón y seguridad en sí misma hizo que se abriera camino en todos los frentes que se propuso. Se fue a Nueva York huyendo de la pobreza de su vida en Louisiana y muy pronto se introdujo en el negocio de la peluquería y la cosmética. Se le ocurrió instalarse por su cuenta y llevar un muestrario propio como representante. Para hacerlo, decidió que la mejor manera de moverse por un país como Estados Unidos era en avioneta y se sacó la licencia de piloto. Pero tanto le gustó pilotar que se compró un viejo aparato y fue adquiriendo práctica. Se casó con un abogado adinerado y sagaz que siempre la apoyó y a la vez que el negocio de la cosmética iba hacia arriba empezó a participar en competiciones aéreas y a batir récords. En 1940, con Europa en guerra, trató de incorporarse como piloto militar, pero recibió muchas reticencias. Consiguió que se le permitiera participar en operaciones de transporte y únicamente acompañada de otros pilotos masculinos. Entonces Cochran, que vio por ahí un resquicio para las mujeres, escribió cartas a todas las aviadoras del país y reunió a 650 de ellas para formar una unidad de transportes. Estados Unidos estaba en un proceso de envío de aviones a Inglaterra y hacían falta pilotos de transporte, por lo que las mejores pilotos de Jackie Cochran se pusieron al servicio de la Air Transport Auxiliary. Jacqueline Cochran se convirtió en la directora de las WAFS (Women Airforce Service Pilots) y cuando finalizó la guerra y terminó su programa de acción habían recorrido en sus 27 meses de existencia 15 millones de kilómetros y realizado 12.650 transportes.

El final de la guerra motivó el retorno de muchos pilotos destinados en Europa y el Pacífico y se desmovilizó la unidad femenina. Jackie Cochran no se desanimó y siguió batiendo récord de velocidad, por delante de los masculinos. Dado el poderío económico del matrimonio, eran importantes accionistas en Northeast Airlines, pudo acceder a los mejores aparatos de la época. En 1953 fue la primera mujer en romper la barrera del sonido y establecer un nuevo récord de velocidad en 1.049 Kms/hora. Con 57 años a bordo de un Lockheed F-104G batió todos los récords de velocidad alcanzando 2.095 Kms/h. Y puso punto final a una brillante carrera de piloto profesional. Vivió plácidamente en un rancho de California hasta su muerte en 1980.

Jaqueline Auriol, la veloz

Fue una piloto un tanto tardía, pero su amor por la velocidad le hizo recuperar el tiempo perdido. Nacida en una acomodada familia francesa en 1918, se casó muy joven con el hijo de un notable miembro del socialismo francés, Vincent Auriol. Durante la II Guerra Mundial tuvieron que vivir en la clandestinidad y pasar algunos apuros, pero al finalizar, su suegro fue nombrado presidente de la República. Como nuera del presidente, vivía una cómoda vida de recepciones elegantes, pero al comentarle a un general su pasión por la velocidad, éste le sugirió que se sacase el título de piloto. Lo hizo y empezó a volar. Tras sacarse la licencia básica, fue perfeccionando y tomó clases con un instructor de mucha altura, Raymond Guillaume. Él le enseñó los trucos de la acrobacia aérea y a los mandos de un Morane-Saulmier MS 341 empezó a despuntar como piloto. En un viaje a bordo de bimotor anfibio en que iba como pasajera, sufrió un grave accidente: tres fracturas de cráneo, rotura de ambos maxilares, nariz y una disyunción craneofacial que hizo que todos los puntos de anclaje del cráneo con la cara se rompiesen y se le hundiera el rostro 3 centímetros. La hermosa y distinguida dama de la alta sociedad quedó con una cara completamente desfigurada. A lo largo de dos años tuvo que someterse a 16 operaciones, pero pese al tropezón, no sólo no se enfrío su afán volador sino que se multiplicó. Se volcó en la consecución de récords de velocidad y estuvo durante años turnándose en el liderato de mujer más rápida del mundo con Jackie Cochran.

En 1951 destronó a la aviadora americana pulverizando su récord con un Vampire con el que voló a 818 km/h. Cochran la volvió a superar después a Auriol, de nuevo la ganaba en otro nuevo récord. Así estuvieron durante doce años y en cinco de ellos Auriol obtuvo el reconocimiento de ser la más rápida del mundo. Se dedicó en esos años a hacer de piloto de pruebas con nuevos prototipos que, todo hay que decirlo, su condición de nuera del presidente facilitaba que le pusieran en sus manos. Pero ella demostró manejarlos con extraordinaria habilidad y ser una piloto de unos reflejos poco frecuentes. Los últimos años de su vida, un accidente de coche y el Parkinson la alejaron de los aeródromos y falleció en el año 2000.