Lo que se oculta bajo nuestros pies

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Robert MacFarlane explora los fascinantes mundos que existen en el subsuelo en su libro “Bajotierra”.

 

subte ed

 

 

Texto: Antonio LOZANO

 

“Es muy poco lo que sabemos de los mundos que existen bajo nuestros pies -afirma Robert MacFarlane-. Si miramos al cielo una noche despejada, vemos luz de una estrella que se encuentra a miles de billones de kilómetros o distinguimos los cráteres que ha dejado el impacto de los asteroides en la cara de la luna. Si miramos al suelo, la vista se detiene en el terreno, en el asfalto, en los pies. Rara vez me he sentido tan lejos del reino humano como a solo diez metros bajo tierra, atrapado en las brillantes fauces del plano calcáreo de estratificación que conforma el suelo de un mar antiguo (…) ¿Por qué descender? Es un acto antiintuitivo, va en contra del sentido común y de la tendencia del espíritu”. En su impresionante y a ratos conmovedor y terrorífico ensayo/crónica/libro de viajes Bajotierra, una de las grandes voces del nature writing, profesor en Cambridge y miembro de la Royal Society of Literature, propone abandonar la superficie, hundirnos en la tierra, descender a las profundidades, erradicar las limitaciones de la <<perspectiva plana> dominante, abrazar el subsuelo, ese terreno que nos conforma y que solemos ignorar, pese al que desde siempre le hemos confiado “tanto lo que tememos y deseamos perder de vista como lo que amamos y deseamos salvar”, pese a que “es vital para las estructuras materiales de la existencia contemporánea, así como para nuestros recuerdos, mitos y metáforas”.

¿Cómo resistirse a hacer realidad los descensos al inframundo de Endiku -servidor de Gilgamesh-, Ulises, Orfeo o Eneas? Cuevas, grutas, catacumbas, laboratorios subterráneos, glaciares, cementerios nucleares… el autor explora cuanto queda bajo nuestros pies con permanente mirada de asombro, perspectiva crítica, arrojo aventurero y verbo lírico. Su erudición literaria va punteando la narración con mitos griegos y nórdicos, referencias a Walter Benjamin, Italo Calvino, Edgar Allan Poe y un largo etcétera, asistimos a un combate permanente por encontrar las palabras justas para transmitir visiones y experiencias que se sitúan entre lo trascendente e inefable, y el mensaje ecologista asoma en varios puntos. Los años de trabajo dedicados y el volumen de información son ingentes por lo que un artículo sólo puede rasgar la superficie (lo que suena de lo más apropiado dado el asunto entre manos).

Uno de los primeros aspectos que llama la atención es el vínculo entre el agua, la tierra y las estrellas. Así, “unos geólogos han descubierto mares de agua enterrados en el manto terrestre. Es probable que haya el cuádruple de agua allí encerrada, en un mineral que se llama ringwoodita, que la que corre por todos los océanos, ríos, lagos y hielos del mundo”. Por otro lado, de cara a penetrar en las profundidades de la roca y percibir estructuras hundidas, como el interior de los volcanes o el centro hueco de las pirámides, se recurre a una tecnología denominada <<Tomografía de muones>, la cual emplea partículas cargadas muy penetrantes (muones), originadas en la radiación cósmica procedente del espacio. MacFarlane nos conduce también a un laboratorio situado en una veta de roca plateada a un kilómetro bajo tierra, donde se rastrea la presencia de materia oscura en el universo, empresa que califica como “la búsqueda del grial de la física moderna”, y que revela la ironía de que “para oír la respiración del nacimiento del universo hay que descender bajo tierra a lo que son, experimentalmente hablando, los recintos más silenciosos del universo”.

portada bajo tierra EDIEl mismo vértigo que puede generarnos pensar en el espacio exterior lo desencadena el intentar concebir lo que ocurrirá con nuestro planeta de aquí a miles de años, cuando, por ejemplo comiencen a eliminarse los residuos transuránicos que produce la fabricación de armas nucleares y que yacen en instalaciones subterráneas como las que hay bajo el desierto de Nevada, concentrados en miles y miles de contenedores de acero plateado. “¿Cómo es la historia de las cosas que han de venir? -se pregunta el autor- ¿Cómo serán nuestros fósiles? Puesto que hemos ampliado nuestra capacidad de modelar el mundo, somos más responsables de la vida posterior a largo plazo de todo lo que modelamos (…) Entre los vestigios del Antropoceno se encontrarán las repercusiones de nuestra era atómica, los cimientos aplastados de nuestras ciudades, la columna vertebral de millones de ungulados de ganadería intensiva y la débil silueta de unos cuantos miles de millones de botellas de plástico que se producen anualmente, y los estratos en los que se encuentren se podrán datar con precisión en relación con los archivos de diseño de productos de las multinacionales. Es famosa la propuesta de Philip Larkin: lo que sobrevivirá de nosotros es el amor. Se equivocó. Lo que sobrevivirá es el plástico, los huesos de cerdo y el plomo 207, el isótopo estable del final de la cadena de descomposición del uranio 235”.

Hongos y chiflados

Los seres humanos no somos los únicos que hemos desarrollado una red social. Sostenida en la cooperación y la solidaridad, en vez de en el narcisismo y la autopromoción, los bosques han confeccionada una de propia; la <<wood wide web>>. Desde los años 90 sabemos que existe una red subterránea de apoyo mutuo entre árboles y hongos, todo un campo de investigación científica que recibe el nombre de “ecología del subsuelo”. Y hablando de los segundos, el organismo más grande que conocemos, y uno de los más antiguos, es el hongo de la miel, el Armillaría solídipes, sito en el subsuelo de los bosques de las Blue Mountains de Oregon, que cubre un área total de unos diez kilómetros cuadrados y posee ¡cuatro kilómetros de extensión! en su parte más ancha.

Robert MacFarlane nos presenta a una galería extensísima de locos, enfermos, obsesos o simplemente enamorados de los siempre fascinantes, bellos y peligrosos espacios que permanecen invisibles al común de los mortales, a quienes no solemos abandonar la superficie más que para coger el metro. Ahí están, por ejemplo, los catacumbófilos de París, que recorren (y hacen arte y organizan fiestas) los infinitos laberintos de una tenebrosa y claustrofóbica ciudad sumergida, jugándose muchas veces el pellejo y exponiéndose a ir a la justicia, toda una subcultura con sus uniformes y códigos de honor que la llegada de internet reforzó al permitir compartir información sobre la red en chats y sitios web; o los grottisti, grupos de inmersión en cuevas submarinas que compiten entre sí por cartografiar el curso completo del río Timavo, cuyo punto de partida está en el lado sur del monte Sneznik, en la frontera entre Eslovenia y Croacia, y su final permanece un misterio, o los practicantes de espeleología extrema, buscadores de agua oculta, de ríos ciegos y de profundidades terribles, “cuyo vocabulario suele ser explícitamente mortal y tácitamente mítico: tramos de pasadizos que terminan en <<punto muerto>>, <<sumidero terminal>> y <<asfixia>>. A las regiones más profundas las llaman <<la zona muerta>>”.

Imposible, decíamos, resumir la cantidad de peripecia y conocimiento, ciencia y poesía, reflexión y admonición, reunidas en Bajotierra. En sus páginas aprendemos que el arte rupestre histórico es el más complejo de descifrar y, de boca del arqueólogo Hein Bjerck, investigador en una cueva en la remota costa occidental del archipiélago de las Lofoten, rozamos qué se siente al toparse con él por primera vez -“Bjerck dirá que el descubrimiento es como <<una estrella fugaz>>, inesperado, no merecido y magnífico, y que deja con un deseo desesperado de volver a vivir algo semejante, volver a ser la primera persona, desde hace miles de años, que ve esas figuras bailando en la oscuridad”-; acompañamos al movimiento de resistencia contra las perforaciones petrolíferas en Noruega y a los implicados en la hercúlea y desesperante tarea de extraer muestras del hielo con fines científicos; nos familiarizamos con el drama detrás del término “sostalgia” -”trastorno psíquico o existencial debido a cambios medioambientales” (…) La sostalgia refleja una extrañeza moderna, la que se produce cuando un lugar conocido se vuelve irreconocible debido al cambio climático o a la intervención de empresas: el hogar deja de ser acogedor para sus moradores”, y con los debates que siguen agitando la llamada “semiótica nuclear” -Comisiones que estudian y debaten “cómo crear un sistema de aviso que pueda sobrevivir -tanto estructural como semánticamente-, incluso en caso de fases catastróficas en el futuro del planeta. Esto es, que, salvando abismos temporales, pudiera comunicarse con seres desconocidos por venir para poner en su conocimiento que no debían entrar en los cementerios del subsuelo, ni violar la cuarentena de los residuos”-.

Para acabar con una nota optimista, valga una cita mencionada en el libro, que funciona a la vez como mensaje profundo del mismo y como divisa vital para todos; es del montañero místico W.H. Murray y la expresó tan pronto lo liberaron después de pasarse años en los campos alemanes e italianos de prisioneros de guerra: <<Busca la belleza, quédate ahí>>.

¡ Abajo empieza todo!

Hay sincronías editoriales que se dirían idóneas. Coincide en librerías con Bajotierra un título que es a un tiempo complemento y expansión: El subsuelo. Una historia natural de la vida subterránea (Seix Barral) de David W. Wolfe, profesor asociado de Ecología Vegetal en la Universidad de Cornell, cuyas investigaciones se centran en la conservación del subsuelo y el agua. Más técnico y científico, pero igual de bien documentado, ameno y concienciado con el medioambiente, nos abre los ojos al modo en que el subsuelo afecta a los principales aspectos de la vida humana: el aire, el agua, la alimentación, la medicina, la industria y la exploración espacial.