Javier Reverte, un escritor poco razonable

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Lo visitamos en su refugio de Segovia tras la publicación de “Suite italiana”

 

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Texto y Foto: Asís AYERBE

 

En “Suite italiana” (Plaza & Janés) Javier Reverte ha seguido caminando con ese paso suyo, lento pero incansable. Un camino que lleva a Venecia y Trieste, hasta finalizar en la isla de Sicilia. Está su mirada, el rebote de los lugares en su retina y de las voces de la gente en sus orejas siempre desplegada, pero también la mirada de cuatro escritores que habitaron en esos escenarios y que escribieron sobre ellos: Thomas Mann, James Joyce, Rainer Maria Rilke y Giuseppe de Lampedusa. Un viaje en el que se mezcla la vida vivida en las plazas de las ciudades y en la calles de los libros. Reverte, reflexionando sobre esos escritores, cree que “intentaron salvar el anhelo de belleza mientras la Historia se mecía en brazos de la muerte y anegaba de sangre las trincheras de Europa”.

Otro apasionado de la mirada, el artista gráfico Asís Ayerbe, visitó a Javier Reverte en su refugio de Segovia y nos cuenta sus impresiones.

Valsaín, el viaje tranquilo

Una de las cuestiones que más me fastidia de cumplir años es ir viendo cómo todos mis referentes caen. Necesito ver a gente mayor que yo, cuyo ejemplo me inspire y me haga pensar que la vida, en todo su recorrido, es un gran viaje. Claramente, la persona adecuada para una buena dosis de vitalidad e inspiración es Javier Reverte. Acudo con él y con la editora de sus diez últimos libros, Virginia Fernández, a Valsaín (Segovia), lugar al que suele escaparse siempre que puede.

Me maravilla ver lo sencillo que es Javier, la forma en que cubre con una pátina de normalidad las historias hondísimas que cuenta. El modo en que destila lo interesante, lo curioso, lo inspirador que pueda haber en una vivencia y lo traslada a su charla o a sus libros. Esto es lo que ha generado que miles de lectores sean fieles a este curtido viajero que se considera más lector que escritor y que habla de la literatura como un hecho íntimo. Dos frases de presentación que dejan ver una prometedora manera de entender la vida y trasladarla a sus libros. También dice que no hay nada más aburrido que un escritor razonable, y se ríe.

En Valsaín da paseos y juega al mus con algunos vecinos. Nadie le habla de literatura aquí, ni le preguntan por sus viajes, su malaria, sus trenes, sus luchas sociales y laborales... eso le gusta. Le encanta que le cuenten cosas del campo, o de las ovejas. Es ese el clima de observación que lo acompaña en sus viajes. Travesías que transcurren a otro ritmo, de una forma distinta a lo que pudiera ser hacer turismo. Viaja sin comprar recuerdos (no le interesan los regalitos, ni casi nada material en realidad), sin hacer fotos (tan solo una pequeña cámara compacta), solo vivir y fluir. En su nuevo libro, Suite italiana, recorre el país de Dante y de la pizza con un equipaje de cuatro libros y, entre historias literarias y la vida sobre el terreno, consigue emocionarnos.

Tan sencillo como suena, tan fácil como parece, y sin embargo hay muy pocos que lo hagan, tan pocos que resulta preocupante. Quizás uno crece y reduce la clasificación vital a dos tipos: los que se han enterado de qué va en realidad la vida y los que no. Aunque quizá esto no sea muy razonable.