Masas y estuches, “flâneurs” y detectives

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Walter Benjamin estudió en su libro “París” la relación entre delito y espacio físico

 

Maniquís.Lozano

 

 

Texto:  Antonio LOZANO

 

En el libro París, una selección de textos que el filósofo Walter Benjamin dedicó a la capital francesa, nos topamos con apuntes muy valiosos en torno a la relación del delito con los espacios físicos y los sujetos, expresado a través de dos binomios: individuo/muchedumbre y domicilio/ciudad.

Urbe-Masa

En tanto que lugar de encuentro y de despliegue de la masa, la urbe es una pesadilla de ocultación y anonimato, un entorno descontrolado y caótico que desafía la imposición del orden que es la prioridad de las fuerzas policiales. Así, Benjamin cita un informe, fechado en octubre de 1798, en el que un chivato de la policía advierte que: “Resulta casi imposible imponer y preservar las buenas costumbres entre una población abigarrada en la que cada individuo, que, por así decir, es extranjero a todos, se oculta en la muchedumbre y no tiene ante quién avergonzarse”.

Walter Benjamin también alude al pavor que la masa inspira en Charles Baudelaire, entendiendo que la visión que da de la misma en sus poemas es la del “último refugio del réprobo; es, en el laberinto de la ciudad, el último laberinto y el más impenetrable. Gracias a la masa, la ciudad adquiere inéditos rasgos telúricos”. Descrita de forma memorable por el poeta en su obra El pintor de la vida moderna, la figura decimonónica del flâneur —el paseante que devora la ciudad con los ojos— es interpretada por el filósofo como un antecedente de la del detective. “El flâneur debía conferir legitimidad social a su comportamiento: le convenía que se interpretara su indolencia como una fachada tras la que se escondía en realidad la atenta mirada de un observador al acecho del desprevenido delincuente”. El sabueso como declinación del sujeto errante, unidos ambos por proyectar una imagen de despreocupación que, en verdad, esconde una atención voraz al entorno. En el ámbito de la novela policiaca, esta idea del individuo en apariencia despistado y disperso, que pasa desapercibido, absorto en cuanto le rodea, mas realmente absorbiendo y descodificando todo de un modo detallado y obsesivo, ha tenido numerosas encarnaciones, encontrándose entre las más populares las de los personajes literarios de Hercule Poirot o Miss Marple, o los personajes televisivos de Colombo o la señora Fletcher.

Por otro lado, el autor de Iluminaciones cifra en motivos comerciales el nacimiento de la concienciación moderna sobre la masa al señalar que “con la creación de los grandes almacenes, por primera vez en la historia, los consumidores empiezan a sentir que conforman una masa (Antes solo las hambrunas provocaban este sentimiento)”. Y será el triunfo final del capitalismo, simbolizado por la concentración de las masas en los centros comerciales, el que extenderá el certificado de defunción del flâneur. La ciudad deja de ser un espacio heterogéneo y abierto para la deambulación curiosa del observador hambriento de visiones y experiencias que alimenten su espíritu, y se convierte en un espacio reconcentrado y cerrado en el que la multitud confluye con ansias materialistas.

2. Domicilio-Individuo

Leemos en su libro París: “El interior no es solo el universo del individuo privado, también es su estuche. Ya desde tiempos de Luis Felipe encontramos en el burgués esa tendencia a resarcirse de la falta de huellas de la vida privada en la gran ciudad. Busca la compensación entre las cuatro paredes de su vivienda. Es como si constituyera para él una cuestión de honor impedir que se desdibujen las huellas de sus objetos y sus accesorios. Ajeno al desaliento, reúne las huellas de multitud de objetos: para sus zapatillas y sus relojes, sus cubiertos y sus paraguas, imagina fundas y estuches. Prefiere claramente el terciopelo y la felpa, pues conservan la impronta de cualquier contacto.  Siguiendo el estilo del Segundo Imperio, la vivienda se transforma en una especie de habitáculo. Las huellas de sus moradores quedan ahí recogidas. De ahí viene la novela policíaca: del seguir la pista que dejan esas huellas. Con su Filosofía del mobiliario y sus cuentos detectivescos,Poe se convierte en el primer fisonomista del interior. Los delincuentes de las primeras novelas policíacas no son ni gentlemen ni apaches, sino anodinos burgueses (El gato negro, El corazón delator, William Wilson)”.

Como reacción, pues, a ese efecto difuminador que el sujeto padece al integrarse en una masa, al fundirse de un modo amorfo con sus pares en el marco de la gran ciudad, brota el impulso de la acumulación privada, de adquirir objetos que lo singularicen, que le recuerden su cualidad de ser único. Y la pérdida y posterior rastreo, a través de sus huellas, de estos objetos está en el centro de las primeras tramas criminales de Poe. Recapitulando todo lo dicho aquí, podríamos concluir que, irónicamente, mientras el auge de las masas en las urbes y su tendencia a la concentración en las galerías comerciales crea las condiciones para la ubicuidad del delito, la ficción criminal pionera se decanta por el espacio doméstico como lugar de crisis. En el corazón de ambos procesos está, sin embargo, el burgués, el individuo consumista, que desbanca al flâneur e impone su transformación en el detective.