La novela única de Michael Powell

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El prestigioso cineasta británico escribió una sola novela, “Juego de espera” (Reino de Redonda). Una pieza realmente única y singular, como un ciervo de doce astas.

 

ciervos

 

 

Texto:  Antonio ITURBE

 

La celebridad también podría considerarse un juego de espera: lo que va a perdurar en el imaginario colectivo del futuro es una incógnita y, por más que la gente de una época encumbremos algo, lo que quede para la posteridad es impredecible y además variable en función de culturas o territorios. Michael Powell es un director de cine de culto, respetado e incluso adorado por cinéfilos muy exigentes. Martin Scorsese ha contado en diversas ocasiones que Powell es uno de los cineastas que más admira, que de Fellini y Peeping Tom (traducida en España como El fotógrafo del pánico) “dicen todo lo que puede ser dicho sobre el arte de hacer películas”.

Y, sin embargo, Powell, codirector de El ladrón de Bagdad y responsable en colaboración con Emeric Pressburger de clásicos como Las zapatillas rojas o La batalla del Río de la Plata, referente cultural indiscutible en el mundo anglosajón, tiene en España esa celebridad esquinada que suele conocerse eufemísticamente como “autor de culto”. El portaaviones de la celebridad, la Wikipedia (en su edición española) dedica en total a hablar de su vida y obra dos líneas y cuarto. Ni siquiera menciona su única novela, Juego de espera, oportunamente rescatada del olvido en nuestro país por la editorial Reino de Redonda, especialista en devolvernos pecios sumergidos.

Juego de espera fue la primera novela escrita por Powell, lo que no deja de resultar sorprendente, dado el temple de su pulso narrativo. Muchos son los cineastas que escriben y algunos, como el propio Powell, tienen la mano caliente por la escritura de guiones. Sin embargo, esta no es la clásica obra de un guionista con transiciones rápidas, diálogos fluidos y encuadres precisos. La de Powell es una mano literaria que traza en círculos, que madura la acción, que prefiere el diálogo corto y la mirada larga.

Portada JuegoArranca el libro con la llegada a un frondoso rincón del condado de Kerry de Diarmuid, un joven educado y atlético que va a reforzar el equipo de guardabosques de la zona, muy atareado con el control de la caza furtiva en un país donde todo el mundo tiene un arma y sabe cómo usarla. Al poco de llegar, el guardabosques jefe lo lleva a reconocer el lugar y le muestra el calvero de Lord Brandon, donde tuvo lugar el año anterior el brutal asesinato de un padre y dos hijos que habían acampado en ese lugar idílico. La policía estuvo investigando afanosamente, pero al final nunca se aclaró nada. Diarmuid es hijo de padres irlandeses pero nacido en Canadá, y todo lo observa con el afán del que quiere aprender pero sin llegar a pertenecer completamente al sitio. El libro nos pasea por la zona en páginas deliciosas de veredas escarpadas, caza de ciervos reyes con crestas de doce astas, granjas acogedoras donde se sirve el té con huevos morenos o bailes dominicales en los que reina un ambiente festivo. Pero, por debajo de esa aparente calma, hay algo que arde.

Diarmuid escucha historias sobre el asesinato en el calvero, pregunta detalles y va llegando a la conclusión de que en ese lugar todos saben mucho más de lo que parece sobre el crimen. El lector va también uniendo las piezas del rompecabezas, tan concentrado en resolver el crimen y en la historia de amor que le surge al propio guardabosques que no se percata de que hay más de un rompecabezas. La narración se va decantando de la muestra de la vida natural a la relación amorosa y a la intriga de una manera suave pero imparable, que hace que las últimas páginas se peguen a las manos del lector.

También resulta muy interesante el acercamiento que hace la novela al eterno problema irlandés. Uno de los lugareños le explica a Diarmuid que “si los irlandeses se odian tanto entre sí es por lo mucho que aman a Irlanda”. Un asunto complejo que se describe en su profunda tragedia, pero donde no falta ese humor irlandés que ha permitido a los del país del trébol superar todas las desgracias: “Mi tío Jim solía decir que lo primero que había que hacer era echar a los ingleses de Irlanda. Luego, a los protestantes. ¡Y después a todo el mundo!”.

Hay asuntos que a los lectores de aquí nos suenan: “Diarmuid, ojalá no llegues nunca a saber lo que supone una guerra civil para los hombres, y para las mujeres leales a sus hombres y para sus hijos”. El narrador, en un momento en que se describe el exuberante baile irlandés, con ese episodio de arrebato en el que los bailarines se descalzan, nos dice que “solo los españoles y los irlandeses saben bailar: solo los hombres y mujeres de esas dos naciones altivas y apasionadas saben entregarse por completo al baile”. Un apunte que delata que, durante el rodaje de la coproducción angloespañola de 1959 Luna de miel, Powell quedó cautivado por el talento del bailarín Antonio y sus cuadros flamencos.

Este debut de Michael Powell fue su primera novela, y también la última. Es una lástima que no escribiera algunas más con la misma aproximación de ornitólogo a la novela de misterio. Queda como pieza única que vale la pena cazar.