Agustín Márquez retrata en "La última vez que fue ayer" sus experiencias vitales en una de las ciudades dormitorio de Madrid

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Con “La última vez que fue ayer”, Márquez se estrena en la ficción y gana el premio del Festival Chambéry de Primera Novela

 

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Texto: David PÉREZ VEGA

Conozco a Agustín Márquez (Madrid, 1979) de algunos eventos y presentaciones literarias en Madrid. Además es uno de los editores de La Navaja Suiza y, en una ocasión, fui el presentador de un libro de su editorial (Asesinato de Danielle Collobert). Agustín siempre me ha parecido un hombre modesto, e ignoraba que además de ser editor también escribía. Me alegré por él cuando en 2019 vi que aparecía su primera novela, La última vez que fue ayer, en la editorial Candaya, que –como ya he dicho muchas veces– me parece un referente de la literatura en castellano.

Compré esta novela en la Feria del Libro de Madrid de 2019. Fui hasta la caseta de Candaya el día que Agustín estaría firmando. Aunque presentía que el libro me iba a gustar, he tardado más de un año en acercarme a él. La explicación es tan sencilla como delirante: La última vez que fue ayer lo había comprado y, por tanto, no tenía la sensación de que debía leerlo pronto y reseñarlo, como me ocurre con los libros que pido a las editoriales.

En realidad estaba leyendo Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis, y como éste es un libro formado por siete novelas cortas, decidí hacer un alto después de la tercera y acercarme al libro de Agustín Márquez, que he tardado en leer poco más de un día.

Agustín Márquez ha crecido en una de las ciudades dormitorio del sur de Madrid, no estoy seguro ahora de si Fuenlabrada o Leganés. Para un mostoleño como yo, este nudo sur de Madrid (Móstoles, Alcorcón, Fuenlabrada, Getafe y Leganés) constituye un mundo propio bastante intercambiable. Sé que si Agustín ha crecido en uno de estos cinco municipios ha tenido experiencias vitales similares a las mías, y sobre ellas trata su primera novela, La última vez que fue ayer.

laultimaEl primer bloque de la novela está ambientado en 1988. Un narrador innominado nos introduce, casi desde la primera frase, en el micromundo de su barrio: «La carretera que atraviesa el barrio es una recta de kilómetro y medio. El pavimento está repleto de manchas de aceite, huellas de frenazos y calcomanías de animales» (pág. 13).

El barrio del que habla nunca se ubica en un lugar concreto, y de este modo Márquez parece indicarnos que puede ser cualquier barrio del extrarradio de cualquier ciudad de España en los años 80, un barrio repleto de gente marginal, y al borde de un descampado de cascotes, hierbajos y jeringuillas de yonquis.

Márquez despoja a sus protagonistas del nombre: el hermano del narrador será, por ejemplo, el Chico A, y su mejor amigo el Chico B. A otros personajes se les nombrará por su profesión o (los menos) por su apodo. En una entrevista de radio, Márquez dice que ha hecho esto porque opina que el proceso de prosperidad de las ciudades ha hecho que se cosifique a las personas.

El narrador es un adolescente que en 1988 habla con naturalidad de su barrio, su familia y sus amigos. Aunque describe realidades crudas, su lenguaje no deja de ser culto: «La carretera es nuestro Rubicón de alquitrán y asfalto» (pág. 15). La verdad es que no me imagino a ningún chico de mi barrio de Móstoles con una referencia como ésta. En la mayoría de los casos usa términos como «masturbarse» por «hacerse pajas»; es decir, aunque el narrador pertenece a su entorno como uno más, a la hora de describirlo se posiciona un tanto por encima de él. En ningún momento se nos hablará de los estudios que el narrador emprende, así que no acabaremos de saber por qué elige la cultura o de dónde le llega. Aunque lo contado por el narrador parece fuertemente apegado a la realidad reflejada en sus palabras, tal vez se esté narrando desde el futuro, desde el mundo conquistado de la cultura.

En cualquier caso, el narrador acabará siendo poco fiable. Aunque la novela es, en apariencia, realista, hay detalles que la acaban por acercar a los parámetros del expresionismo; o bien Márquez ha optado por la exageración en lo contado, o bien su narrador no es fiable. Por ejemplo, en un momento dado el protagonista nos informa de que guarda los restos de un familiar muerto en un arcón. A veces, las escenas exageradas se plantean con intencionalidad cómica. Así, por ejemplo, de un vecino que habla con su muñeca hinchable, se nos cuenta que ha empezado una fase sado en su relación y que esto le lleva a visitar al mecánico del barrio para parchearla, tras apagar cigarrillos en su goma. Un humor negro recorre gran parte de las páginas de esta novela. Otro ejemplo de imagen no realista, creada en función de la fuerza cómica, siempre dentro del humor negro, podría ser ésta: «El hijo del farmacéutico: fallecido. Le han puesto en la tumba una cruz verde que se ilumina por las noches» (pág. 39).

Desde 1988 se produce un salto narrativo a un segundo y tercer bloque, que irían casi unidos, y que nos llevan a 1992 y 1994. Ahora el narrador siente que su barrio está perdiendo la esencia, que se está volviendo hipócrita. Si bien en la primera parte el narrador afirmaba: «El descampado es un mundo de mierda, pero esa mierda es Nuestro Mundo» (pág. 24).

En el descampado surge un nuevo concepto urbanístico: la urbanización, mundo cerrado y excluyente, que se enfrentará al del barrio, mundo abierto y proletario. Junto con la urbanización vendrá el centro comercial y el colegio privado. «Albañiles con corbata, mecánicos con las uñas blancas, pobres con dinero. Es el nuevo hábitat del bar: ¿hay algo más cruel para un pobre que otro pobre que cree tener dinero?»

Ya he comentado que la mayoría de las escenas descritas en el libro son crudas; aquí existe una premeditada búsqueda de lo sórdido. También las escenas son crueles, y no faltará el amigo del grupo que disfrute torturando animales. En un momento dado, el narrador describe uno detrás de otro a sus vecinos, eludiendo siempre los nombres, y refiriéndose a ellos por el número de piso que ocupan («el vecino del primero tercera» etc.), constituyendo una descalabrada Rúe del Percebe, o ­­–una referencia más culta– un descalabrado La vida instrucciones de uso de Georges Perec.

Además de con el lector, el narrador conversa con dos personas: una chica con la que tuvo su primera experiencia sexual y que en los años 90 está en Inglaterra, a la que escribe cartas que nunca sabremos si son contestadas (parece que no). Y también con su hermano mayor –el Chico A–, cuya ausencia tiñe de melancolía toda la novela. El Chico A se ha suicidado antes de que empiece el tiempo narrativo. Y este suceso creará una de las imágenes finales más espeluznantes del libro.

La última vez que fue ayer no es una novela de trama, aunque sí se narran sucesos de continuidad episódica: por ejemplo, sabremos cómo muere uno de los mejores amigos del narrador en un accidente de tráfico (Chico B). La novela, más que crear una trama cerrada, trata de apresar una sensación de derrota en torno a las calles de un barrio de los suburbios, siendo su mayor creación la voz narrativa y el desgarrado lirismo de su lenguaje. En este sentido, diría que el estilo de la novela se parece al del primer Ray Loriga, principalmente a Lo peor de todo. La última vez que fue ayer es una buena novela y gustará, sobre todo, a aquellos lectores que crecieron en la época de los 80 o 90, al aire violento de los descampados. Además, hace poco ganó en Francia el primer premio del Festival Chambéry de Primera Novela y esto hay que celebrarlo. Enhorabuena, Agustín y editorial Candaya.