Amigorena: “Escribir para sobrevivir a mi pasado”

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En “El Gueto Interior”, Santiago H. Amigorena revive el dolor y el silencio de su abuelo durante el exterminio de los judíos por los nazis

 

amigorena

 

 

Texto: Eduardo LICCIARDI

Por estos días todos los pueblos que miran al Mediterráneo parecen finalmente dejar atrás esa postal sin vida que ha significado el confinamiento. Si entras a mi apartamento puedes ver una gruesa muralla, es el resultado de las lecturas de los últimos meses. Allí estuve escondido, inmune frente a esta reclusión forzada, intentando revelar nuestra maleable predisposición frente a los acontecimientos presentes, como si la actualidad de la problemática fuera tan cercana que apenas nos permitiera vislumbrar su naturaleza y mucho menos sus consecuencias. Buscaba una lectura reconfortante, y la encontré en El gueto interior , novela finalista de los grandes galardones franceses (Goncourt, Renaudot y Médicis) narrada con precisión por Santiago Amigorena escritor francés nacido en Argentina (1962). 

Confinado, viendo suceder tras la ventana ese dislate de calles vacías, patrullas y sirenas emulando la peor guerra, deseaba salir, caminar hasta la librería y comprar la novela, el objeto irresistible. Nunca había pasado tantos meses sin comprar un libro, con distancia retrospectiva parecía haber subestimado mi afición compulsiva. A la hora en que las calles se llenan de pescadores recién salidos del mar, albañiles cubiertos de polvo y señoras caminando a Correos, salí a comprar El gueto interior, la historia del abuelo del autor, Vicente Rosenberg, un muchacho polaco en Buenos Aires durante la segunda guerra, uno de tantos como Witold Gombrowicz, pero judío y con su madre encerrada en el gueto de Varsovia.

Amigorena es guionista ( L´auberge espagnole, Algunos días en septiembre , Les poupées russes ) , son famosos sus trabajos junto a Cédric Klapisch entre otros. Pero es un escritor desconocido en nuestra lengua, ya que hasta el 2020 sus libros solo se habían publicado en Francia en la prestigiosa editorial P.O.L (en su catálogo Perec, Yourcenar). Su última novela es la precuela forzosa de una obra que ha crecido con los años y que atraviesa su vida: infancia, adolescencia y juventud. Hasta ahora el autor parecía entregado a un novedoso ejercicio proustiano igualmente extenso y original. Pero El gueto interior es breve, atravesado por descripciones concisas y efectivas, donde el peso de la veintena de escenas, la trama histórica y el devenir del personaje, logra emocionar al lector en algunas sentadas. Su trazo rutilante funciona, las dosis justas de diálogo, cartas, monólogos, interpretación histórica y licencia poética hacen de esta obra un objeto artístico inolvidable.

amigorena libroEl narrador se presenta como un amigo generoso dispuesto a develar los secretos familiares jamás contados. Nos traslada al Buenos Aires de los años 30 y del 40. Su protagonista recién llegado desde Polonia atraviesa sus lugares emblemáticos y descubre una ciudad llena de oportunidades. Allí puede olvidar el rechazo sufrido por culpa de los nuevos nacionalismos europeos. Como judío, Polonia ahora sólo es un recuerdo tormentoso donde ha quedado su familia . Las cartas de su madre llegan a Buenos Aires, pero Vicente solo tiene tiempo para hacer dinero, enamorarse y vivir esa ficción escénica que resulta la capital argentina. Las cartas son demasiado tristes frente a su fecundo porvenir. Forma una familia, es dueño de un negocio redituable. En ese inmejorable instante comienza a intuir la tragedia, el nuevo partido que enamora con sus esvásticas decide invadir Polonia. La casa de su madre queda atrapada dentro de esa gran cárcel de casi medio millón de personas conocida como el Gueto de Varsovia. En ese momento entendemos que lo más importante de la historia no ocurre en Buenos Aires donde es narrada, sino más allá del océano, territorio abstracto y doloroso. Vicente vuelve a las cartas, su vida queda en un segundo plano mientras cuenta los días de la correspondencia. Cuando las noticias se tiñen con una oscuridad ilegible, Vicente adopta el silencio como única solución a su drama personal. Transita sus días con remordimiento, sufre frente a las pocas noticias de la prensa que restan importancia a los acontecimientos. La música de Mozart, sus caminatas ejerciendo el silencio, sus noches derrochando dinero en el juego, sus amigos que comienzan a observar el fantasma de lo que Vicente había sido, parecen sentenciar al protagonista al peor final imaginable. El levantamiento del gueto resulta una esperanza improbable al imaginarse a su madre encerrada en una cárcel colosal, sufriendo hambruna y violencia por el solo hecho de ser judía, identidad que es impuesta por sus captores, como justificación necesaria para el desarrollo de un plan macabro. La peor noticia es la indiferencia internacional frente a la suerte de once millones de judíos y otro tanto de disidentes, gitanos y homosexuales. El símbolo referencial es Szmul Zygielbojm que pone fin a su vida en Londres para denunciar que la humanidad se ha olvidado de sus judíos, responsables de la mejor versión conocida de Europa, cosmopolita y efervescente en avances científicos y artísticos.

La obra tiene dos momentos brillantes, uno es el cuestionamiento profundo sobre la construcción de la identidad y su relación con todo lo que representa ser judío. “ Cuando no consigue ser nada más, cuando el mundo mira para otro lado, Vicente sólo puede ser judío. (...) Se pregunta: “Qué hace que a veces digamos que somos judíos, polacos, (...) argentinos, abogados médicos? ¿Qué hace que a veces hablemos de nosotros mismos tan seguros de que somos una sola cosa, una cosa simple, fija, inmutable, una cosa que podemos conocer y definir con una sola palabra?” El segundo momento es una clase magistral sobre el recorrido histórico para hallar esa sola palabra que defina el terror y el genocidio sistemático de los judíos. Desde “Catástrofe” hasta “Shoah” Amigorena realiza una incisiva genealogía del exterminio.

Al salir de la librería comienzo la lectura, esquivo los transeúntes cubiertos con mascarillas. Leo y camino al trabajo. Más tarde sigo durante la cena, también bajo la lámpara de la mesa de mi habitación, porque sumergirse en esta novela de principio a fin es una experiencia llena de interrogantes, aprendemos que el silencio puede heredarse, como la culpa y las estructuras identitarias. Sin embargo, por encima de todas las lecturas posibles, parece emerger un concepto nuevo que invita a olvidar, como método pacificador que nos permita afrontar un futuro donde las catástrofes del pasado no pongan en riesgo nuestra convivencia futura. Amigorena dice: “escribir para sobrevivir a mi pasado. A menudo escribí que el olvido era más importante que la memoria.” Esta novela es el triunfo amargo de una victoria tardía, justo cuando nos vemos derrotados aparece la vida y una ráfaga de esperanza. Amigorena escribe desde París para combatir el silencio, redimir a su abuelo y al mismo tiempo olvidar la tragedia heredada.