La poesía dominará las pasarelas de otoño

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Poetas que hay que leer sí o sí

 

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Texto: Enrique VILLAGRASA

El otoño es un paisaje de dudas y la poesía que llega no es para menos. Aunque, de hecho la poesía dominará las pasarelas de otoño, digamos lo que digamos. Aceptamos que aquel libro que en la portada pone poesía sea poesía (luego leeremos el libro y opinaremos al respecto de esos poemas, no antes). Aceptamos que cada editorial con su dinero puede publicar a quien quiera y de su capa hacer un sayo cuando le plazca. Luego el lector decidirá si compra o no compra ese producto: el mercado es el mercado. Eso sí, no aceptamos que con dinero público, de todos, se hagan los sayos que se quieran. Aunque debemos tener presente el principio constitucional de la presunción de inocencia, también de los jurados. Sabemos que el mal de nuestro tiempo, desde que el mundo es mundo, es la comodidad. Perseguimos el máximo rendimiento con la mínima inversión. ¡O sea que, amén!

Lo que nos lleva a pensar que la poesía hoy debe aceptar la diversidad. Desafiar los convencionalismos. Y diseñar nuevas estructuras, si se quiere: el soneto exige esfuerzo. Así pues y sin llevarnos engaño, poesía es lo que deciden las personas lectoras que sea: cada cual es máscara de su tiempo. Y como escribió Gastón Baquero: “Yo soy inocente y he venido a la orilla del mar,/ Del sueño, al sueño, a la verdad, vacío, navegando el sueño”.

Ese navegar del que escribe la poeta Luisa Miñana (barcelonesa afincada en Zaragoza) en su reciente poemario Saldo mínimo (Lastura), en el poema del mismo título: “Buenos días, Caronte. No eres el mismo todas las mañanas,/ y eres el mismo. Yo también. O tampoco soy la misma./ Caronte, buenos días./ Saldo mínimo anuncia mi tarjeta-monedero./ He de cruzar el río, ya lo sabes. Cuántas veces hemos/ cruzado el río, emergiendo día a día/ desde la memoria, sobreviviendo/ a la amenaza lógicamente diaria de la muerte./ A veces hay que esforzarse mucho/ y no pensar para volver/ del sueño”.

O como escribe Julio César Jiménez (Málaga, 1972) en Credo del ardor (Universidad Popular José Hierro), galardonado con el XXX Premio Nacional de Poesía José Hierro: “Bajo la cama una voz murmura/ Enciende-la-lamparita-/ Alumbra-mi-cara-/ mi-frente-teleológica/ Hurga-en-mi-frío-invernal// Y tú contestas helado/ Sube-por-mis-muslos-/ mis-rincones-de-marfil-/ Limpia-mi-noche-sucia-/ mi-deseo-limpio/ Esta-nieve-usada”. Que no dejan de ser: “Secretos cristalinos y dudosas verdades”, como dice en otro verso de un poema del mismo libro.

Estos son dos poemarios en los que el título es ya un latigazo cerebral y de lo más actual. Rotundos. Son miradas al mundo desde una óptica mitológica, la de Miñana, y desde una visión agnóstica diríase, la de Jiménez. Ambas arrojan miradas diversas a nuestra sociedad, pero no unidireccionales ni de fe ciega en esa luz apasionada; pues, son conscientes de sus sombras y de sus debilidades, como las que tiene cualquier mortal.

Poetas que se muestran tal y como son, con sencillez y sin máscara alguna. En estos poemarios hay pasiones, dudas, carencias, obsesiones y cómo no, pasión por vivir la vida, con amor y dolor (enfermedad). Son espejos de nosotros mismos. Profundizan en los sentimientos humanos, con claridad, destreza y belleza, además de toda la franqueza posible, donde también brilla la ironía. Hoy, como todos sabemos, prima el éxito rápido, ya sea mediático y o económico. A estos contraponen los espacios y los tiempos importantes para vivir con mayúsculas: infancia, amistad, memoria, fe en los otros y esa noble fuerza de la poesía sanadora de los momentos y las cosas pequeñas: “La muerte gana siempre en el casino y en el ajedrez”: gran verso con exquisitos guiños de Luisa Miñana, en el poema Mary Perséfone Shelley. Pues el poeta “Es un caballo galopando/ sobre el borde de un volcán”, escribe Julio César Jiménez en su poema Funeral con moscas.

Y la premiada poeta Blanca Varela (Lima, 1926-2009), en la antología Y todo debe ser mentira (Galaxia Gutenberg), en edición al cuidado de Jordi Doce y con selección y prólogo de Olga Muñoz Carrasco, escribe: “ah señor/ qué horrible dolor en los ojos/ qué agua amarga en la boca/ de aquel intolerable mediodía/ en que más rápida más lenta/ más antigua y oscura que la muerte/ a mi lado/ coronada de moscas/ pasó la vida”. A lo que Isabel Tejada Balsas en su poemario Trabajos verticales (Franz miniediciones) señala que “dulcísimas se aproximan las horas del oscurecer”, para asegurar “que escribe para bordear la constatación/ de un mundo que se derrumba/ la difícil circunstancia/ esto de vivir”.

Por cierto, que Tamara Domenech (La Plata, Buenos Aires, 1976) en el poemario La escuela, el castillo (Liliputienses) pone el dedo en la llaga de esto del vivir: “Yo creo que faltan campanas./ Que nos despierten de un recreo”. Y explica: “Pero para qué, si están casi siempre con los ojos cerrados”, pues de otra manera no sería fácil que nos manipulasen. Necesitamos conocimiento y diálogo. Aunque la poeta explica que: “Mi sueño es no arrastrar el peso de un hombre/ un muerto que me acompaña hasta donde no quiero llevarlo”. A lo que la poeta Marina Tapia en su Jardín Imposible (Ayuntamiento de Baena) responde: “sorteamos la corriente/ milagro vegetal,/ mágica canoa”. Puesto que “el ápice del cosmos en mis manos”, escribe Alicia Silvestre Miralles en Istmo (Prensas de la Universidad de Zaragoza).

De estas cosas que explicamos aquí no saben ni los hemorrágicos verbales ni los anémicos cerebrales. Así que lean, cavilen y vigilen. Manténganse despiertos. Aunque sé que el espíritu está pronto y el cuerpo es débil. Y ojo con la pandemia, sigue siendo peligroso el bichejo ese: COVID-19. Sean responsables y piensen en el otro. ¡Mil gracias, pues “Yo ya no distingo colores/ creo que mi bolígrafo/ siempre es negro/ blanco/negro”, como escribe Rocío Rojas-Marcos en Habitada por palabras (Huerga & Fierro).