Valle-Inclán ya tiene quien le escriba

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texto SABINA FRIELDJUDSSËN

Lo señala en la introducción de La espada y la palabra (Tusquets) el propio autor, el Catedrático de Literatura española en la Universidad de Málaga Manuel Alberca: en cualquier otro país habría media docena de biografías imponentes de un autor como Valle-Inclán. Aquí, en cambio, lo que había hasta ahora eran aproximaciones que nunca metían el sable hasta la bola. La más notoria la de Ramón Gómez de la Serna, más un libro ramoniano que una biografía, lo mismo que sucedía con Los botines blancos de piqué de Paco Umbral. Autores más fabuladores que metódicos. Y mejor no hablar del bochorno nacional que ha supuesto no poder disponer durante décadas de unas obras completas del autor en una edición competente por las disputas interesadas de sus herederos.

Alberca ha dedicado años a rastrear datos de la vida de valle-Inclán en su propia vida en la obra, archivos, correspondencia y periódicos de la época para recopilar todo el material y cruzar todos los datos posibles. Aun así, él mismo reconoce que hablar de biografía definitiva no tiene sentido: “el adjetivo definitivo no consta en el ADN de una biografía moderna e interpretativa”. Pero es sin duda el trabajo más riguroso y exhaustivo realizado sobre la vida de Valle-Inclán.

Una tarea nada sencilla. Valle-Inclán ni siquiera se llamaba así (sino Ramón Valle y Peña) y corrió un tupido velo sobre sus años de juventud e infancia. Las leyendas a su alrededor, que él mismo alimentaba, han hecho compleja la tarea de separar la fabulación de los hechos reales. El mismo Valle-Inclán fue el primero en urdir tantos cuentos y tantas versiones de su vida que durante décadas sus propias invenciones pasaron a levantar acta en las enciclopedias. Alberca señala la contradicción del autor de Luces de bohemia: “era reservado en lo personal, más que reservado, avaro de su intimidad que ocultaba, borraba o disimulaba con pistas falsas hasta hacerla impenetrable. Por otro lado, tenía una tendencia compulsiva a la sobreexposición pública, a buscar la notoriedad, a ser el centro de la escena, del ágora, del café, y ahí brillaba con el máximo esplendor”.

El libro clarifica uno de los lances más legendarios y discutidos de la vida del escritor: la disputa que le provocó la pérdida de un brazo, que le tuvo que ser amputado. Corrobora la disputa entre él y el periodista Manuel Bueno en el Café de la Montaña, en la Puerta del Sol. Valle-Inclán y el propio Bueno, tiempo después harían cundir la idea de que se trató de una leve escaramuza en la que por azar se clavó en su antebrazo el gemelo del puño de la camisa del periodista y la herida se gangrenó. Sin embargo, Alberca reconstruye la escena y llega a la conclusión de que los dos protagonistas tratan de minimizar el encontronazo para no reconocer que en realidad fue una pelea tabernaria golpes de bastón y lanzamiento de vasos del peor estilo.

Este libro nos arrebata algo del mito. Por ejemplo, la idea de que Valle-Inclán fue un progresista casi revolucionario, cuando era un carlista y un tradicionalista absoluto. Manuel Alberca señala con crudeza que “su ideología tradicionalista y su idiosincrasia lo situarían  cercano a lo que hoy conocemos por extrema derecha”. Pero el libro también nos devuelve, por fin, al hombre, despojado de fantasmagorías, con sus flaquezas y también con el brillo que no llega de la fantasía sino de su talento extraordinario.  El XXVII Premio Comillas que otorga la editorial Tusquets ha sancionado este esforzado trabajo tan necesario para acercarnos un poco más al gran Valle.