La caída del Imperio Otomano

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texto JOSEP A. BORRELL

Cuenta la mitología clásica que Zeus quiso vengarse de Prometeo –por haber robado el fuego y dárselo a los humanos– dándole a su cuñada una tinaja sellada como regalo de bodas, con instrucciones de no abrirla jamás. Pandora, que así se llamaba esta, era una chica muy curiosa, como sabía muy bien el dios más importante del Olimpo, y evidentemente no pudo reprimirse. Al abrir el presente resultó que en el interior de la tinaja había concentrados muchos de los males de este mundo, que aprovecharon la oportunidad para escapar y diseminarse por todo el planeta. Solo permaneció en su interior el espíritu de la esperanza. Zeus había culminado su venganza contra los humanos y su protector.

Este relato tan arraigado en el Egeo puede servir, tal vez, de metáfora de lo que sucedió en este mar con la caída del Imperio Otomano a inicios del siglo XX. Rusia y las potencias occidentales cayeron en la tentación de dominar los Balcanes y Oriente Próximo, y repartirse los restos de un viejo imperio plurinacional y multirreligioso en crisis sin atender a la complejidad de este. Sin embargo, con la desintegración no programada del imperio del sultán de Constantinopla, y la inestabilidad que ello provocó, se esparcieron muchos de los males que atosigan aún el mapa político del siglo XXI, cien años después. Sin duda alguna, la crisis que han vivido constantemente los Balcanes desde entonces, el eterno conflicto entre Israel y Palestina, la actual guerra civil de Siria y la que ha padecido durante décadas el Líbano, el integrismo árabe, los problemas de Iraq, la inseguridad en el Cáucaso, los problemas internos de Egipto y Turquía, e incluso la anarquía que se vive en Libia tras la caída de Gaddafi son males que tienen su raíz más profunda en esta “caja de Pandora” mal abierta. De nuevo, el desagravio del destino.

De manera más prosaica, quien analiza cómo se produjo esta ceremonia de la confusión es el historiador californiano, descendiente de escoceses y profesor de historia en Oxford, Eugene Rogan, y lo hace en La caída de los otomanos. Una novedad editorial que bien vale la pena considerar si se busca entender muchos de los conflictos citados y no se quiere caer en la obviedad y en la estupidez, como hicieron los dirigentes mundiales de antaño. ¿Por qué se desprecian las aportaciones de la historia como disciplina para entender lo que nos sucede? Así nos va. Ya discutí una vez con una directora de la revista Elle en España, hace unos años, cuando me preguntó cuál era mi opinión sobre el conflicto de Israel y yo retrocedí al Imperio Otomano. Cuando no llevaba ni veinte segundos de exposición ella me respondió: “¡Qué aburrido!”.

Para aquellos que estén interesados en superar, por tanto, obviedades y estupideces, que sepan que este es un buen libro de historia, de historia política (vale la pena matizar), que se lee además como un excelente reportaje de dominical de periódico, en la más pura tradición de la historiografía británica. Explica muy bien los diferentes sucesos que llevaron desde 1875 hasta 1923 a la desaparición del Imperio Otomano, y contextualiza el porqué de sucesos tan importantes como la histeria que provocó el genocidio armenio de 1915 o cómo fue posible el fracaso del desembarco británico en Galípoli (recuerden la película que llevó al estrellato a Mel Gibson) y que casi costó, por ejemplo, la carrera política de Churchill, si Hitler no se hubiera metido de por medio años después.

¿Aprovecharán los dirigentes actuales las lecciones del pasado antes de abrir nuevas cajas de Pandora? Ellos no, probablemente. Pero al menos no dejemos que nuevamente la sandez, el engreimiento y la imbecilidad se apoderen del resto de los mortales. Tengamos juicio y aprendamos de nuestra experiencia (la que aporta la historia), y quizá, algún día, los malos espíritus regresen a la tinaja, de donde no debieron salir nunca. Sí se puede. O al menos debe intentarse.