Carlos Fidalgo, 'La Sombra Blanca'

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título La Sombra Blanca

autor Carlos Fidalgo

editorial Reino de Cordelia

192 págs. 15,95 €.

 

Mientras cruza el Canal de la Mancha camino de esa Gran Guerra que tiene en el norte de Francia uno de sus escenarios principales, un soldado británico es testigo de la nocturna y espectral aparición de una mujer entre las aguas. Por otro lado, un joven escocés recibe una carta de la oficina de reclutamiento y acude a alistarse, en la que será la primera de una serie de extrañas situaciones.

 

CARLOS FIDALGO (Bembibre, 1973) es periodista y autor de la nouvelle El agujero de Helmand, V Premio Tristana de Literatura Fantástica, y de las colecciones de relatos El país de las nieblas y Tierra Adentro.

 

Aunque su experiencia como marine le hubiera permitido escribir un recuento de la Gran Guerra en primera persona, William March optó en Compañía K (Libros del Silencio, 2012) por prestar voz a los 113 miembros de la unidad del título, invitando a que todos y cada uno de ellos relataran un episodio puntual y conjugando de ese modo una poderosa visión poliédrica del conflicto. No es esa la intención principal de Carlos Fidalgo en su segunda novela de trasfondo bélico y gesto fantástico, desde luego, pero algo de ese tratamiento coral hay, por lo menos en la primera mitad del libro. A diferencia de March, no obstante, el periodista leonés jamás indica a qué personaje pertenece el punto de vista del capítulo, lo que se traduce en un fresco quizá más orgánico de la escabechina en las trincheras con espectro de fondo, pero también arroja una cierta confusión y, sobre todo, atenta contra la construcción de nuestra empatía lectora. A la vez, buena parte de lo que se esboza durante ese centenar de páginas va a quedar atado en el segundo acto, cuando un investigador del ejército británico se adueña de la voz narradora en su intento por explicar los sucesos acaecidos en el frente durante la batalla del Somme camino de verse (literalmente) poseído por sus fantasmas. Y cabe reconocerle al balance entre ambas mitades la voluntad de contar las cosas de manera diferente, no evidente, tal y como puede adjudicarse la extrañeza resultante a la dichosa adecuación fondo-forma, pues hay que ser muy Henry James para abordar una historia de estas características sin renunciar a posiciones más realistas. La sensación de conjunto, en cualquier caso, transita entre la impronta de una colección de estampas impactantes, rociadas con las gotas exactas de lírica, y una cierta indefinición que, de últimas, le sienta de fábula a un giro final que no puede ni debe resultar sorprendente, habida cuenta que el autor había puesto sus cartas sobre la mesa desde el primer minuto de la partida. MILO J. KRMPOTIC