Mahi Binebine, 'Los caballos de Dios'

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título Los caballos de Dios

autor Mahi Binebine

traductoras María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego

editorial Alfaguara

160 págs. 17,90 €.

 

Al pie de un vertedero se extiende Sidi Moumen, suburbio de Casablanca cuyos chavales se dedican a rebuscar entre las montañas de basura, al trapicheo y, los domingos, a jugar al fútbol con el equipo de la barriada, llamado Las Estrellas. Su cancerbero, de apodo Yashin, relata la historia de un grupo de adolescentes que escapan a la pobreza extrema y la humillación constante gracias a las clases y ayuda del emir Abu Zubeir, quien les acabará ofreciendo la tentación del martirio.

 

MAHI BINEBINE (Marrakech, 1959) es pintor, escultor y autor de obras como La patera o Polen. Los caballos de Dios, llevada al cine por Nabil Ayouch, le valió el premio de novela árabe de 2010.

 

¿Qué lleva a un ser humano a ajustarse un chaleco explosivo y hacerse estallar buscando el mayor grado de muerte y desolación entre otros seres humanos? A esa pregunta, por desgracia de nuevo tan pertinente estos últimos días, responde Mahi Binebine dando voz a uno de los terroristas suicidas de los atentados de 2003 en Casablanca, que se saldaron con 45 muertos: doce de sus perpetradores y 33 civiles, entre ellos tres ciudadanos españoles. En lo que a los hechos respecta, Binebine altera ligeramente el guión: reduce a la mitad el número de ejecutores por motivos de economía narrativa y concentra sus objetivos originales (el restaurante Casa de España, un cementerio y un centro social judíos, y un hotel de lujo) en uno solo, el último de los mismos, lo que le facilita un clímax de ironía terrible cuando el muchacho de barriada, en su primera visita a la ciudad propiamente dicha, descubre que el paraíso se encontraba ahí, a apenas quince minutos en coche de su chabola, con esa piscina de agua clara y esas mujeres de piel blanca y cabello suelto que lucen sus cuerpos semidesnudos en tumbonas bajo el sol. Por desgracia para él (y para nosotros, la humanidad entera), tiene tantas posibilidades de disfrutar de ese escenario en vida como en la muerte, es decir ninguna, y, perdido por perdido, muerte acaba siendo su decisión. Antes habremos asistido a las grandes penurias y pequeñas alegrías de una infancia y adolescencia de arrabal marroquí. Y, aunque el autor captura con fuerza la exuberancia sensorial propia de esas épocas, el salto entre el refugio familiar y la comunión con la pandilla, obteniendo además un fresco más completo a través del retrato de sus distintos integrantes, el gran acierto de la obra sigue hallándose en la respuesta (o falta de la misma) que ofrece a la cuestión que abría estas líneas. Y es que existe una terrible naturalidad en el proceso que lleva de la miseria al sacrificio asesino cuando, espolvoreado con una mezcla de orgullo, fe y victimismo, este otorga un mínimo de sentido a la existencia. MILO J. KRMPOTIC’