Diego Zúñiga, 'Racimo'

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título Racimo

autor Diego Zúñiga

editorial Literatura Random House

242 págs. 16,90 €.

 

Torres Leiva, divorciado y con un hijo, encuentra trabajo como fotógrafo en el periódico local La Estrella. Para ello cambia Santiago de Chile por la ciudad de Iqueque. La desaparición de una serie de niñas en la vecina localidad de Alto Hospicio tiene en vilo a la región. Un compañero del periódico lo implica en una investigación por su cuenta y riesgo.

 

DIEGO ZÚÑIGA (Iquique, 1987) es periodista. Ha publicado la novela Camanchaca, traducida al italiano y al francés, y el libro sobre fútbol Soy de Católica. Es miembro de la editorial Montacerdos y escribe en la revista Qué Pasa.

 

Reflejo de la cobertura que le dedican los medios de comunicación, la violencia contra las mujeres y determinados focos de Latinoamérica como representaciones del infierno en la Tierra, por la sucesión de episodios criminales marcados por la crueldad, la impunidad y la connivencia de las fuerzas del Estado, llevan tiempo infiltrándose en la ficción. La angustiosa crónica de sucesos, pero también la consideración hacia la víctima, figura que ha tomado el centro de un escenario negro antes reservado casi en exclusiva al criminal y su captor, han llevado a trasladar a la novela unos temas sumamente delicados que requieren de mucha habilidad para no incurrir en dos extremos que serían inaceptables: lo ligero o lo macabro. Con 27 años, el chileno Diego Zúñiga ha encontrado una ejemplar forma de abordarlos en una segunda novela de excepcional madurez que parece seguir la estrategia de Perseo. En vez de mirar a los ojos al monstruo, observar su reflejo, aterrar con su insinuación, rodearlo por muchos lados. Igual que su protagonista se refugia tras el visor de una cámara que solo parece capaz de apresar la tensión latente frente a ella, el escudo del autor es, ante todo, un inhóspito espacio geográfico que es a su vez extensión de un turbio clima moral.

Zúñiga teje un campo de fuerzas malignas que colisionan con el vacío vital de los personajes y la soledad de los paisajes azotados por la climatología adversa, todos ellos arremolinándose en torno a un desierto que es exterior e interior, puro y simbólico. La frase corta, el dibujo sintético del pasado y un empleo logradísimo del espacio en blanco generan un ritmo de lectura y un estado mental hipnótico y desasosegaste que logra fundir admirablemente fondo y forma. Se diría que el autor recorre alguno de las infinitas bifurcaciones que proponía Roberto Bolaño en 2666, al tiempo que los admiradores de la serie True Detective y de la película La isla mínima encontrarán sugerentes concomitancias. ANTONIO LOZANO

 

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