Martín Casariego, 'El juego sigue sin mí'

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título El juego sigue sin mí

autor Martín Casariego

editorial Siruela

216 págs. 16,95 €.

 

Narrada en primera persona por el protagonista, años después de los hechos, la novela nos presenta a un joven de 14 años –a quien podríamos llamar Ismael– que establece un curioso pacto con su profesor particular, Rai: el alumno estudiará por su cuenta y, a cambio, el profesor le hablará de libros, películas, música. Así, el niño irá creciendo, madurando a la vez que se va haciendo un hueco en el mundo. Ambos crearán una relación que se resuelve en una tensión dramática perfectamente desarrollada y de final abierto.

 

MARTÍN CASARIEGO (Madrid, 1962) se licenció en Historia del Arte por la Universidad Complutense. Con su ópera prima, Qué te voy a contar, ganó el premio Tigre Juan a la mejor primera novela publicada ese año. En 1997 consiguió el Ateneo de Sevilla con La hija del coronel; en 2007, el Anaya por la novela juvenil Por el camino de Ulectra, y en 2008 se le otorgó el Ciudad de Logroño por La jauría y la niebla. También es guionista de cine y colabora en diversos medios de prensa.

 

Sin duda se escribe para ser amado y, en segundo término, con el objeto de airear las heridas del alma. Ese es el ánimo que anida en esta novela de iniciación, de aprendizaje o Bildungsroman, si nos ponemos técnicos. Arranca, como todos los libros de Martín Casariego desde 1993, con una cita de su hermano –el gran Pedro–, que falleció ese mismo año al arrojarse al paso de un tren. La trama se articula en torno a un chaval de 13 años y otro –cinco mayor que él– a quien sus padres contratan como profesor de matemáticas. Es el innominado alumno quien rememora en primera persona lo que para él fue un encuentro decisivo, unas clases en las que se estableció un pacto: el profesor hablaría de escritores, películas, música y, sobre todo, de la vida, mientras que el discípulo aprendería álgebra por su cuenta. Por las páginas desfilan Leopardi, Onetti, Rulfo, Sábato, Salinger, Cavafis, Tolstoi, Camus, Pavese... Una concepción existencialista que nos conduce a un final en el que ambos resuelven la tensión dramática generada. Melville jugará un papel definitivo, en tanto que el maestro instruye al joven igual que hace el arponero –Queequeg– con el joven marino en la famosa aventura del ballenero, y ambas obras comparten un parecido fondo enigmático. La idea con la que Casariego arrancó era sencilla: chico escribe carta a chica, la invita a una cita y amenaza con suicidarse si ella no comparece. La herida se subsume pero el hecho está en potencia. El resultado es deliciosamente empático con el adolescente que fuimos, al más puro estilo de Proust y su Marcel, Joyce y su artista adolecente, Defoe, Goethe y, especialmente, ese olvidado Hermann Hesse gracias a cuyo Demian creció tanto –o tan poco– mi generación. Se le agradece a Casariego su naturalidad exenta de moralina, la prosa directa y la furiosa verdad de su diálogos. Leyéndole... una desea volver a la adolescencia para descubrir La montaña mágica. ÁNGELES LÓPEZ

 

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