Philip K. Dick, "El mundo que Jones creó"

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texto DAVID PÉREZ VEGA  foto ARCHIVO

Minotauro recupera “El mundo que Jones creó”, la segunda novela publicada del autor de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”.

Ya he comentado más de una vez que Philip K. Dick (Chicago, 1928-Santa Ana, 1982) es uno de mis escritores favoritos, un escritor al que descubrí con 16 años, con la novela Ubik, y del que he leído casi todas sus novelas, que superan la veintena y que le convierten en el escritor del que más libros he leído. Así que, cuando vi en internet que la editorial Minotauro rescataba una de sus obras que no había leído, no dudé en ponerme en contacto con ellos para solicitarla, leerla y escribir una reseña. Hace años existió una traducción de este libro con el título de El tiempo doblado, pero ahora mismo era inencontrable y por tanto es de celebrar que la editorial Minotauro la haya rescatado con una nueva traducción.

El mundo que Jones creó es la segunda novela publicada de Philip K. Dick, lo que ocurrió en 1956, después de Lotería solar (1955). La acción de El mundo que Jones creó se sitúa en 2002, un 2002 en el que las personas pueden comunicarse con teléfonos móviles (repito: esto está escrito en 1956). Si bien Dick acertó en esta predicción tecnológica, el mundo que dibuja en esta novela es tremendamente fantasioso e imaginativo. Estados Unidos ha sido asolado (durante la década de 1970 y 1980) por una guerra nuclear que ha generado la existencia de personas mutantes. Sin embargo, los poderes con los que ha nacido Jones no parecen guardar relación con la guerra. Jones puede “precognizar” el futuro hasta un año desde su presente. Jones sabe que el futuro es estático, “¿Cambiarlo? Está totalmente inmóvil. Es más inmóvil, más permanente que esta pared” (pág. 43).

En el mundo que Dick plantea, las autoridades norteamericanas persiguen cualquier tipo de fundamentalismo, algo que consideran que conduce a la guerra. Si usted quiere predicar que Dios existe, tendrá que estar en condiciones de poder demostrarlo, porque de lo contrario puede acabar en la cárcel. Esta sociedad se guía por el libro de Hoff, que propone la doctrina del relativismo, enfrentada a los fundamentalismos de cualquier tipo. La policía secreta investiga y detiene a Jones porque está empezando a tener seguidores que le consideran un profeta, pero ha de ponerlo en libertad porque no incumple ninguna ley: él conoce el futuro y, por tanto, sus intervenciones públicas se basan en certezas y no en especulaciones.

Además, en el 2002 que nos propone Dick, sobre la Tierra están cayendo unos cuerpos del espacio llamados “derivos”. “Es un organismo unicelular gigantesco que utiliza el espacio como medio de cultivo. Flota utilizando alguna clase de mecanismo de propulsión poco definido. Es algo absolutamente inofensivo. Es una ameba. Mide poco más de seis metros de ancho. Posee una especie de cáscara resistente para mantenerse aislado del frío. No se trata de una invasión ominosa. Esas pobres criaturas simplemente vagan sin rumbo fijo”. ¿Tiene razón el personaje que, en la página 49, describe así a los derivos? ¿Realmente no se trata de una “invasión ominosa”? Averiguarlo será una de las subtramas de la novela.

Además, y esto lo conocemos en el primer capítulo, existen, a las afueras de San Francisco, ocho personas encerradas bajo una cúpula, a la que sienten como un “útero”, y que no pueden salir de su refugio porque la atmósfera de la Tierra acabaría con ellos. ¿Son mutantes producidos por la guerra? ¿Forman parte de un experimento estatal? Y, en caso de que sea cierta la segunda afirmación, ¿cuál es el fin del experimento? ¿Tiene que ver con la colonización de otros planetas?

Como apunté al principio, esta es la segunda novela de ciencia ficción que Dick publicó. Y, en ella, el lector habitual de sus obras percibe una acumulación de sus elementos narrativos, como si aún no controlara del todo la fuerza de sus recursos y no consiguiera dosificarlos.

Como es normal en sus obras, nos encontramos aquí con un personaje –Cussick– cuya vida se halla en descomposición. Trabaja como policía secreto, y siente que el Estado controla su destino hasta un punto que le resulta desagradable, y a nivel privado se ha casado hace no mucho con una mujer rubia ­­–Nina– que parece despreciar su trabajo y por la que se siente castrado. Hacia la mitad de la novela aparecerá el personaje de Tyler, una joven morena de 17 años, que puede representar la esperanza y la salvación personal para él. He marcado estas características capilares de las protagonistas femeninas (rubia y morena) porque es un binomio (rubia castradora, que apabulla al protagonista, y morena desequilibrada y sanadora) que se repite en las novelas de Dick. Según leí en la recomendable biografía que escribió sobre él Emmanuel Carrère (Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos), la rubia representaba a Anne, la segunda mujer de Dick (de un total de cinco), con la que se sintió bastante infeliz, y la morena representaba a su hermana melliza, muerta al nacer.

Recuerdo que hace unos años le hablé de mi pasión por Philip K. Dick a una compañera de Lengua del colegio en el que trabajo, y que le dejé algunos de sus libros. Me los devolvió tras dejar la primera de sus novelas prestadas (Los tres estigmas de Palmer Eldritch) a la mitad. No le gustaba, porque Dick le parecía un escritor machista. Lo cierto es que me dejó algo descolocado, porque yo a Dick siempre lo había visto como un autor muy imaginativo, con unas obsesiones sobre el mundo muy atractivas (el control estatal, la descomposición y relatividad de la realidad, la naturaleza del tiempo y el espacio, las religiones, la inteligencia artificial, el sentido de nuestra presencia en el universo…), que me había hecho disfrutar muchas horas en mi adolescencia y también en mi vida adulta.

Es cierto que los protagonistas principales de las novelas de Dick son hombres, y que algunos de ellos sí que miran de un modo machista a las mujeres. Así, por ejemplo, cuando se habla del hijo que han tenido Cussick y Nina, el primero dice: “El ser humano perfecto: mi poderoso intelecto y su belleza” (pág. 80). Páginas más tarde, Dick reserva para Nina algunos de los diálogos más inteligentes del libro, unas páginas en las que Nina se presenta como un personaje más rebelde y cuestionador de la realidad que Cussick. Esto me hace pensar que, aunque Cussick sea un personaje machista, no lo sea la obra de Dick. Aunque ya he apuntado también que casi todos los personajes principales de Dick son hombres, y diría que son una trasposición de sí mismo. Sin embargo, no debemos olvidar que una novela como El mundo que Jones creó está publicada en 1956 y que, en gran medida, aunque esté ambientada en 2002, es una obra que refleja las inquietudes de su época (como ese temor a la bomba nuclear y sus consecuencias) y también la configuración social de su tiempo.

Me ha resultado curioso hacer esta lectura de género de una novela de Dick, pero lo cierto es que prefiero quedarme con sus inquietudes metafísicas, sobre la búsqueda del lugar del ser humano en el universo, sus reflexiones sobre el relativismo del tiempo y del concepto de realidad. Me ha parecido que Dick se muestra ambicioso en esta segunda novela de ciencia ficción (leí Lotería solar hace tiempo, pero diría que El mundo que Jones creó es una novela mejor que aquella), pero también debería añadir que aún no controla del todo sus recursos y los temas se dispersan un tanto. Aún le queda a Dick un largo camino por recorrer hasta llegar a sus grandes obras de la década de 1960, como El hombre en el castillo, Tiempo de Marte, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, El doctor Moneda Sangrienta o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Sin embargo, también he de decir que El mundo que Jones creó no defraudará para nada a los seguidores de Philip K. Dick, porque se trata de una novela primeriza –imaginativa y de ritmo acelerado– que ya contiene todos los temas de su obra y es perfectamente disfrutable.