Alejandro Morellón, 'Caballo sea la noche'

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Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Cuando conocí en Madrid, ya hace unos cuantos años, a Alejandro Morellón (Madrid, 1985), tan solo había publicado su libro de cuentos La noche en que caemos, publicado en la editorial Eolas, con el que había ganado el Premio Fundación Monteleón en 2013. Leí este libro y lo reseñé en 2015. Más tarde leería el libro de cuentos El estado natural de las cosas, que se publicó en 2016 en Caballo de Troya y que un año más tarde ganaría el prestigioso Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez. Así que tras leer la novela corta Caballo sea la noche se puede decir que ya me he acercado a toda la obra publicada de este autor.

Caballo sea la noche está formada por cinco capítulos en los que se alternan dos voces narrativas: Alan en los tres capítulos impares y su madre Rosa en los dos pares. Al abrir el libro el lector se va a topar con la prosa torrencial de Alan, que narra casi desde el sueño o la duermevela; una duermevela alucinada y oscura como la noche en la que se siente un caballo desbocado al borde de un abismo. El lector, en las primeras páginas, aún no dispone de demasiados elementos para saber desde qué lugar (físico y mental) está escribiendo Alan (ni siquiera sabrá que se llama así).

Son varios los elementos que llaman la atención en este primer capítulo: Morellón lo ha escrito sin usar ningún punto, como si se tratase de una larga oración. Desde el punto de vista gramatical sí que existen oraciones diferentes, pero –como juego literario, o como recurso narrativo que pretende mostrar un discurso alocado y sin fisuras–, se prescinde de los puntos. De hecho, muchas de las oraciones de este capítulo se unen con una coma y la conjunción «y». Este recurso se usará también en los cuatro capítulos restantes. Así que, en el límite, siguiendo las reglas del juego propuesto, nos encontramos con una novela de cinco frases (constituyendo cada una de ellas un capítulo del libro).

En la segunda página de la novela (la número 10) me extrañó que el protagonista usara el término «frazada» en vez de «manta». Aquí pensé que Morellón había escrito una novela con personajes latinoamericanos, puesto que «frazada» es un término que se usa de forma habitual en estos países, en vez del más común «manta» en España. Más tarde se dirá que los protagonistas del libro han vivido en la ciudad de Vigo. Estuve en la presentación madrileña del libro y cuando se abrió el turno de preguntas le comenté este tema a Morellón. Como imaginaba, Morellón no había sido consciente de éste (y algún otro) giro latinoamericano en su prosa. Como había sospechado, las influencias literarias de Morellón han provocado que a la hora de escribir se compacten en su mente muchos usos diferentes del castellano. Me parece algo hermoso esto: las lecturas de Juan Carlos Onetti, Clarice Lispector o Armonía Somers han hecho que sea más importante para Morellón el ritmo y la riqueza del lenguaje que la verosimilitud en la construcción de un personaje. Y aquí está una de las claves de la lectura de este libro: Caballo sea la noche funciona como una creación poética de lenguaje muy por encima de una creación narrativa de trama. De hecho, la trama (que no quiero desvelar del todo) se podría explicar casi completa en unas cuantas frases certeras. Otro detalle que podemos encontrar en el primer capítulo: el narrador no deja pistas sobre su sexo, no hay ningún adjetivo o expresión que –gracias al uso del masculino o el femenino– le dé al lector una idea de si el narrador es (o se considera) un chico o una chica. En el capítulo dos sabremos, sin embargo, gracias a la voz narrativa de la madre, que el personaje se llama Alan. En el capítulo dos nos encontraremos con la voz narrativa de Rosa, la madre de Alan, que, sentada en un sofá, se dedica a mirar álbumes de fotos del pasado de la familia, cuando eran felices. El lector recibirá más información ahora sobre qué está ocurriendo, puesto que, aunque Rosa también es una persona alterada, su discurso parece más coherente que el de su hijo.

Si bien los personajes más importantes de la novela son Alan (narrador en tres capítulos) y Rosa (narradora en dos capítulos), nos encontramos en realidad con cuatro personajes principales; puesto que a los dos anteriores debemos sumar el padre Marcelo y el hermano Óscar, que no están presentes en la casa en el tiempo narrativo de la novela, pero que aparecen en las invocaciones y recuerdos de Alan y Rosa. El espacio narrativo del libro es una casa asfixiante que casi se reduce a dos espacios: la habitación, en la que Alan trata de dormir todas las horas posibles, y el salón, en el que está la madre viendo fotos antiguas porque no puede dormir. En este sentido, la casa como mundo cerrado, donde se dan relaciones familiares enfermizas, me ha recordado a la novela La azotea de la uruguaya Eugenia Trías, que abrió hace un año el catálogo de la nueva editorial Tránsito.

El núcleo narrativo de Caballo sea la noche interpela a la violencia intrafamiliar, y en su tratamiento de esta violencia, en su punto de vista subjetivo y ambiguo, en el que las víctimas son las que se cuestionan la esencia de su condición de víctimas, me ha recordado también a la obra de la ecuatoriana Mónica Ojeda, y sobre todo a su primera novela publicada en España: Nefando. De hecho, cuando en el capítulo final nos acercamos a este núcleo de la construcción de la novela, Morellón hace un homenaje explícito a ese libro al usar la construcción «pecado nefando» (pág. 78). En otros momentos del libro también se hacen homenajes explícitos a otros autores latinoamericanos, por ejemplo en la página 45 se hace este homenaje a José Donoso: «Eso fue después de que él me descubriera con el cuerpo desnudo ante el espejo, como un obsceno pájaro de la noche». De hecho, el título de la novela, Caballo sea la noche, es un verso del poeta ecuatoriano Roy Sigüenza, un verso perteneciente a un poema famoso en Ecuador y que le fue sugerido a Morellón por la misma Mónica Ojeda.

Dijo Morellón en la presentación del libro que le gustaría que esta novela corta (apenas son 80 páginas) se leyera de un tirón. Considero que es una buena idea, aunque yo la acabé leyendo en dos días. Como ya he comentado al principio, y como les ha ocurrido a otros escritores latinoamericanos (estoy pensando sobre todo en Juan Carlos Onetti, aunque debería leer también a Clarice Lispector, que Morellón citó mucho ese día), más importante que la historia en sí misma es la construcción lingüística creada para contarla. Caballo sea la noche es una novela que difícilmente serviría para hacer una película, porque los acontecimientos que refleja son pocos, pero precisamente esto mismo hace que brillen sus potentes juegos metafóricos y líricos. Caballo sea la noche es una novela corta profundamente poética, con páginas escritas con una prosa elegante, trabajada y oscura.