Reivindicando a Villalonga

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Texto: David PÉREZ VEGA

 

 

La primera vez que supe de Llorenç Villalonga (Palma de Mallorca, 1897-1980) fue leyendo En la ciudad sumergida de José Carlos Llop. Durante los últimos años ha sido frecuente que pasara algunas semanas del verano en Mallorca, y en julio de 2015 compré en la librería Literanta de Palma En la ciudad sumergida, libro en el que Llop habla de su ciudad y de su isla. Me pareció un buen recuerdo para leer ya en Madrid. Aquí se habla de la novela Bearn o La sala de las muñecas. Las palabras de Llop En la ciudad sumergida sobre Villalonga se reproducen en el prólogo de esta edición de Alfabia de Bearn. El verano de 2019 compré esta novela en la librería Babel de Palma, y el día de 2020 que compré el billete de avión para volver a Baleares empecé a leer Bearn. No me gustó la idea de volver a la isla sin leer el libro que me traje el año anterior de recuerdo.

Bearn o La sala de las muñecas de Llorenç Villalonga es una novela reputada en la cultura catalana; se suele considerar que es su segunda mejor novela después de La plaza del Diamante de Mercè Rodorera. Sin embargo, diría que es poco conocida en el resto de España. Existe cierta polémica sobre si originalmente fue escrita en catalán o en castellano. En 1956 Villalonga presentó esta novela en castellano al premio Nadal, a la edición que ganó El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio. Esto le descorazonó, y no solo por no ganar, sino también porque se daba cuenta de que la literatura de la época reclamaba una mirada neorrealista que se alejaba de su escritura. La novela de Villalonga se publicó en 1956 en castellano en una editorial de Mallorca, y tuvo muy poca repercusión. Sin embargo, al publicarse su versión catalana en 1961 sí que alcanzó un notable reconocimiento. Según José Carlos Llop, Villalonga se sentía más cómodo con el catalán, que era su lengua materna, pero trataba de esforzarse por escribir en castellano, porque era en esta lengua en la que deseaba triunfar. Según Llop, el Bearn en castellano de 1956 es el original. Todo esto me parece una curiosidad, y considero que es una suerte que existan dos versiones de esta novela, en castellano y en catalán; y si la reivindicación por parte de la cultura catalana de la novela hace que ésta sea más popular y se lea más, pues bienvenida sea esta reivindicación. La pena es que fuera de Cataluña no se conocen como se debería obras tan valiosas como, por ejemplo, La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda, una de las grandes novelas sobre la guerra civil española.

bearnyEl narrador de Bearn o La sala de las muñecas es Juan Mayol, el capellán de Bearn, una casa señorial enclavada en las montañas de Mallorca. Juan Mayol le escribe una muy larga carta (que será la novela) a su amigo Miguel Gelabert, «secretario del señor cardenal primado de las España». La carta está fechada en 1890, cuando los señores de Bearn –don Antonio y doña María Antonia– han muerto dos meses antes, sobre los ochenta años de edad. Juan Mayol se propone narrarle a su amigo las circunstancias trágicas en las que han muerto sus señores, y para ello hará previamente un repaso a toda su vida. Según la leyenda familiar la casa (o la estirpe) de Bearn se asentó en Mallorca desde los tiempos de la conquista de la isla; algo que don Antonio a veces desmiente y sobre lo que se muestra escéptico. «Los Bearn son unos señores honorables, que, si no desde la Conquista, porque eso no se sabe, ocupan dignamente un solar conocido por lo menos desde el siglo XV.» (pág. 118)

 Don Antonio y doña María Antonia son primos y su matrimonio pareció siempre un acuerdo entre dos ramas de la familia Bearn para que sus posesiones no se dividieran o perdieran. El matrimonio va a morir sin descendencia, aunque tienen unos sobrinos en la capital, con los que no tienen mucho trato. Los acreedores acechan a las puertas de Bearn y los sobrinos no tienen dinero suficiente para comprar la propiedad una vez que mueran los señores. Por lo tanto, la estirpe de Bearn y la casa Bearn en las montañas de Mallorca van a desaparecer. Ésta es una idea muy presente en el texto y que se repite varias veces. «Con ella (se refiere a la muerte del señor) desaparece todo un mundo, comenzando por estas tierras que me han visto nacer y que habrán de subastarse, porque los acreedores ya han notificado que no quieren esperar.» (pág. 31)

La narración de Juan Mayol abarca más de treinta años. Recordará sucesos desde, más o menos, 1859 hasta 1890. En 1859 tiene lugar uno de los grandes escándalos de Bearn: el señor Antonio huye a París –a sus cuarenta y ocho años– con su prima segunda, Xima, de dieciocho. Tras un gran derroche económico en la Ciudad de las Luces, Antonio regresará solo a Bearn, ya que Xima ha decidido quedarse en París, tras comprobar que la ciudad se rinde a su gran belleza mediterránea. En París llegará a tener relaciones con Napoleón III y competirá en notoriedad y escándalos con mujeres famosas de la época como Eugenia de Montijo. Esto hará que don Antonio y doña María Antonia vivan separados durante una larga época, él en la casa señorial y ella en el pueblo de Bearn.

Los Bearn van a desaparecer, igual que va a desaparecer una época, que sería el siglo XIX. Don Antonio es un afrancesado, un gran conocedor de la cultura francesa, y cree también en su condición de señor. De hecho, Juan nos contará al principio que don Antonio pertenece por formación al siglo XVIII, así que vive desfasado en su propia época. «Yo le he visto azotar con las correas de las caballerías al mayoral de las tierras, una especie de atleta que aceptaba los azotes aullando, y le he visto seguidamente comentar el castigo con el señor vicario, que condenaba aquellas cosas como propias de l´ancien régime y contrarias a la fraternidad cristiana.» (pág. 43). El señor también presiente que el siglo XX, además de no ser el tiempo de los «señores» será el tiempo del socialismo y de los inventos. El socialismo no parece gustarle mucho, pero sí los inventos. De hecho, uno de los temas del libro es el entusiasmo que muestra Antonio por el saber, en general, y por el técnico y científico, en particular. La noche que, después de una década, María Antonia decide perdonarle su romance con Xima y regresa a la casa de Bearn, los esposos se estrellarán –de forma muy simbólica– contra una pared de la casa con un automóvil que ha construido Antonio y que se desplaza gracias al vapor. Un invento que María Antonia y los aldeanos de Bearn consideran algo demoniaco, igual que es demoniaco que el señor no apague las luces de su habitación por la noche y esté leyendo. Una de las condiciones que María Antonia impone a su marido para volver será que queme su biblioteca, que ella considera fuente de ideas perniciosas. Antonio lo aceptará, porque considera que en la primera mitad de la vida uno debe dedicarse a leer y en la segunda a escribir. De hecho, otro de los temas del libro es que Juan Mayol ha recibido antes de morir el encargo de su señor de editar y publicar las memorias en las que lleva años trabajando. Algo que a Juan, preocupado por sus posibles excesos y herejías, le provoca algún cargo de conciencia, como le cuenta a Miguel Gelabert.

Uno de los grandes logros de Bearn o La sala de las muñecas es la creación de la voz narrativa de Juan Mayol, un narrador testigo que, a través de su punto de vista, nos va mostrando a los personajes principales del libro, a don Antonio, doña María Antonia y a Xima. En algún momento, para justificar el conocimiento de Juan de ciertas conversaciones privadas, Villalonga usa el recurso de que su narrador escucha tras las puertas, aunque lo considera una conducta errónea.

De forma velada, Juan se acaba convirtiendo en otro de los grandes personajes del libro. Nunca de forma explícita, pero gracias a diversos guiños, el lector acabará intuyendo (o sabiendo) que Juan es uno de los hijos bastardo de Antonio –que le saca cuarenta años–, y posiblemente el favorito. Juan sabe que el señor ha tenido más de un hijo con campesinas de la zona, niños a los que protege y les da una educación. Dice Juan sobre sí mismo en 1890: «En estos parajes, hará treinta y nueve años, vine al mundo, hijo de un labrador y de una jornalera. No conservo memoria de mis progenitores. De mi madre oí decir que era hermosa, con los ojos negros. Tan pronto tuve uso de razón me destinaron a guardar cerdos.» (pág. 38). En esta descripción se puede observar cómo, de forma sutil, Juan elude hablar de la figura del padre. María Antonia siempre sentirá algo de resquemor hacia él, y esto no le impedirá decirle a Juan que los ojos de Xima se parecen a los suyos (recordemos que Xima es prima segunda de Antonio).

Al principio pensé que Villalonga no quería decir que la isla de la que hablaba era Mallorca, porque se dirige a ella con el apelativo de «la Isla» y a Palma la llama «la Ciudad», pero no ha sido así, los nombres de las localidades de la isla se van filtrando en el texto (Inca, Llucmajor…) y se acaba hablando de Mallorca o Palma y de un dulce tan característico como la ensaimada.

Al empezar a leer la novela, he sentido que Villalonga la escribía influido por Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. En esta novela la narradora testigo era la ama de llaves de la casa de unos señores y en su título también se evocaba una finca. De hecho, en Bearn, Villalonga usa dos veces el adjetivo «borrascoso», lo que no me parece algo casual, y se empieza describiendo el lugar de Bearn, perdido entre montañas, igual que en Cumbres Borrascosas se habla de la casa, perdida entre páramos. Quizás al pensar en esta posible influencia, esperaba al leer la novela de Villalonga sucesos más truculentos o románticos, y lo cierto es que la novela mallorquina es –pese a los latigazos que Antonio propina a su mayoral– mucho menos oscura que la de la inglesa. De forma periódica se evoca en Bearn el cuarto de las muñecas, un cuarto clausurado de la casa al menos desde que don Jaime –un antepasado de Antonio– muriera en ella de forma trágica. Jaime fue un hombre enloquecido, un noble dedicado a vestir muñecas. El lector espera que en algún momento, Villalonga haga entrar a sus personajes en la sala de las muñecas y que se descubra algún secreto escabroso; esto llega a ocurrir al final, cuando yo ya había perdido las esperanzas de que fuera a suceder. Quizás la larga espera haya hecho que el secreto no me sorprendiera o escandalizara demasiado. Creo que he echado de menos en Bearn más pasiones desatadas, más irracionalidad; pero también digo que esto posiblemente ha sido porque desde el principio me he imaginado que iba a leer un Cumbres Borrascosas (una de mis novelas favoritas) a la española.

A menudo se ha comparado a Bearn o La sala de las muñecas con El Gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, novela que se publicó en 1958, y por tanto dos años después de la de Villalonga. El Gatopardo está ambientada en Sicilia, en otra isla mediterránea, también en el siglo XIX, y también trata de la decadencia de una familia de nobles. La leí hace ya más de veinte años y me están entrando ganas de volver a leerla.

En el prólogo José Carlos Llop dice: «En cuanto al estilo, poca voluntad había en el escritor. El suyo fue desmañado y sin traza: era un hombre sordo para el estilo; en Villalonga, el estilo son las ideas.». No estoy de acuerdo con Llop y lo cierto es que su comentario me parece una maldad injustificada, de la estirpe de las sembradas en el prólogo que le hizo Camilo José Cela a este libro en 1956, diciendo que Villalonga era judío, y este juicio antisemita molestó bastante al escritor. A mí me parece que el estilo, que la narración de Juan Mayol, es muy elegante y adecuada a lo contado. A pesar de que al comentar Bearn o La sala de las muñecas de LLorenç Villalonga he apuntado hacia una posible decepción porque la novela no es tan escabrosa como Cumbres Borrascosas, a la que me estaba evocando, he de decir que he disfrutado con ella y que me parece una novela notablemente valiosa dentro del contexto de la narrativa española del siglo XX.