Julio Llamazares, 'Distintas formas de mirar el agua'

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título Distintas formas de mirar el agua

autor Julio Llamazares

editorial Alfaguara

192 págs. 17,50 €.

 

La familia acude a esparcir las cenizas del abuelo al pantano que anegó su pueblo varias décadas atrás y los obligó a mudarse desde la montaña a un pueblo artificial de casas improvisadas sobre una laguna desecada. Desde el punto de vista de los distintos familiares, se traza la personalidad y circunstancias de ese cabeza de familia que sufrió como una condena el abandono de su hogar.

 

JULIO LLAMAZARES (Vegamián, León, 1955) es autor de poemarios (Memoria de la nieve), libros de viajes (Cuaderno del Duero), colecciones de relatos (Tanta pasión para nada) y, claro está, novelas como La lluvia amarilla o El cielo de Madrid.

 

Son muchas las voces narradoras de este libro, pero el gran protagonista es el pueblo anegado y “ese pantano que parece un lago suizo más que una sepultura de agua”. En el caso de Julio Llamazares, decir que uno se sumerge en su lectura es de lo más pertinente. Su condición de ciudadano que jamás podrá volver a su lugar de nacimiento, Vegamián, porque se lo tragaron las aguas de una presa, sin duda ha marcado su manera de escribir concéntrica, acuosa, con una belleza de algas descompuestas.

Estas páginas se leen como un reportaje poético. Un reportaje que a veces se antoja excesivamente largo y reiterativo. La idea de ofrecer el punto de vista de los distintos familiares de ese recio agricultor, que solo quiso regresar al lago artificial que le robó la memoria después de muerto, es muy buena. Pero quizá la retahíla de allegados resulte extenuante: la esposa, la hija mayor, los otros hijos, la nuera, el yerno, los nietos… una quincena larga. A través de ellos vamos componiendo la figura del patriarca: trabajador incansable, honesto, introvertido, terco, afectado de una incurable nostalgia silenciosa que contagia a algunos de sus hijos. Reconozco haber caído en la tentación de saltar algunas páginas en el familiar diez o doce. Pero, al poco, movido por el remordimiento o la curiosidad, he regresado atrás y, sumergido entre las líneas, he descubierto el premio de los lectores pacientes: un chispazo lírico, un momento donde el autor consigue detener el tiempo, una reflexión profunda que te acompaña semanas, o meses, o la vida entera.

Llamazares es un género en sí mismo. No es un escritor de libros perfectos, a veces es moroso en exceso o desequilibrado en la estructura, da mil vueltas a lo mismo, alterna momentos deslumbrantes con otros más desganados... Pero su narrativa tiene magnetismo. Y eso, el magnífico toque literario de sus libros, hace que todo lo demás resulte secundario. ANTONIO ITURBE