Ángel Gracia, 'Campo Rojo'

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título Campo Rojo

autor Ángel Gracia

editorial Candaya

256 págs. 16 €.

 

En el extrarradio zaragozano de los primeros 1980, el Gafarras intenta sobrevivir a su doble condición de “cuatro ojos” y empollón en una clase sometida al reinado de terror del grupo de matones que lidera el Farute, tan amigos ellos del insulto, el salivazo, la colleja y la “hostia consagrada”. Una excursión al Moncayo marcará el punto culminante de su sometimiento.

 

ÁNGEL GRACIA (Zaragoza, 1970) ha sido librero, corrector y programador cultural. Es autor de varias obras de poesía, de la novela Pastoral y del libro Destino y trazo. En bici por Aragón.

 

Ah, la infancia. Ah, sus ingenuidades. Ah, sus esclavitudes. Pero mucho más “ah”, todos los “ahs” del mundo, su estallido en pedazos con el ingreso en la pubertad. Y, como si uno no tuviera suficiente consigo mismo más la inevitable irrupción de dudas y vellos y olores, ahí está ese infierno ajeno multiplicado ad nauseam por los compañeros de clase, colección de espejos no tan deformantes como deformadores (a hostia limpia, se entiende) de la que uno desearía salir por piernas pero en la que debe integrarse y camuflarse para, precisamente, conservar el mayor tiempo posible esas piernas.

Tales son los parámetros a los que regresa aquí Ángel Gracia, un territorio en absoluto idealizado, descampados y fábricas como envoltorio geográfico, humillaciones sin pausa en el apartado espiritual, unas gafas de culo de botella condenando a su protagonista en lo físico. El bullying antes del bullying, cuando los maestros no se preocupaban apenas por tales cosas y callar los abusos ante su autoridad (in)competente, lo mismo que en casa, representaba tanto una cuestión de honor como de supervivencia.

El retrato resulta demoledor, doloroso pero también saludablemente irónico gracias a un acertado uso de la segunda persona. Le falta, para mi gusto –disculpen la irrupción personal, fruto de la fuerza de esta apelación literaria–, mayor contenido de referentes generacionales, limitados prácticamente a una mención a la serie Galactica (prima, pues, lo universal frente al fenómeno Yo fui a EGB). Y le sobran, ya desde posiciones más objetivas, algunas gotas de bilis, las pequeñas redundancias a las que aboca su estructura en estampas y su tardanza en dar a conocer la importancia dramática y climática que tendrá uno de los episodios, por más que se haya regresado a él de forma recurrente. Pero se trata de peros tan menores como el que podría apuntar a un supuesto exceso de sencillez fruto de su vocación eminentemente realista, porque hay sobre todo mérito en la capacidad de este Campo Rojo para llevarnos a chapotear en aquellos lodos pasados que con tanto esfuerzo hemos convertido en los polvos presentes. MILO J. KRMPOTIC’