Montero Glez, 'Talco y bronce'

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título Talco y bronce

autor Montero Glez

editorial Algaida

312 págs. 18 €.

 

Son los años 1980 en una España cutre, demócrata por fuera y franquista por dentro. El Chuqueli es un virtuoso del atraco a mano armada. Un autodidacta del robo que se ha criado en poblados de chabolas donde lo mismo puedes comprar un cartón de leche que un revólver. Se quiere fugar a México con la Malata, casi adolescente y fogosa, para empezar de cero. En esas llega a la banda de un joven demasiado impulsivo al que llaman el Nani.

 

MONTERO GLEZ (Madrid, 1965) es autor de novelas, libros de relatos y fabulaciones. Ganó el premio Azorín con Pólvora negra. Vive a su aire en algún lugar de Cádiz. Talco y bronce ha obtenido el premio Logroño de novela 2015.

 

Montero Glez ha vuelto. Aunque, en realidad, nunca se ha marchado: sus territorios literarios siguen siendo los mismos que inaugurase una novela de título monterogleziano: Al sur de tu cintura. Porque los libros de Montero empiezan en su título: Sed de champán, Cuando la noche obliga, Manteca colorá, Pólvora negra, Pistola y cuchillo… Este Talco y bronce, también. El talco que no va al culo de los bebés, sino a las narices de los que han perdido la inocencia. Y el bronce de la gente de ley, aunque se pasen la ley de los códigos penales por los cojones. Ese Talco y bronce empapado de literatura –quizá involuntariamente– trae el eco de aquel Lorca cuando llegaban, bronce y sueño, los gitanos. Con las cabezas levantadas y los ojos entornados. El Chuqueli es de los de cabeza levantada, ya te digo. Y los ojos entornados, siempre alerta, para que no se la metan doblada.

El Chuqueli pasa a formar parte de esa galería de personajes que querríamos haber conocido (aunque no en el comedor de nuestra casa, apuntándonos con una pistola, “una fusca”, que diría él). Glez convierte el fango en oro literario. Y la prosa en fandango. No esperen leer una historia nueva, aunque quizá no haga falta porque desde la Odisea está ya todo escrito. Les va a sonar el mundo del lumpen tratado con el brillo épico de los perdedores; el delincuente digno que atraca y mata pero tiene unas reglas honorables; la gitanilla que se convierte en objeto del deseo; los policías zafios, sucios, grasientos y corruptos; el coche robado y el radiocasette repitiendo las coplas aflamencadas que son la banda sonora de los patios de las cárceles. Es la historia de siempre, de los que pierden siempre, pero Montero Glez la hace nueva porque la hace suya. Este gachó escribe como si rasgara una guitarra. Nos rasga cuando lo leemos. Por eso es Montero Glez. ANTONIO ITURBE