Daniel Kehlmann, 'La noche del ilusionista'

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título La noche del ilusionista

autor Daniel Kehlman

traductora Helena Cosano

editorial Nocturna

190 págs. 14,50 €.

 

Abandonado por su madre biológica, tras ver cómo la de adopción caía fulminada por un rayo, Arthur Beerholm es enviado a un internado en el que se asoma a lo que serán sus tres grandes pasiones vitales: la matemática, la teología y, como inesperado pero a la vez lógico encuentro entre la primera y segunda disciplina, el ilusionismo.

 

DANIEL KEHLMANN (Múnich, 1975) firmó con La medición del mundo el título más vendido de las letras germanas desde El perfume de Suskind. Es autor también de Yo y Kaminski, Fama y la reciente F.

 

Acceder a La noche del ilusionista dieciocho años después de su publicación, siendo conocedores de la obra e hitos posteriores de Daniel Kehlmann, permite establecer un interesante paralelismo (sincrónico) entre el protagonista de la novela y el firmante de la misma, quien en el no tan lejano 1997 era un estudiante de filosofía que acababa de abandonar su tesis doctoral sobre lo sublime en Kant para dedicarse a escribir narrativa, y ciertamente no se había ganado aún que The New York Times lo calificara de “prodigio”. En efecto, tal y como Arthur Beerholm se sube al tren de la obsesión para dominar las artes de la prestidigitación y romper a continuación la barrera de la realidad, tal y como acaba viéndose superado por su arte y descarrilando vitalmente durante una noche de pesadilla, aquel Kehlmann apenas veinteañero exuda ambición y demuestra no pocas maneras, pero cae en distintas trampas primerizas y factura una novela prometedora lo mismo que irregular, donde el hallazgo convive a menudo con la frustración. En exceso consciente de que la literatura es artificio y el realismo mágico, una vuelta de tuerca sobre el mismo, el autor no se da por satisfecho con sentar el carácter no fiable de su narrador y héroe, cosa que logra con sorprendente naturalidad, sino que se empeña en añadir capas y disfraces condenados a, por un lado, distraer antes que esconder y, por otro, generar más confusión de la debida. La sutileza y la inspiración conviven, pues, con cierta tendencia a la perorata en detrimento de la anécdota (también con una de las escasas tachas que se han mantenido en títulos ulteriores: prima la inteligencia sobre el sentimiento), circunstancia que se torna sencillamente críptica en las apelaciones a la destinataria de la obra, una idea cargada de genio pero de ejecución no tan inspirada. Sea como fuere, La noche del ilusionista suma en todo momento: es el primer conejo que sale de la chistera y, por más que le hayamos buscado el truco, magia no le falta. MILO J. KRMPOTIC’