Marian Engel, 'Oso'

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título Oso

autora Marian Engel

traductora Magdalena Palmer

editorial Impedimenta

168 págs. 20,95 €.

 

Lou, una veinteañera mucho más amiga de los libros que de las personas, recibe el encargo de catalogar la biblioteca de una mansión victoriana sita en una isla remota. En ausencia de la única vecina del lugar, una india centenaria, la muchacha halla compañía y cada vez mayor consuelo en la peluda y apática figura del viejo oso que vive en los establos.

 

MARIAN ENGEL (Toronto, 1933-1985) fue especialista en literatura canadiense y firmó obras como No Clouds of Glory, The Honeyman Festival, Monodromos o este Oso, premiado con el Governor General’s Literary Award.

 

“Para John Rich, que sabe cómo piensan los animales”: la dedicatoria de esta pequeña joya titulada Oso esconde, lo mismo que el cuerpo de la novela, una sugerente carga de profundidad. Y es que el tal Rich era no tanto un zoólogo como el psicoterapeuta que trató a Marian Engel a mediados de los 1970, cuando la autora intentaba compaginar la organización de ese sindicato de escritores canadienses que ella misma fundara a lo DIY (tenía sede en su propio domicilio) con el cuidado de sus hijos gemelos y un complicado proceso para divorciarse del padre de estos, el productor televisivo Howard Engel.

Oso, por cierto, había nacido a modo de pieza breve para una colección de relatos eróticos que jamás llegó a buen puerto. Pero cometería un error quien centrara la aproximación al libro en su anécdota lúbrica porque, lo mismo que los cuentos de hadas de Angela Carter (y resulta interesante la confluencia de ambas: la obra que nos ocupa aparece en 1976 y La cámara sangrienta, apenas tres años más tarde), Oso representa por encima de todo el poderoso y perturbador retrato de una psique femenina escindida entre la ansiedad por lo que la sociedad (esto es, el hombre) espera de ella, la insatisfacción personal y sexual, y una llamada de la selva en absoluto idealizada, donde cualquier forma de redención alumbra la belleza pero se manifiesta irremediablemente acompañada de un dolor primordial.

Y todo ello lo presenta Engel desde la sutileza, mostrando antes que contando, decorándolo con una serie de referentes literarios debidos a la labor y pasión de la protagonista, prestando gran atención al elemento natural… cual fábula que desemboca, sí, en puntuales pero contundentes estallidos venéreos (en ese sentido, se me antoja mucho más acertada la portada de Impedimenta, obra de la ilustradora israelí Gabriella Barouch, que la de la edición original, con su muy masculino despliegue de erotismo setentero). Una recuperación, pues, tan acertada como deliciosa, de lectura rápida y digestión lenta, bella y plagada de fascinantes espinas. MILO J. KRMPOTIC’