Pierre Lemaitre, 'Irène'

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título Irène

autor Pierre Lemaitre

traductor Juan Carlos Durán Romero

editorial Alfaguara

400 págs. 19,90 €.

 

Con una altura inferior al metro y medio, el comandante de policía Camille Verhoeven compensa su falta de presencia física con tenacidad e inteligencia. Al tiempo que espera su primer hijo de la bellísima Irène, Verhoeven debe enfrentarse a un temible asesino en serie que copia algunos de los homicidios más truculentos que ha dado el género negro, por lo que la prensa lo ha bautizado como “El novelista”.

 

PIERRE LEMAITRE (París, 1951), celebrado cultor de la novela negra en su vertiente europea, incursiona asimismo en la narrativa ajena a géneros (fue premio Goncourt en 2013 con Nos vemos allá arriba) y es, además, guionista de televisión y profesor de literatura.

 

Con una prosa torpe e inestable (lastrada por errores gramaticales en la edición española), Irène es menos una novela policiaca sólida que una especie de arrogancia posmoderna, en la que se entremezclan citas “cultas” de Lacan, Althusser y Perec (que el autor ve, con razón, necesario glosar en una aclaración final, ya que son tan imperceptibles como innecesarias) con menciones explícitas a James Ellroy, Bret Easton Ellis y otros autores, para redundar todo en una especie de fraudulento truco de magia en el que se nos revela que, hasta determinado punto, la novela que leemos ha sido escrita en realidad por “El novelista”, es decir, no el propio Lemaitre sino el malvado asesino al que persiguen Verhoeven y sus hombres. Tamaña exigencia a la verosimilitud (la “novela” es escrita a medida que transcurre la acción), que haría lanzar el libro por el aire a cualquier lector serio del género negro, se hace aún más intragable por el hecho de que, cuando el verdadero escritor y narrador toma, por así decirlo, las riendas de la historia, la prosa no mejora. De hecho, si cambia en algo es en un uso caprichoso de los tiempos verbales y en una reducción de recursos estilísticos. Para llegar a esta especie de juego de espejos, o de estructura de muñecas rusas, hay que recorrer más de la mitad del libro siguiendo una trama que, si bien empieza generando cierto interés y acierta en la descripción de personajes secundarios, no consigue nunca ser creíble, además de incurrir con alegre despreocupación en el que quizás sea el peor defecto que puede tener una novela de esta clase: el lector está siempre uno o dos pasos adelantado al comandante Verhoeven e, incluso, a la narración misma. Si no funciona como historia policíaca, ni tampoco funciona como homenaje a algunos de los autores del género (un tibio homenaje posmoderno, más una utilización que un tributo), y si las preguntas que en teoría intenta plantear sobre el rol del autor y esas cosas (¿el novelista, Lemaitre, es “El novelista” asesino?) dan, por fatigadas y superficiales, mucha pereza, la sobreabundancia de tópicos y el regodeo en las descripciones escatológicas le quitan todo posible valor como una mirada literariamente distante sobre el género. Sin embargo, y a pesar de las excesivas caídas en non sequiturs que se suceden en la extensa primera parte, sí da resultado como entretenimiento, inconsecuente pero no del todo aburrido. EDUARDO HOJMAN