Selva Almada, 'Chicas muertas'

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título Chicas muertas

autora Selva Almada

editorial Literatura Random House

192 págs. 17 €.

 

Una mañana de su adolescencia entrerriana, mientras su padre prepara el preceptivo asado dominical, Selva Almada se entera por la radio del asesinato, en un pueblo a apenas veinte kilómetros de donde vive, de la joven Andrea Danne, apuñalada en su propia cama. Ya adulta, la autora escarba en ese y otros dos de los numerosos femicidios sin resolver en los últimos treinta años de historia argentina.

 

SELVA ALMADA (Entre Ríos, 1973) es una de las voces más notables de la reciente narrativa argentina, autora de Mal de muñecas, El viento que arrasa (publicado recientemente en nuestro país por Mardulce), Ladrilleros

 

Quien estas líneas firma presentó el pasado año la novela El murmullo, que tenía como punto de partida el secuestro de una adolescente a manos de un psicópata. Comento este dato menos con ánimo de autobombo, pueden creerme, que para justificar las muchísimas vueltas que di durante la redacción de ese libro a la cuestión del tono a emplear con tan espinoso tema, aterrado ante la posibilidad de decantarme en algún momento bien hacia lo frívolo, bien hacia el exceso de afectación. E ignoro si Selva Almada padeció una crisis de responsabilidad similar mientras preparaba Chicas muertas, más que más porque su obra trata una serie de asesinatos reales de muchachas de carne y hueso con familias y amigos en ocasiones todavía vivos, pero lo cierto es que no lo parece. Desde su primera página hasta la última, Chicas muertas es un prodigio de naturalidad donde la autora se las arregla para ligar tres asesinatos puntuales con una cierta cultura del femicidio y su propia experiencia como mujer sin que de ese encuentro entre lo particular y lo más universal, entre quien protagoniza la tragedia y quien la observa al otro lado de la barrera del tiempo (que no del espacio), brote un solo paso en falso, una aspiración más hinchada que la de la mera voluntad de contar, de prestar testimonio, de permitir si acaso que cada cual extraiga sus propias conclusiones. Aunque se halle lejos de ofrecer nuevas teorías para esos crímenes sin resolver (no es esa su intención), aunque escape de cualquier planteamiento propio de la narrativa negra-criminal, Chicas muertas se devora porque esa voz y esa sabiduría moral tienen cuerpo más que suficiente para situarse como ejes del relato. Y el resultado es una denuncia inmune a cualquier ejercicio de simplificación, una suerte de lamento primordial con sus aspectos mórbidos (pero no gratuitos) y ecos estéticos, un trayecto donde el brillo de la explicación jamás llega a esconder la turbiedad humana que la motiva. MILO J. KRMPOTIC’