“Barcelona se ha bajado las bragas”

 

texto MILO J. KRMPOTIC'  foto AINHOA REBOLLEDO

Ainhoa Rebolledo cuenta la crisis y el 15-M en ‘Gornú’ (La Isla de Siltolá)

 

Como las otras dos entregas de tu trilogía barcelonesa, Gornú parte de lo autobiográfico, para el caso tu despido de la editorial en la que trabajabas. Y al mal tiempo logras ponerle buena cara, en cuanto el libro mantiene el sentido del humor de los anteriores, pero obviamente hay una amargura de fondo. ¿Es eso lo que te llevó a añadirle tintes distópicos a la cosa?

Gornú es la coda, el final agridulce, el “copa y puro”, el cierre de la trilogía barcelonesa. ¿Quién dijo que los cuentos debían tener un final feliz? Pues alguien que no tenía ni idea de cómo funcionaba la vida, por supuesto. Al final todo sale mal de forma irremediable y, parafraseando a Paulo Coelho, si no ha salido mal, es porque ese no era el final. Gornú está escrita con mucha amargura pero también con sentido del humor, supongo, porque uno de los trucos más conocidos para superar un mal trago consiste en soltar un chiste sobre eso que te ha hecho llorar y yo escribí ese libro sintiéndome muy incómoda con mi vida. Mi forma de insertar un chiste en la Barcelona que tanto me estaba aburriendo fue poniéndola patas arriba con un muro que la dividiera cruzando la Diagonal y trayendo a la Cruz Roja en misión humanitaria.

A la vez, la trilogía comienza contando tus paseos en bicicleta, continúa con tus clases de tricot como excusa y se vuelve aquí mucho más… ¿real? ¿dramática? Viéndola en su conjunto, Gornú en efecto parece el (duro) despertar de un sueño.

Sí, son como tres etapas de mi vida: el despertar de la curiosidad insaciable donde todos los caminos de Barcelona parecían surcables con una bicicleta llamada Mari Klinski, el desencanto amoroso consolado con las agujas de Tricot y luego ya el fracaso vital que supuso el quedarme sin trabajo, ahí ya tuve que inventarme una metáfora, claro, porque si no, no me salían las frases.

 

Estilísticamente, Gornú también difiere de sus antecesoras. Es menos esquemática en lo formal y más narrativa, no recurres tanto al uso de las mayúsculas y ese estilo libre que te caracterizaba. ¿Es algo puntual, fruto de un proceso de escritura casi rabioso, o forma parte de una transformación más amplia?

Supongo que es una evolución, y eso está bien. Ahora escribo libritos que empiezan, se desarrollan y culminan, ya no son el brote de emoción incontenida que me salía de las tripas. Ahora ya he aprendido a regular el filtro entre mi corazón y los dedos aunque sigo sin saber insertar correctamente el punto y coma y sigo pensando que las novelas que más nos gustan son las contenedoras, las que no van a ningún sitio.

Tu protagonista, Anna Encina, es (era) correctora en una editorial. Y al libro le falta un hervor en ese sentido, pues muchas son las páginas en las que han saltado palabras. ¿Es el signo de los tiempos o tu verborragia le pudo al corrector de turno?  

Puede que ya no escriba como antes pero sigo escribiendo a mi manera, digamos: el manuscrito de Gornú no pasó por un corrector, que yo sepa, antes de llegar a la imprenta. Estuve a punto de enviárselo a mi amiga Raquel López para que le pasara un F7 de forma profesional pero no lo hice porque… En fin, que solo hay dos cosas que una no puede hacerse a sí misma: cosquillas y una corrección ortotipográfica de 220 páginas.

 

En el libro, tal y como decías, presentas una Barcelona dividida por un muro que atraviesa la Diagonal. En la zona alta viven quienes aún tienen trabajo y medios, y en la baja los afectados por la “Gornú”. Pero ¿de verdad crees que los pijos renunciarían así como así a los bares del Born?

Para mí, todas las ciudades y países se dividen entre un norte rico y un sur pobre. Luego ya investigué un poco mirando en Google Maps y me enteré de que el Tibidabo no estaba al norte y que la Barceloneta no era el sur como yo pensaba, pero no pasa nada. Cuando dejé Barcelona, los modernillos ya habían devorado el Raval y los turistas, el Born. Para mí, los pijos siempre han estado atrincherados por la zona de Sant Gervasi-Sarrià, y eso que hay muchísimas cuestas. Todo hace prever que Gràcia será la siguiente en caer, si no lo ha hecho ya, porque eso de que se hayan prohibido los conciertos en el Heliogàbal desde el ayuntamiento de Ada Colau es un asunto muy serio. Una cosa que no me gusta nada de Barcelona es cómo ha gestionado todo el tema del turismo: se ha entregado totalmente, se ha bajado las bragas con el Posa't Guapa y, para mí, dejó de ser una ciudad habitable definitivamente el día que abrieron un hostel para ingleses borrachos en la calle Peril, un hostel que permitía el acceso al gimnasio municipal de la calle y ahí estaba yo, hundiéndome en una piscina pública llena de guiris jugueteando.

La visión que muestras del 15-M parece decir que aquella reacción llegó hasta donde el poder quiso que llegara. ¿Se trata de una crítica, de una postura pesimista…?

Nunca simpaticé demasiado con el movimiento 15-M porque yo siempre he creído que, si vas a destruir el sistema, tienes que hacerlo desde dentro. Sí que estuve en asambleas, pero siempre parecía que lo único que se podía sacar en claro tras una o dos horas de debate era la fecha y hora de la siguiente reunión. Sí que estoy de acuerdo, en cambio, con alguna de las cabecitas del dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos que era el 15-M, véanse Podemos y sus sucedáneos periféricos. En Gornú no se lee directamente la palabra 15-M, pero sí que aparece entre líneas, claro, creo que es imposible escribir ficción contemporánea en España sin hacer referencia a ese movimiento.

 

Ahora vives en Madrid. ¿Qué te llevó a mudarte allí? ¿Es la capital más dinámica que la dichosa Ciudad Condal?

Me mudé porque mi vida en Barcelona se complicó demasiado y la primera respuesta ante el estrés agudo siempre es deshacerte de lo prescindible, introducir tus cosas en una maleta y largarte. Me fui a Madrid porque es la ciudad de España que más se parece a un hogar en el que, cuando llegas, nadie te pregunta eso de a dónde vas o de dónde vienes, eso da igual, lo importante es que estás ahí y tienes sed o ganas de divertirte. Además, la gente es muy graciosa y, en el fondo, a todo el mundo le importa todo tres pitos, algo que no pasa en Barcelona. Sin embargo, llevo un tiempo preocupada por la gentrificación: de igual forma que Barcelona se rindió ante el turista, barrios de Madrid como Malasaña, Chamberí y Lavapiés se están poniendo de rodillas ante la gente con dinero que gastarse en gastroparidas y el dinamismo de Madrid está cambiando un poquito, creo, en cualquier caso, desplazándose a las afueras de la M-30.

Cuando tu paisano Mariano Rajoy recita versos del tipo “somos sentimientos y tenemos seres humanos”, ¿lo reconoces como afín a tu propio imaginario simpáticamente absurdo? ¿Admitirías incluso que ha sido una de tus influencias (buena o mala, eso lo dejamos)?

Al principio pensé que esa frase de los sentimientos y los seres humanos era un video manipulado de Querido Antonio, como el de “muchas tardes y buenas gracias”. No sé si Mariano Rajoy ha sido una de mis influencias, tal vez sí, supongo, no lo sé, depende: estudió Derecho con mi padre y, por apellidos, aparecen juntos en la orla. Mi padre sale muchísimo más guapo que él, por supuesto, aunque no era difícil.

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