“La traducción es una enfermedad, lo juro”

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texto MILO J. KRMPOTIC'  foto MILTON LÄUFER

Javier Calvo reflexiona sobre el oficio de traductor en ‘El fantasma en el libro’ (Seix Barral)

 

¿Qué lleva a un chaval de buena familia a desempeñar el vil trabajo de traductor?

No lo sé porque no soy de buena familia [se ríe]. En mi caso, fue la generosidad de Claudio López Lamadrid, que decidió darme un espacio para que yo pudiera crecer profesionalmente. Poco después de conocernos, empezó a encargarme lecturas, traducciones y toda clase de pequeños trabajos editoriales. Eso fue en el año 1998. Por supuesto, todo era más fácil entonces: había trabajo, a diferencia de ahora, o sea que costaba mucho menos empezar, aunque no tuvieras experiencia. Antes había traducido cosas pero por mi cuenta, sin cobrar y por el puro placer de hacerlo, sin ganar dinero ni pensar que podría ganarlo.

¿Recuerdas el primer libro que tradujiste?

Por supuesto. Fue una pequeña antología de poemas de Ezra Pound que publicó la por entonces recién nacida división literaria de Mondadori de Claudio López. Recuerdo que fue una pequeña selección que hice a partir de la legendaria antología inglesa Personae, y que decidí cambiarle el título por Disfraces para conservar el sentido pero distinguirla de la antología entera, que creo recordar que ya circulaba traducida por ahí.

¿Cuál ha sido el último?

Supongo que técnicamente es el que estoy traduciendo ahora mismo, American Smoke, de Iain Sinclair, para la editorial Alpha Decay. Aunque al mismo tiempo traduzco otras cosas para mí, en los ratos libres que me quedan, no necesariamente para publicarlas. En realidad ya no hay demasiada diferencia entre la traducción y el resto de mi vida. Siempre estoy traduciendo varias cosas distintas, dándole vueltas a una duda o una expresión, mientras como, mientras compro, todo el rato. La traducción es una enfermedad, lo juro.

Y, entre medio, ¿llevas la cuenta?

No llevo la cuenta exacta, en parte porque la cifra de libros que he traducido es obscena. Creo que andará sobre los 140, de hecho, a lo largo de dos décadas, que serían unos siete libros al año. La verdad es que he trabajado a destajo. Una de mis fantasías es tomarme un año sabático. Por desgracia, el trabajo de traductor profesional no da tregua. Hay que trabajar mucho para vivir de ello y para que los clientes cuenten contigo y te tengan en su cartera de colaboradores, no se les puede decir nunca que no.

 

¿Alguna traducción a la que le tengas especial cariño?

Por supuesto, muchas. La ciudad de las desapariciones de Iain Sinclair, quizás el que más, porque es uno de los autores más importantes de mi vida de lector, y también porque me pasé una década rompiéndome la cabeza para intentar publicarlo en España y encontrar la fórmula para hacerlo. También las cuatro novelas de Don DeLillo que he traducido para Seix Barral, que heredé de Ramón Buenaventura y que me han ofrecido una perspectiva increíble de su obra. Mis colaboraciones para la Felguera, sobre todo Ángeles fósiles de Moore y el Manual del boy scout de Burroughs. Ritual en la oscuridad de Colin Wilson, otro sueño hecho realidad, gracias a un editor que confiaba en los traductores; además de ser una de las novelas que más me han impactado de mi vida. La Trilogía de Tokio de David Peace, posiblemente el autor que me atrajo al género policial. La llamada de Cthulhu de H.P. Lovecraft, creo que no hace falta explicar por qué. Satanás me quiere de Robert Irwin, todos los libros que he traducido de Denis Johnson, etc., etc.

¿Y alguna que recuerdes como particularmente difícil?

La dificultad para un traductor siempre es resultado de problemas con la ecuación tiempo-dinero. Con el tiempo y el dinero suficientes, no hay libro difícil. Ciertas traducciones son tan extensas o tan absorbentes que pueden suponer un trastorno vital importante o simplemente acabar con tus fuerzas. En otros casos, la traducción requiere una investigación extensa o bien la construcción de un lenguaje idiosincrático o híbrido que puede ocupar muchísimo tiempo. Esto es terrible para el traductor, que normalmente cobra muy poco dinero y suele tener plazos breves de entrega. Como casi todos los traductores literarios, me he visto en situaciones bastante extremas. Por ejemplo, País de sombras de Peter Matthiessen, una novela absolutamente extraordinaria, pero que me llevó al límite mismo de mi energía física y mental. Encima luego no la leyó nadie, lo cual fue muy frustrante. O bien El rey pálido de David Foster Wallace, una novela durísima que exigió una concentración y una inmersión tremendas, además de cosas como tener que seguir un curso de contabilidad por Internet, jaja.

¿Qué libro te hubiera gustado traducir?

Hay literalmente miles. Moriré con la frustración de todas las cosas que quise traducir y no pude. Cualquier cosa de Michael Moorcock, sobre todo la saga de Jerry Cornelius, la de Dancers at the End of Time o Nomad of the Time Streams. Arthur Machen, al que venero con locura. Las novelas de Dion Fortune, sobre todo The Sea Priestess. J.G. Ballard y Angela Carter. Mervyn Peake: daría lo que fuera por traducir la trilogía de Gormenghast. Cualquier cosa de Iain Sinclair, aunque por encima de los demás Lights Out for the Territory, que fue su libro que me cambió la vida. Traducir a William Blake es un sueño que he tenido toda mi vida. Poe, Lovecraft, Conan Doyle. Las novelas de P.L. Travers. Pero en fin, la lista es demasiado larga. Daría para una entrevista ella sola.

 

¿Estás de acuerdo con el dicho aquel que reza “traduttore, traditore”?

Por supuesto. La traducción es una empresa trágica. A lo largo de la Historia hay una dialéctica entre sus partidarios y sus detractores, en la que tienen ambos razón. La traducción es un crimen y una medicina, tiene ambas facetas. Está siempre condenada al fracaso, no tenemos otro remedio que “seguir adelante, fracasar otra vez, fracasar mejor”. Pero a fin de cuentas, escribir El fantasma en el libro me ha ayudado a aceptar finalmente algo que la tradición de ideas recibidas sobre la traducción literaria no me dejaba ver o aceptar: que la traición del traductor es nuestra redención, la esencia misma de nuestro acto creativo.

 

¿Existe eso que podríamos denominar “la voz del escritor”? ¿Te has sentido ventrílocuo alguna vez?

Por supuesto, todos los días. No solamente existe la voz del escritor; yo iría mucho más allá. Estoy convencido de que, en el caso de la literatura relevante, el autor está creando un lenguaje propio. Al menos así es como intento acercarme al texto cuando traduzco un libro: un idioma propio con recursos propios y problemas propios que requiere que tú inventes recursos y soluciones específicos.

¿Alguna curiosidad sobre tu método de trabajo?

Depende completamente de en qué libro estés trabajando. Hay libros que apenas exigen investigación previa y que prácticamente puedes terminar de traducir y leer un par de veces y ya están listos para imprenta. Con otros en cambio, acabo haciendo una inmersión en la obra del autor, leyendo sus otros libros, leyendo las cosas que a él le interesan, etc. El principal obstáculo es el tiempo, claro. En Estados Unidos lo normal es que un traductor se prepare durante meses y realice esa inmersión e investigación. Esas son las circunstancias ideales para nuestro trabajo. En España esa opción es impensable, salvo quizás en el mundo de la traducción académica.

Siendo también narrador, ¿tiendes a simultanear ambas actividades o intentas no mezclarlas demasiado?

Nunca he hecho las dos cosas de forma simultánea. Ocupan esferas completamente distintas de mi vida. Mi trabajo como traductor tiene lugar cada día de mi vida, siete días a la semana, y ocupa la mayor parte del tiempo que paso despierto. Mi trabajo como narrador es ocasional, cada vez más esporádico, y para desempeñarlo tengo que ahorrar dinero y tomarme periodos sabáticos de la traducción.