“En literatura no hay nada atrevido”

 

texto ANTONIO ITURBE  foto ASÍS AYERBE

Marina Perezagua nos habla de su ‘Don Quijote de Manhattan’ (Los Libros del Lince).

Perezagua no tuvo inconveniente en explotar moléculas de agua con sus manos para nuestro artista fotográfico Asís Ayerbe. Hay algo acuático en ella. Ha cruzado el estrecho de Gibraltar a nado porque debía hacerlo. Con esa resolución se lanzó a la literatura desde sus primeros cuentos, entre fantásticos y perversos, y llamó la atención con el desgarro y la fuerza de su primera novela, Yoro. Ha levantado un poco el pie del acelerador dramático en este Don Quijote de Manhattan (Libros del Lince). O no tanto. Es una comedia, pero está envuelta en melancolía. Es un divertimento, pero que nos habla del miedo al otro. Es verdad que esta novela sorprende menos, situar a Don Quijote en un escenario contemporáneo ya lo han hecho autores agudos como Rafael Reig con Las hazañas del capitán Carpeto. Pero Marina Perezagua es descarada. No tiene miedo a nadar en corrientes transitadas para hacerlo con su propia brazada.

 

Escribir con los personajes del Quijote… ¿no es muy atrevido coser con la misma aguja que don Miguel de Cervantes?

Pienso que en literatura no hay nada atrevido. Cualquier libro es un diálogo con libros anteriores y posteriores. El atrevimiento sería, más bien, decir que cualquiera de mis libros es únicamente mío. Yoro, mi anterior novela, no tenía referencias explícitas a otra obra, pero eso no significa que no existan, que Yoro no sea, al mismo tiempo, otros libros.

¿A qué edad te adentraste en la lectura del Quijote?

La primera vez que lo leí fue en el instituto. Tenía 14 años. La clase de literatura estaba centrada en una lectura de las dos partes del Quijote.

¿Cuál fue tu primera impresión?

La impresión que experimenté fue la misma que sentí al leer Cien años de soledad: aquello era otra cosa. Obviamente, a esa edad no había leído en profundidad a los clásicos, pero algo sabía por las lecturas que me daba mi padre, y con El Quijote sentí que aquel libro, más que ningún otro hasta entonces leído, era un mundo que me incluía siendo adolescente, una persona entre niña y mujer, cabalgando siempre a un desnivel que yo veía también en don Quijote. Fue la primera vez que un libro que yo había considerado siempre de adultos me interpelaba como adolescente.

Dice la nota de prensa que es una novela “divertida hasta la carcajada”.  Pero ¿no recorre todo el libro un poso de melancolía?

Sí, esa era mi intención, un libro que es al tiempo un paso por las variantes de la risa. Comienza con una risa despreocupada, para seguir con una sonrisa reflexiva y terminar con una melancolía que finalmente se cierra con un último optimismo. Esta melancolía, en efecto, aunque en menor medida, se siente desde el principio. La cuestión de la risa me interesa muchísimo, no solo como un acto irreflexivo, sino más bien como lo que usualmente es: un gesto de alegría con un poso de algo muy serio.

Es verdad que hay momentos delirantes que son divertidos, pero también hay momentos muy serios, como ese empleado encarcelado por dar a gente necesitada la comida sobrante de las cadenas de comida rápida como McDonald's o Dunkin Donuts. ¿Eso es pura ficción?

No, en este caso me he servido de experiencias personales. Yo misma he trabajado en esas empresas, con una política tan sumamente agresiva que por lo general me tomaba mi trabajo tratando de saltarme las normas… sin que me pillaran. No cobraba a los clientes cuando el encargado no me veía, y me negaba a tirar a la basura kilos de comida, que entregaba al salir del trabajo a las numerosas personas que por desgracia dormían en la calle. Me parece perverso que un supermercado como Walmart, por ejemplo, pida donativos a los clientes para sus propios empleados.

Tú llegaste también a Manhattan desde Sevilla. ¿Te sentiste un poco como Don Quijote y Sancho  en tu libro?

Me imagino que sí. El Quijote de Cervantes es un anacronismo en el que don Quijote siente que el tiempo, y no él, se ha equivocado, y que para sentirse bien debe volver a los tiempos anteriores, caballerescos. Pero el anacronismo, temporal, supone también un desnivel espacial. El espacio resulta extraño a don Quijote, como a mí me resultó raro al llegar a Nueva York. Sin embargo, creo que esto funciona porque no son experiencias únicamente personales, sino porque todos, en algún momento, nos sentimos desubicados.

¿Te planteas regresar a España o has encontrado allí tu lugar en el mundo?

Creo que mi lugar en el mundo estará siempre entre varios lugares, el pie derecho en un estribo, el izquierdo en otro. En Nueva York, paradójicamente, he encontrado mi refugio. Allí salgo poco y escribo más que en España, donde sin embargo soy más feliz desde un punto de vista personal y afectivo. Necesito ambas cosas para poder escribir bien: los estímulos de una ciudad donde cabe el mundo, y los afectos de mi país de nacimiento.

Tu Don Quijote se trastorna leyendo la Biblia en vez de libros de caballerías. ¿La religión trastorna a la gente?

No lo creo. La gente con algún tipo de trastorno se acoge a aquello que piensa que puede darle las respuestas que necesita. Ningún libro de caballería volvió locos a otra persona o personaje (que yo sepa). Son las personas las que tienen algún tipo de deficiencia que intentan sanar, a veces de un modo tan radical que hace pensar que la locura es la consecuencia, y no la causa.

En su delirio, este don Quijote tiene una amada a la que ve distorsionada, igual que en el original con Dulcinea. ¿Pero por qué su amada es un edificio, la gran Freedom Tower?

Todo mi Quijote es un juego de espejos en el que ciertos personajes y algunas historias tienen su reflejo en el Quijote de Cervantes. Naturalmente, quería que hubiera también una Dulcinea, pero esta Dulcinea no debía ser una persona. Esto hubiera resultado demasiado obvio, y además no habría funcionado a un nivel alegórico, sino que se hubiera quedado en una simple trasposición sin fondo. Decidí entonces que Dulcinea fuera la gran Torre de la Libertad, porque es hacia esa libertad, tan golosa como ilusoria, hacia donde don Quijote quiere encaminar al mundo.

Don quijote grita a los señores de la prensa: “¡Buitres!, quebrantahuesos , bárbaros!”. ¿Lo somos?

No, en ese episodio en concreto, don Quijote gritaba a los señores de la prensa por interponerse en el rescate que quería llevar a cabo de una ballena varada en las aguas de Brooklyn. Habría insultado (e insulta) a cualquiera que tratara de entorpecer su cometido como redentor del mundo.

En la parte final entramos en el género de la novela post-apocalíptica, donde todo colapsa… ¿Pero no iba a ser esta una novela de risa?

Me interesaba utilizar diferentes registros en un mismo libro. Comedia, sí, pero también el drama humano. Me apetecía hacer pasar al lector de la risa a la melancolía, porque pienso que esto supone una mayor dificultad para mí, y normalmente no me atrae lo que me resulta más sencillo.

Quijote y Sancho muestran en tu libro una mayor comprensión mutua que en el original cervantino, que les hace estar menos solos. ¿Es una manera de redimir a dos personajes tan vapuleados?

Sí, pienso que, en mi Quijote, ambos personajes se entienden sin palabras. Ya en la obra de Cervantes ambos se querían, pero las asperezas se limaban con más esfuerzo. Yo quería que en mi Quijote ambos fueran más compañeros, aunque siempre desde sus absolutas diferencias. Quizá sea este mi deseo: un convivir con el Otro en un mundo diverso.

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