“Pensar es inventar otra manera de pensar”

 

texto MILO J. KRMPOTIC  foto CATEDRAL

Francesc Orteu ejerce de “filósofo raro” en ‘PIENSA’ (Catedral), su “Manifiesto inquietante a favor de la ignorancia”.

Llevo un rato pensando en cómo abordar esta introducción a PIENSA. No resulta sencillo, por más que el libro sume apenas un centenar de páginas de márgenes generosos. PIENSA es el tipo de opúsculo socio-filosófico que de vez en cuando triunfa espectacularmente en Francia, pero al que no estamos demasiado acostumbrados a este lado de los Pirineos. PIENSA nos dice que, por lo general, cuando creemos pensar, en realidad no hacemos más que elegir entre una serie (limitada) de pensamientos ajenos. PIENSA apuesta por la ignorancia y la incomodidad, porque son dos estados que nos obligan a pensar desde cero. En este mundo de autopistas de la información e ideas preestablecidas, PIENSA nos invita a tomar la primera salida, a bajarnos del coche, a observar el paisaje y a comenzar a pensar “a mano”. Sin ningún objetivo concreto, luego ya se verá lo que sale.   

 

“Pienso, luego existo”, dijo aquel. Pero, si pienso según parámetros ya establecidos, ¿existo un poco menos?

Es bonito eso que sugieres. Y sí, creo que debemos pensar para existir más, para existir de nuevos modos, para extraer más placer y paz de nuestros días. Pensar puede ser llenar la cabeza con más ideas o puede ser vaciarla, limpiarla. Cuando pensamos sacudiéndonos de encima conceptos, categorías, prejuicios o supuestos, recuperamos lo inmediato o, como tú lo llamas, la existencia. Y es que el pensamiento ajeno, que nos resulta enormemente útil y que solemos usar casi siempre por defecto, acaba mermando ese privilegio extraordinario que tenemos los humanos que es el de dotar de sentido. Al placer de pensar sin usar o abusar del pensamiento ajeno lo llamo pensar a mano y la voluntad del libro es compartir esa experiencia modesta y esencial con el lector.

Aunque PIENSA es un manifiesto voluntaria y trabajadamente autocontradictorio, sí parece invitar con claridad a que escapemos del pensamiento “industrial”. Ahora bien, ¿no es eso más o menos lo que ha pasado recientemente con el Brexit y el triunfo de Donald Trump? Me acuerdo ahora mismo de Michael Gove y su “la gente está harta de los expertos”. A veces, el pensamiento establecido está establecido por alguna razón…

Pensar a mano no supone dejar de pensar a máquina. No propongo que nos convirtamos en Robinson Crusoe, claro. Es agradable vivir en un mundo lleno de ideas, sean de quien sean. Más que agradable es inevitable. Piensa esto que te digo: Zaragoza. ¿Podemos pagar estos cafés e irnos ahora mismo a pie a Zaragoza?

Me temo que está a unos 300 kilómetros.

Pero ¿podemos? ¿Tenemos esa capacidad, esa libertad, ese poder? ¿Podríamos hacerlo si lo deseásemos? Te lo pregunto porque pensar a mano consiste en redescubrir nuestra capacidad de andar por nosotros mismos. Podemos ir a Zaragoza en AVE y eso quizás sea lo más razonable, pero ¿podríamos llegar andando? Cuando nos enfrentamos al mundo es importante sentir que seríamos capaces de pensarlo a mano, sin ayuda.

De hecho, en el libro sugieres que pensamos sin ayuda cuando necesitamos ayuda.

Ve a la sala de espera de cualquier hospital y encontrarás gente filosofando, intentando comprender cómo ha podido llegar hasta ahí, qué debe hacer a partir de ahora, cómo va a continuar viviendo. Las circunstancias suelen obligarnos a pensar y por eso nos resulta desagradable. Preferiríamos no hacerlo. Pensamos porque existe un peligro. Algunas especies tienen colmillos, otras pueden huir a gran velocidad. Nosotros nos defendemos pensando, habitualmente con pensamientos prestados, con pensamientos arrojadizos. Pero nos conviene saber que tenemos un arma íntima que no nos pueden arrebatar, un arma que tiene la capacidad sorprendente de borrar y volver a dibujar el peligro al que nos enfrentamos.

En cualquier caso, queda claro que pensar no es una virtud en sí misma, que hay que intentar pensar bien.

Exigirle al pensamiento que sea virtuoso, o bondadoso, o eficaz es legítimo, por supuesto, pero me temo que nos aleja del placer de pensar a mano. En cualquier ámbito podemos encontrar fácilmente especialistas que han pensado con detenimiento cualquier cosa antes que nosotros. Si deseo la virtud o la eficacia buscaré consejo. Es lo más rápido. Lo más seguro. Lo que solemos hacer cuando no sabemos qué televisor comprar o sentimos un dolor persistente en un costado. Pero resulta más estimulante empezar pensando en lo erróneo, lo excéntrico, extemporáneo, lo inhabitual. La coherencia de un pensamiento es algo que mejor dejar para el final. Ya veremos si eso que pienso es consistente o no. Pensar es engendrar ideas, ponerlas en el mundo. Ya veremos lo buenas, virtuosas, ciertas, útiles o coherentes que pueden llegar a ser. Pensar es inventar otra manera de pensar y dejarla ahí, a ver qué pasa. Pensar es despensar, repensar, bipensar, antipensar, subpensar, contrapensar, paralelopensar, pseudopensar, apensar, micropensar, ultrapensar, cuasipensar, prepensar.

Abundando un poco más en esa línea política (aunque también podría ser futbolística), ¿consideras que las redes sociales son perjudiciales para el bien pensar? Lo pregunto porque tengo la sensación de que ese encuentro entre opinión e identidad cibernética hace que el primer elemento cobre un componente claramente emotivo y que cualquier puntualización al respecto conduzca antes a la ofensa y al enfrentamiento que al diálogo.

No me gusta opinar ni me gusta escuchar opiniones. Me interesan las certezas o las convicciones, aunque sean erróneas. Si algo te afecta, no opinas sobre ello, afirmas. ¿Qué importancia tiene mi opinión o la tuya sobre Trump? Cuando era joven ya escuché muchas opiniones sobre Ronald Reagan, que era un viejo y mal actor que chocheaba, y va y resulta que la URSS se hunde ante sus narices. ¿Quién sabe cómo hablaremos de Trump dentro de seis meses o seis años? Los periódicos nos alertan de mil cosas y ese es su trabajo. Cada mañana leo el periódico y tomo café con leche. Y ahí están las dos realidades, los papeles y la taza: una me alarma, otra me sacia. Se complementan perfectamente.

Dices que pensar nos conduce al placer de encontrarle un sentido a la vida. ¿Por qué parece haber tanta gente que halla sentido en el sinsentido?

Me parece sano ser capaz de encontrar sentido al sinsentido, sea lo que sea eso. Realmente no veo que sea tan fácil encontrar sinsentido porque nuestros hábitos terminan por dar sentido a cualquier cosa. Sal a la calle con un sombrero mexicano durante una semana y a la siguiente tus vecinos no van a entender porque ya no lo llevas. La obviedad es como el polvo, se posa por todas partes. Pensar a mano sirve, entre muchas cosas, para eliminar ese sentido automático que adquieren las cosas por el simple hecho de no desvanecerse como hace continuamente nuestro pensamiento. Solo podemos dar sentido a aquello que no lo tiene. Mira los muebles de tu casa. Qué pesados, ¿no? Fíjate en uno de ellos como si no tuviera ningún sentido que estuviera ahí. Y ahora intenta darle un nuevo sentido. Inventa un motivo para no dejarlo en la calle.

Eso parece una apología del reciclaje hípster.

Algo que apunto en el libro, sin explicarlo mucho porque no me gusta insistir, es que nuestros hábitos son una forma de pensamiento. Los hábitos nos permiten dar sentido a cualquier circunstancia, pero es un sentido que nos atenaza y, en la medida que esos hábitos no son libres, el sentido que imprime en nuestra vida es rígido, coercitivo, prestado. Cuando jugamos creamos caos para poder sentir en él el placer de encontrar un nuevo sentido. Volviendo a tu pregunta, no creo que haya mucha gente que viva en el sinsentido, hay quizás demasiada gente que vive en un sentido ajeno y terco. Pero eso se soluciona pensando.

Te autodefines como “un filósofo raro”. ¿Qué filósofo, raro o no, citarías como tu pensador de cabecera y por qué?

No me gusta citar filósofos ni filosofías. Me gusta pensar que una cosa es hacer literatura y otra crítica literaria o historia de la literatura. Yo he escrito un libro de filosofía, de desfilosofía, más exactamente. No es un libro de divulgación filosófica. Divulgar es algo que suelo hacer en radio o televisión y me gusta explicar, por ejemplo, por qué ese avión que vuela ahora mismo en el cielo le debe mucho a esa frase que me decías al inicio, “Pienso, luego existo”. Pero diciéndote esto o citándote a algún pensador célebre asumo una autoridad que no deseo ostentar. Yo, como cualquier escritor que se sienta a escribir una novela o un músico que coge una guitarra. No deseo poseer ninguna otra verdad que no sea aquella que he observado y vivido.

¿Y a qué personaje(s) público(s) le regalarías tu libro con carácter urgente?

A cualquiera que, refiriéndose a PIENSA, hiciera sentir a otros la curiosidad de leerlo. Algo que te agradezco que hagas. Pero puestos a decir un nombre, a Donald Trump. Creo que su modo de pensar va a marcar para bien o para mal una época.

Una última reflexión, si me lo permites. PIENSA es un libro escrito con el deseo de que sea una experiencia. No he pretendido dejar por escrito una colección de teorías, sino hacer compartir al lector mi felicidad ante la siempre sorprendente capacidad de pensar.

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios