“¿Podemos hablar de algo más agradable?”

 

texto ANTONIO LOZANO

Roz Chast, una de las dibujantes cómicas más veteranas y célebres del semanario "The New Yorker", citó a "Librújula" en un "diner" de un pueblecito al norte de Nueva York para hablar de su libro "¿Podemos hablar de algo más agradable?" (Reservoir Books), una crónica emotiva y desternillante sobre su relación con sus ancianos padres.

 

Tras una década dibujando viñetas cómicas por el placer de emular a artistas de perfil subversivo como Robert Crumb o Edward Gorey, Roz Chast (Brooklyn, 1954) comenzó a acercarse a las redacciones de revistas de perfil alternativo con un portafolio con más de sesenta creaciones y subterráneas esperanzas de que su trabajo despertara interés. Corría 1978, tenía 24 años y un estilo a contracorriente de todo lo conocido. En su cabeza se dibujaba un largo pasillo de puertas que iban cerrándose en efecto dominó. Sorprendentemente, fue en el medio más noble y mainstream, The New Yorker, donde su director de arte detectó un talento digno de ser reclutado de forma indefinida. Con una cifra que ronda los ochocientos dibujos publicados, Chast es una de las más longevas colaboradoras del mítico semanario, cuyas mejores piezas, inspiradas de forma recurrente por el ámbito doméstico, son inmediatamente reconocibles para millones de americanos y se han recopilado en dos libros superventas: The Party After You Left y Theories of Everything.

Ilustradora también de un amplio número de libros ajenos, la artista ha dado un salto cualitativo y realizado un ejercicio de catarsis emocional con ¿Podemos hablar de algo más agradable? (Reservoir Books), una novela gráfica en la que, con toneladas de honestidad y ternura, explica su compleja relación con sus padres, centrándose en especial en sus últimos años de vida, lo que le valió un Premio Nacional de la Crítica. La sensibilidad y el humor, la necesidad de comprender y cicatrizar, puestos al servicio de analizar los desencuentros generacionales, los irrompibles vínculos afectivos, la enfermedad y la muerte, las tensiones y lealtades en la unidad familiar.

 

Terror a una oficina

“Mis progenitores eran americanos de primera generación y tirando a sofisticados, lo opuesto de sus padres, quienes se habían instalado aquí procedentes de Rusia y de Polonia, sin hablar inglés y con una mano delante y otra detrás. Ellos sí contaron con estudios universitarios y acabaron trabajando en el ámbito de la docencia. De todos modos, no conocían el mundo exterior, no salían de Brooklyn, y no frecuentaban a nadie fuera de sus círculos profesionales. Mi pasión por el dibujo, que arrancó cuando aún era muy niña, les resultaba algo intrigante. Yo nunca pensé en dedicarme a otra cosa, en parte porque era lo único que sabía hacer, en parte porque, como hija única, estaba acostumbrada a la soledad, y la idea de trabajar en una oficina, obligada a socializar y a hacerle la pelota a los jefes, así como a interpretar a las personas, me aterraba. Ellos, por el contrario, confiaban en que acabara siendo profesora de arte. Temían un poco que no pudiera ganarme la vida, sobre todo porque eso significaría que no obtendría un seguro médico”.

Roz Chast habla entre bocado y bocado a una tortilla acompañada de ensalada en un diner de Katonah, una minúscula localidad a una hora en tren de Manhattan y a un corto trayecto en coche desde Ridgefield (Connecticut), donde reside. Cálida desde los primeros compases, a medida que avanza la conversación saca su vena payasa, desplegando un amplio repertorio de voces y muecas. Pese a la ansiedad que asegura que le generaría la imposición de la compañía humana en el día a día, es una profesional del humor y, en este encuentro puntual con la prensa, reluce su don para provocar la risa. ¿Pero qué es el humor para ella? “Una combinación extraña de elementos que resulta muy difícil de describir. También algo extremadamente personal: lo que a uno puede desternillarle, a otro puede dejarle del todo frío. Yo, por ejemplo, he detestado las sitcoms desde cría, me parecen deprimentes y no les veo la gracia. Me va más lo estúpido y absurdo, el gag de toda la vida, el del pastelero que resbala con una piel de plátano y acaba en el suelo embadurnado de nata”.

 

Adorar los interiores

Chast asegura que todo la inspira y que no se separa de su bloc de notas, en el que va registrando ideas, imágenes o conversaciones que salen a su encuentro. Lo que tiene más que comprobado es que su estado de ánimo no es un termómetro de su creatividad. Hay días tristes en los que algo sorprendentemente le divierte y sabe que fructificará sobre el papel, y otros en los que se siente eufórica, pero nada de cuanto la rodea logra hacer clic y poner en marcha el mecanismo que desembocará en una viñeta cómica. Le entusiasma dibujar el interior de los dormitorios, las cocinas y comedores, deleitándose en cada uno de los objetos esparcidos por la habitación de turno, mientras que su bestia negra son los coches.

Cada semana, la cuarentena de dibujantes en plantilla de The New Yorker presentan entre seis y diez propuestas no remuneradas. Solo un puñado entrarán en el siguiente número. “Todos los dibujantes debemos hacer algo más para llegar a fin de mes. Algunos trabajan en la docencia, otros en la publicidad, yo hago libros y doy charlas… Eso sí, como mi contrato es antediluviano, cuento con esa cobertura médica que tan preocupados tenía a mis padres”, comenta con una sonrisa mientras rebaña el plato.

 

Recuerdos en forma de viñeta

En coherencia con su título, ¿Podemos hablar de algo más agradable? se abre con un intento por parte de sus progenitores de evitar el tema de la muerte. De forma similar, y aunque esta sobrevuela sus páginas, Chast desea que su libro se entienda como un retrato fiel y cariñoso de esos seres que la volvían loca pero que, a su manera, también eran hilarantes, miembros de una generación que ya está a punto de desaparecer. Por encima de todo, completarlo le ha permitido interrogarse acerca de la misteriosa naturaleza de su relación y preservar su recuerdo. “Creo que hay ciertos aspectos de mis padres que jamás entenderé. Me hubiese gustado sentirme más cercana a mi madre, por ejemplo, y esta obra no lo conseguirá, pero sí me permitirá que, cuando la memoria me falle, pueda volver a sus páginas para recordar su forma de ser, sus conversaciones y cómo fue aquella postrera etapa de sus vidas”.

La dibujante ha recibido numerosas cartas de personas agradeciéndole que la lectura de su libro las consolara a la hora de afrontar la pérdida de sus seres queridos y que verbalizara su misma culpabilidad por no poder afrontar con mayor entereza y entrega el mal trago. Chast, que en efecto no ahorra palabras duras contra sí misma en aquel momento, presentándose en algunos momentos como una hija terrible y egoísta, prolonga su sinceridad comentando que “si bien no fue mi propósito ofrecer alivio, me alegro de haberlo conseguido. Ahora bien, fue tan duro cuidar y atender a mis padres en esa etapa final que, de haber tenido una hermana, habría intentado escurrir el bulto lo máximo posible”.

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