“No hay que ser una persona seria para ser una escritora seria o una cantante seria”

 

texto MARTÍN LOMBARDO  fotos ALEJANDRO METER

Tatiana Goransky, escritora y cantante de jazz, presenta en España ‘Fade Out’ (Comba), una historia de música y deseo.

Tanto en Los impecables como en Fade Out hay alusiones a distintos saberes o registros. El tenis, los viajes, la música, etc. ¿De qué manera trabajas con esa información para que funcione bien dentro de una trama sin que caiga en simple erudición?

Trato de repetir una misma ecuación que va más o menos así:

1) Nunca empiezo el trabajo de investigación sin antes haber escrito las primeras cincuenta-setenta páginas del libro o, en el caso de Ball boy y ¿Quién mató a la Cantante de Jazz?, sin haber desarrollado el personaje principal.

2) Cuando investigo trato de ir lo más profundo que puedo. Así, cuando vuelvo al papel, no me llevo solo datos. La información (y el “color local”) ya está en mi cuerpo, y mi cuerpo no puede pecar de erudito.

3) Después de terminar el libro, borro los tecnicismos innecesarios. Por innecesarios me refiero a todos los que no sean indispensables para el vocabulario de los personajes o para construir el mundo que los rodea. Esas palabras de las que a veces te enamoras pero no ayudan a edificar. No puedo construir un verosímil solo con palabras y mucho menos cuando pertenecen a un lenguaje extranjero, como lo fue en su momento algún deporte, algunos rasgos de la ciencia, la música o lo que sea que esté trabajando en esa novela.

4) Y por último, lo que no se puede planear ni convertir en ficción: no investigo solo para plasmar lo que aprendo en un papel, lo hago porque soy una persona curiosa, enamorada de las posibilidades que da la vida. Me interesan todo tipo de lenguajes. Como dice un colega: “Aprender un lenguaje es, ante todo, un acto de amor”.

Tus novelas son muy diferentes entre ellas y, a la vez, se perciben rasgos comunes: ciertas obsesiones, ciertos intereses, una manera de abordar los hechos desde la periferia. ¿Te interesa buscar esos cambios o aparecen de manera más espontánea?

Soy consciente de los cambios. Trato de no repetirme. Desconfío de la comodidad tanto en la escritura como en la vida. En los últimos años entendí que eso no va ayudar si quiero vivir una vida muy tranquila, y entonces me contenté con intentar vivir una vida alegre. En eso estoy, repitiéndome una y otra vez que no hay que ser una persona seria para ser una escritora seria o una cantante seria. Hace tiempo que siento que a los escritores se nos reclama cierto tipo de postura hacia la escritura y hacia la vida. Eso me parece no solo obsoleto sino agotador. Incluso en algún sector del mundo editorial, me dijeron más de una vez que si mis libros fueran más parecidos entre sí, yo sería “más fácil de vender”. Asumo con tranquilidad que no seré entonces muy fácil de vender, pero que en algún momento mis textos armarán obra y, aunque sea heterogénea, esa obra no solo me representará, sino que también construirá un nuevo sentido.

Respecto a las obsesiones, supongo que algunas serán más insistentes que otras. Por algo son obsesiones, por algo me atraviesan y seguirán ahí, pidiéndome que las vuelva a visitar. Y los intereses, no creo que se agoten. El día que no me quede ninguno, dejaré de escribir y cantar y me dedicaré a tener una vida muy tranquila.

Publicaste primero en Argentina. Ahora se publican tus textos en España. ¿Encuentras alguna diferencia en la recepción entre los dos país? ¿Te leen de manera diferente?

Creo que cada persona lee de manera diferente, pero, si quieres que te cuente algo que me llamó mucho la atención, fue lo que pasó con Ball boy (una de las dos nouvelles dentro de Los impecables) en Estados Unidos. Se empezó a dar en varias universidades dentro del programa de Literatura Latinoamericana, no solo cuando se trataba el tema Literatura y deporte, también para trabajar los personajes psycho. Así que ahí está Manuel, el personaje principal, acechando las universidades norteamericanas.

Eres cantante. Publicaste una novela de título ¿Quién mató a la cantante de jazz?. En Fade out la música es uno de los ejes de la historia. ¿Cómo surgió la idea de Fade out y qué relación estableces entre la literatura y la música?

Tanto en la música como en la literatura encuentro un espacio para narrar historias, ya sea en 170 páginas o en tres minutos. También son dos oficios que demandan que uno ponga el cuerpo. En la música lo hacemos de manera más obvia, en la literatura varía de escritor en escritor. Uno puede tratar de huir de esa idea, imaginar que la producción viene desde otro lado, pero al final es imposible que haya literatura sin cuerpo.

Con respecto a los disparadores de Fade out, fueron varios. Aunque todo empezó cuando me enteré de que existían la Emisiones Otoacústicas Espontáneas. La idea de que casi todos emitimos un sonido desde el oído, que las mujeres emiten un veinte por ciento más, que se sabe cómo lo hacemos pero aún no se ponen de acuerdo en para qué. Todo me resultó tan extraño, y sin embargo no. En el fondo pude encontrarle sentido casi de inmediato. Por un segundo estuve segura de que mi hipótesis tenía que ser cierta (o al menos irrefutable): es para ayudar a la perpetuación de la especie, pensé. Y desde ahí no pude abandonar la idea.

El misterio en Fade out va pasando de la música hacia el silencio. ¿Qué te llevó en esa dirección? Sobre todo, teniendo en cuenta la dificultad de abordar un tema así en una novela.

No existe la música sin silencio. Y una de las hipótesis del libro es que sin silencio tampoco existe el amor.

¿Cómo llegaste a la idea de incorporar la voz del escritor fantasma en la novela? ¿Por qué agregarle una voz externa a la vida de esas mujeres singulares como Kumiku Renata?

Trabajé mucho tiempo como escritora fantasma, o negro literario, como dicen en España. Al principio no era un trabajo fácil. Después, tampoco, pero al menos encontré paz en el oficio. Una de las cosas que más sufrí, pero a la vez más me interesaba, era la sensación de estar inmersa en el personaje. Soñaba los sueños de alguien que no era yo. Creía que había pasado por tal historia o tal otra. Pero no, esa no era mi vida y, no obstante, por seis o nueve meses sí lo era. El escritor fantasma de Fade out queda entrampado en su propio texto. No puede salir (o no quiere). Del resto no digo nada, mejor será que lo descubran los lectores.

Eso sí, el texto a dos voces (la de Kumiku y Renata) o a dos voces y un silencio (Kumiku, Renata y Estera) no habría funcionado. Las mujeres llevan la voz principal de este texto, pero hacía falta la presencia constante del escritor fantasma para trabajar el contrapunto. Igual que en la música o en el cine.

¿Ves alguna influencia de tu trabajo como reseñista, articulista o biógrafa en tus textos literarios? Lo digo no solo por el personaje del escritor fantasma, sino también porque el trabajo sobre el cuerpo y la sexualidad está presente en la novela.

Mis primeros años de escritora asalariada los pasé reseñando películas pornográficas, libros eróticos y escribiendo una columna sobre sexo, historia del sexo y cultura. En Fade out hay un lazo muy fuerte entre la música y el deseo. Los impulsos que ahí se manifiestan en forma sonora son similares a los que se experimentan con el resto cuerpo. Entonces, cuando el cuerpo está puesto en función de la búsqueda, el deseo queda expuesto de manera casi impúdica. Si no se puede controlar la exposición, hay algo que está a la vista de todos, algo privado que queda desnudo. Y si a eso le sumamos que el silencio está ligado al amor y que el amor muchas veces se expresa de manera sexual, entonces tenemos otra cosa. Es esa tercera cosa la que más me interesa, pero mejor no ponerle nombre antes de entrar al texto.

En Fade out hay una -o quizás varias- teorías sobre el amor. Me resultó particularmente interesante lo referido al amor maternal, ¿cómo trabajaste ese aspecto?

Tengo dos hermanos más chicos y soy la única hija mujer. Por mucho tiempo también fui la única nieta. Cuando me quedé embarazada, estaba segura de que iba a tener una niña, y así fue. La relación madre / hija es una de las más intensas que existen. Uno puede pasarse la vida alejándose y acercándose del modelo materno, uno puede delimitar todo lo que jamás hará y decidir repetir todas aquellas cosas que fueron “bien hechas”. Pero nada es así de sencillo. Es de conocimiento público que uno hace lo mejor que puede (y lo mejor que quiere). El amor de madre, y el amor de hija, es como ningún otro. Trabajo ese aspecto todos los días. Llevo cuarenta años de hija y casi nueve de madre. No me alcanzarían los libros…

Por otra parte, la transmisión genética es algo que me intriga e inquieta. Es un tema que ya había explorado en Don del agua a través del lazo entre un padre y sus hijos. En Fade out lo llevé un paso más adelante: no todos estos lazos son de sangre y sin embargo la herencia acontece. ¿Será solo genética, entonces? ¿O es posible establecer vínculos tan fuertes que logren atravesar al ser humano y dotarlo de cualidades similares? Indagué incluso en la potencialidad de la evolución. ¿Es viable que cada eslabón contenga un agregado que lleve la especie un paso más allá?

Después de Fade out, ¿qué otro proyecto literario estás preparando? ¿Qué dirección literaria te interesa tomar en el futuro?

Tengo dos novelas terminadas: una a cuatro manos y otra que me cuesta soltar pero, por suerte, ya va tomando sus propias decisiones. Con respecto a lo nuevo, prefiero no decir nada. Estoy disfrutando de este momento de intimidad con lo que luego será un libro y hoy es tan solo pura (y preciosa) potencialidad. Es una de las etapas del amor, ¿no? Pues eso, la estoy disfrutando en silencio.

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