El futuro ya está aquí... y es chungo

 

texto ANTONIO ITURBE  foto MARTA CALVO

Sergi Puertas desnuda y desguaza nuestro solitario mundo hipertecnificado en los relatos de ‘Estabulario’ (Impedimenta).

Sergi Puertas: músico, novelista, poeta… fue director de la revista El Víbora y tiene una mirada envenenada de lucidez. Suele decirse que un pesimista es un optimista bien informado. En Estabulario, con un estilo inquietantemente realista, nos va sumergiendo en un mundo esperpéntico que parece demasiado verdadero para no causar desasosiego: el empleado de una cadena de comida rápida que no puede quitarse el traje integrado de la compañía, y la desidia y abandono con que es atendido por el servicio técnico nos resultan muy familiares; la violencia como espectáculo televisivo, la corrupción política envuelta en cinismo y mezquindad… Un futuro próximo que retrata con sarcasmo entre el auge de la tecnología y el desmoronamiento moral. Uno de los personajes dice: “Solo hay un cáncer, y se llama humanidad”. Pero no se lo crean del todo: bajo sus varias capas de desencanto, Puertas se compadece de sus personajes, desorientados como moscas en una campana de cristal.

Hay en el libro hay una integración de datos y paradigmas de la física, las matemáticas, la biotecnología, la química... ¿Este siglo va a ser el de la unión de la literatura y la ciencia? ¿Hay que dejar atrás esa división de ser de ciencias o ser de letras?

Creo que, al menos en lo concerniente a las comunicaciones, es un camino que no nos queda otra que explorar, pero no veo una voluntad de hacerlo. Quiero decir que sospecho que, si muchas de las novelas que se escriben actualmente están ambientadas en los 1990 o en los 1980 o antes, es porque los autores todavía no tenemos claro qué hacer con todo esto que se nos ha venido encima, con ese caudal loco de llamadas, mensajitos, noticias, vídeos y eslóganes que nos machacan permanentemente el cerebro, que irrumpen y nos interrumpen casi cada minuto del día. En el trabajo, en el ocio, en soledad, en compañía. Es parte integral de nuestras vidas y no estamos logrando integrarlo en la ficción, estamos fracasando. La literatura siempre ha sido un poco retrasadilla, pero es que está quedándose catatónica. Nos sentamos a escribir una novela y da igual que nuestra barra de tareas dispare tres mil alertas y que andemos dispersándonos constantemente con la publicidad y con los chistecitos, llega el momento de escribir una escena y todo eso que nos envuelve como un pañuelo lleno de mocos lo obviamos, o lo sublimamos hasta que pasa a ser otra cosa. Y lo hacemos porque da miedo, yo tampoco me atrevo. Te da que te va a salir un churro, que tú también vas a fracasar. Y al final haces una novela que es la novela de toda la vida, una novela que podrían haber escrito dos siglos atrás. Y puedes probar con experimentos raros, claro, jugar a la fragmentación para retratar lo fragmentario y etcétera, pero eso a nadie le ha funcionado, y si le ha funcionado a alguien yo no lo he leído. Con el realismo también mal, y al final por eso las novelas de Philip K. Dick o los cuentos de Ballard son los que le pillan mejor el pulso a nuestro presente. Porque ahí están las ciencias, ahí está la tecnología interviniendo la realidad, retorciéndola, deformándola.

Cuando se sentó a escribir estas historias, ¿cuál era su propósito? ¿Cuál es la fuerza que late bajo las líneas de Estabulario?

Quise intentar mi propio acercamiento al desbarajuste del que te hablaba. Decir: Vale, no lograré capturar lo que nos está pasando, pero dejemos al menos la puerta entreabierta para que toda la carroña informativa y publicitaria se cuele en mis historias, a ver qué pasa. Y ha pasado lo que termina pasando siempre en mis libros. Mal rollo por un tubo, catástrofes a tutiplén. Pero son historias de risa, yo al menos me he reído escribiéndolas. A mí, escribir me funciona como catarsis, al final ese el motor que me impulsa siempre. Canalizar toda esa energía negativa, jugar a ver si me sale. Y de paso echarme unas risas.

La sociedad que viene –o que ya está aquí– ha desarrollado una tecnología tan compleja que, en vez de facilitar la vida, la complica o incluso la oprime. ¿El sueño de la tecnología se puede convertir en pesadilla?

El sueño de la tecnología ya es una pesadilla. Voy a quedar como un tecnófobo cuando no lo soy en absoluto (¡trabajé como informático, tengo el piso lleno de ordenadores, de sintetizadores, de gadgets!). Pero bien temprano por la mañana los bares encienden la tele, se disparan las alertas de Facebook, te llegan los primeros mensajines, y que venga publicidad y la madre que los parió a todos. Y hay días en que me apollardo y apenas me entero, y otros en los que lo vivo como una trampa mortal, como un tormento que me está jodiendo la vida. Y tengo comprobado que no soy el único, porque, si después de la tercera copa sale el tema a colación entre mis amigos, lo que sale de sus bocas cuando hablan del WhatsApp y de internet es un lamento. Una maldición, una mueca de hastío. Lo tenemos hablado mil veces, lo del tiempo escurriéndose por el retrete, estamos todos de acuerdo. Y qué. No podemos parar. Al menos, aunque sea a cierto nivel, los que conservan un mínimo de sensatez perciben que algo marcha mal. Hay un agobio, una náusea, un no sé.

La sociedad que muestra en sus novelas está hundiéndose en un pantano ante la resignación, desesperación o hastío de sus personajes. ¿Hay algún motivo, ni que sea remoto, para la esperanza o lo damos todo por perdido?

Para construir primero habría que ir destruyendo, y está puñetera la cosa. Pensar que podemos apagar las máquinas y reiniciar el sistema y empezar de nuevo sin más me parece una ingenuidad. Entre muchas otras cosas porque la tecnología es práctica y es útil, y renunciar a ella sería idiota. El mal, claro, es de raíz, y es de naturaleza económica, política, ética. Lo que cuenta es pegar el pelotazo y forrarse, no hay más. Estamos todos motivadísimos, hasta el más muerto de hambre está por la labor. El sueño americano, pero sin escrúpulos y en globalizado. Visto el percal, yo, esperanzas las justas, pero hay que pelearlo aunque solo sea para no terminar como mis personajes. Ganar es un poco lo de menos, yo sigo haciendo el punk por una cuestión de salud mental. O peleas o terminas medicándote, que lo he visto. Perdemos seguro, pero mejor pelear.

Las pantallas que casi hipnotizan con esa energía que es una promesa de futuro, los teléfonos móviles que miramos y de repente nos miran… ¿Podemos seguir siendo nosotros mismos con tanta prótesis electrónica adictiva? ¿Cómo?

A lo mejor, seguir siendo uno mismo, a pesar de todo, es la única victoria posible. Al menos a corto plazo. Al menos de momento.

“A veces la familia nos muerde, pero lo hace para recordarnos que se preocupa por nosotros”… ¿La literatura cool y “moderna” ha denostado en exceso la familia como un arcaísmo costumbrista?

A decir verdad, la frase la pronuncia una señorita horrible que tiene serios problemas para discernir la realidad, y la familia a la que alude son unos compañeros de trabajo que cuidadín con ellos. ¿La familia tradicional como institución? Pues yo qué sé. Antes, los matrimonios eran cadenas perpetuas, ahora siete de cada diez parejas se separan. Siete de cada diez. Lo vemos constantemente: de cada diez, siete. Yo lo que no entiendo es qué hace la gente casándose aún, será que el amor es ciego. ¿Que si eran más felices nuestros padres en sus familias para siempre o si somos más felices ahora, que duran veinte minutos? Pues yo opino que la familia, mal antes, mal ahora y mal siempre. Pero es que a mí por la familia no se me puede preguntar, porque yo de la familia no soy muy fan. De la gente en general tampoco.

Una de las cosas que más inquietan de sus relatos es que los personajes emanan una desgarradora soledad, desde el relato que abre (Obesidad mórbida modular) hasta el que cierra el libro (Estabulario). ¿Por qué en los tiempos de la máxima comunicación, miles de amigos en Facebook, cientos de contactos en Instagram y docenas de mensajes diarios en WhatsApp nos sentimos tan solos?

Porque estamos más solos. Todos ahí, metidos en nuestros bloques de cemento, chupando Netflix, encerrándonos más aún en nosotros mismos cada vez que bajamos la vista al móvil. En vez de montar un grupo de rock, le enchufamos la guitarra al PC y nos lo guisamos solitos, y así todo. Las estadísticas dejan constancia de que cada vez hay más gente viviendo sola, ahí no hay tu tía. Hay más perros y más gatos, y por supuesto más herramientas para enviarse mensajitos, pero no nos despistemos: estamos más solos. Nos sentimos más solos porque estamos más solos. Pues claro, coño, lo piensas con detenimiento y se entiende. Aunque nos joda, nos necesitamos los unos a los otros, lo demás son mascotas y líneas de texto. ¿Que por qué esa tendencia a la soledad? Pues porque nos damos pereza. Lo mismo que le pasa a la gente mayor, pero ya desde los cuatro años. No es que nos odiemos, es que al final siempre hay que hacer un esfuerzo, y da palo. Pero ah, amigo, entonces nos sentimos solos, y por ese lado resulta que tampoco mola. Nos lo montamos increíblemente mal, pero es que estamos muy mal hechos.

Dice Fede que los billetes no son malos en sí mismos, sino que están mal distribuidos… Pero hay una cierta resignación al decirlo. ¿Falta conciencia de clase?

Joder si falta, madre mía. Cada día que amanece sin que las calles hayan ardido me parece un día extrañísimo. Pero es que todo se ha vuelto extrañísimo en general, ahí el drama está en que los que manejan el cotarro nunca han contado con unas herramientas de propaganda tan potentes. La propaganda siempre ha funcionado, sigue funcionando, no hay razones para pensar que eso vaya a cambiar. Estamos idiotizados hasta extremos patológicos y en fin, se me hace difícil pensar en un cambio de modelo sin que medien antorchas y fusiles de asalto y ciudades explotando y cosas así.

¿Y qué más nos falta para ser felices? O menos infelices...

A ver, yo entiendo que ese kit que incluye trabajo a jornada completa, coche, esposa, hipoteca, hijos, planes de jubilación y caprichitos chulos tiene un público. Lo que me parece sospechoso es que sea tan numeroso, yo ahí lo dejo. En cualquier caso, esa es una pregunta que cada cual debe hacerse por su cuenta y que tiene infinitas respuestas, allá cada cual con las suyas. Líbreme dios de hacer como que me las sé, o, peor aún, de andar dando consejos.

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