¿El loco soy yo?

 

texto ANTONIO ITURBE  foto ASÍS G. AYERBE

En Las defensas (Seix Barral / Catedral), Gabi Martínez convierte en novela el caso real de un neurólogo que, tras años de investigar cómo las enfermedades autoinmunes que hacen que el cuerpo se ataque a sí mismo inciden en el cerebro, sufrió un trastorno mental.

Has comentado que en seguida sentiste empatía por Domingo, el neurólogo real que inspira (y algo más, creo) este libro. Sin embargo el protagonista (Camilo) no es que digamos un personaje que cause una empatía muy grande…

El neurólogo real es una persona apasionada por su trabajo, que ha dedicado enormes esfuerzos a investigar y mejorar la vida de miles de personas, además de lector de autores como Philip Roth o Proust. Desde luego que empaticé con él, con las ilusiones que un día tuvo, la idea del mundo que se había hecho. Y, después, con su decepción. A partir de ahí, creo a otra persona: Camilo. Está basado en el neurólogo real pero posee sus propias particularidades y, en cualquier caso, mi idea es retratar las complejidades de un ser humano, no pretendo que caiga bien. Reflejar nuestras ambigüedades, las contradicciones que nos perturban, son para mí algunas claves de la gran literatura. Muchos de mis protagonistas inolvidables son Raskolnikov, Julien Sorel, el marqués de Bradomín, el sueco Lebov... personajes que no tenían que caer especialmente bien pero expresaron el pulso de sus sociedades a través de experiencias límite.

Camilo es alguien egoísta: la manera en que descuida a sus hijas por su éxito profesional… Para llegar a ser alguien brillante en su campo, ¿es necesario ser egoísta de su tiempo y su energía?

Camilo es un habitante de una ciudad del primer mundo actual que ha sido educado para creer que posee unas defensas suficientes para salir adelante con tranquilidad. Cree que el esfuerzo tiene una recompensa, que la familia es sólida, que la autoridad es justa. Pero pasa el tiempo, descubre que la realidad no va así, y siente que sus defensas de algún modo se derrumban. Lo que antes veía como protección y abrigo se transforma en un obstáculo para ser el hombre que un día soñó ser. ¿En cuántas casas de España, del mundo, no hay historias así? Quizá se le pueda llamar egoísta, pero yo hablaría de un ecosistema que le ha inducido a imaginar futuros que nunca llegan, y la decepción y la rabia le van a impulsar, por ejemplo, a romper con la familia que él mismo se había empeñado en levantar... porque creía que era lo correcto. Esta historia habla también de la crisis de la masculinidad española. O mundial.

El protagonista llega a 500 de estrés. ¿Cuánto estrés es ese? Viendo un partido del Barça contra el Madrid, ¿tú a qué número de estrés crees que llegas? ¿Cómo se mide?

Hay un test de estrés que contempla tres niveles: de 0 a 150. De 150 a 300. Y de 300 en adelante, que marca una situación crítica. Cuando Camilo se hace el test recordando su estado antes del primer brote, marca 506. O sea, tiene la cabeza a punto de estallar. Esta novela cuenta cómo es el camino de un ciudadano normal en una ciudad a priori confortable para desarrollar semejante nivel de estrés. Es una historia familiar, en realidad, porque casi todo discurre en el marco de lo posible. El descontento social del protagonista le lleva a tener una amante, luego se conectará a Meetic, sufrirá un tremendo acoso laboral que aumentará aún más la presión sobre él... Se trata de invitar al lector a pensar hasta qué punto podría ser él el protagonista. A que nos preguntemos todos en qué nivel de estrés nos encontramos hoy, qué presiones soportamos. Y también es una invitación a cambiar algunos ritmos de vida. Camilo no llega al estrés de un día para otro, o por ver un Barça-Madrid. Ahí se llega después de sufrir una presión sostenida. Una presión que hoy acosa a millones de personas.

En una máquina bilógica que se ha perfeccionado por descarte evolutivo durante miles de años y donde todo tiene una función biológica útil para empujar la procreación y supervivencia de la especie, ¿qué sentido tiene esa función corporal que consiste en agredirse a uno mismo? Se habla “del punto filosófico de un organismo agrediéndose a sí mismo”. ¿Y cuál es?

La autoagresión no es que tenga un sentido, de hecho es un error del “programa”. Algo funciona mal y se vuelve contra ti. El punto filosófico es otra cosa, porque esa misma autoagresión desliza una idea poderosa que nos invita a reflexionar sobre las vidas que llevamos en entornos que estamos corrompiendo, contaminando, devastando. Si no tratas bien a la naturaleza, ésta se volverá contra ti. Es un principio que se cumple literalmente. Por ejemplo, en Australia proliferan las plagas de animales y plantas porque los colonos cambiaron las dinámicas naturales sin valorar las necesidades del territorio. Cada dos por tres hay deslizamientos que matan a cientos de personas en lugares afectados por la deforestación. El cambio climático está produciendo cambios fatales en todo el planeta. Y, en las ciudades, los humanos, creadores de esas urbes diseñadas para supuestamente vivir mejor también han creado atmósferas que están multiplicando el número de consumidores de ansiolíticos. La naturaleza contrataca. Filosofía pura.

El protagonista sufre un trastorno mental provocado por una enfermedad autoinmune, por un anticuerpo físicamente tratable. ¿Entonces, estaba o no estaba loco? ¿Has llegado a vislumbrar qué es realmente la locura?

La locura se asocia a la enfermedad mental, y el calificativo popular que señala a quienes la padecen es "loco". Así que sí, el protagonista estuvo loco durante un tiempo. Él mismo lo dice: "Estoy loco". Y es que, desde dentro de su locura, preserva un espacio de lucidez que, curiosamente, es el que tiene que ver con sus conocimientos clínicos, de manera que él mismo se observa, e igual que observa su perturbación también sabe que sus compañeros le han hecho un diagnóstico erróneo. Pero no tiene la capacidad para comunicar sus opiniones. La impotencia que siente es brutal. En cuanto a qué es la locura, hay varios tipos de enfermedad mental, y el componente orgánico está presentísimo en ella. En este caso, hablamos de una encefalitis, es decir, de una inflamación cerebral. Si cambiamos locura por inflamación también cambia la impresión que tenemos del enfermo, ¿no?

Dice Diana que se puede llegar a los sentimientos escuchando el lenguaje del cuerpo. ¿Y no sucede también al revés? ¿El tirón físico no lleva a menudo a algunos desastres emocionales cuando ha pasado el hervor del momento?

Sí. Las hormonas desatadas han provocado bastantes hecatombes. Pero estos “tirones físicos” incumben a algo más espontáneo, son arrebatos. Nuestra respuesta a esos tirones instintivos dependerá de la educación de cada cual, del autocontrol, de la moderación. Diana se refiere a algo de más largo recorrido, y tiene que ver con cómo tratamos a nuestro cuerpo y la forma que este tiene de respondernos. El cuerpo nos propone un diálogo en el que podemos entrar o no. Diana dice que debemos mantener el diálogo abierto, y para eso hay que escuchar siempre lo que el cuerpo nos está diciendo. Lo del “tirón” sería más bien un grito que a veces interpretamos como una orden a la que no nos podemos negar... y lo podemos pagar muy caro.

“Los médicos mentalmente perturbados somos la peor publicidad. Hay que borrar nuestra pista”. ¿Qué has descubierto sobre el tabú de los médicos enfermos? ¿Te has topado con mucho secretismo en ese entorno?

Como indica la novela, en Barcelona existe un hospital exclusivo para personal sanitario. No hay muchos más en el mundo, pero creo que su existencia es positiva. Imagina que un paciente y su familia ven en la cama de al lado a su neurólogo, que ha enloquecido. Si el doctor se recupera, ¿ese paciente querrá volver a ser visitado por él? Por otra parte, que tus propios compañeros sean los encargados de tratarte en según qué momentos puede dar lugar a situaciones violentas que, por muy profesionales que sean todos, nunca se olvidarán. Considero lógico que el personal sanitario, que por otra parte está sometido a una presión enorme, posea un espacio de exclusiva intimidad.

Se dice en libro que “llorar por alguien es un motivo de esperanza”. Encantan los creadores transgresores, el cine violento, el Risto Mejide de turno, el político a la manera de Rufián que parece más puro porque insulta al otro… ¿Se puede ser crítico sin renunciar a la ternura?

Por supuesto, aunque la crítica siempre va a contener cierta dureza. El quid está en la dosis y el tono. España es proclive a la brutalidad, es un país de huevos y toros al que le cuesta comunicarse con templanza y dialogando. Por eso, el país está un poco desconcertado ante los nuevos tiempos, con el auge de, por ejemplo, el feminismo, o la emergencia de voces alternativas que rompen con el binomio rojo-azul... Pero aún cuesta filtrar opiniones más o menos sobrias y, sobre todo, independientes. Hubo un tiempo en el que a los periodistas y escritores que expresaban sus opiniones de forma independiente, sin ataduras ideológicas, se les llamaba francotiradores. Esa palabra desapareció, quizá por políticamente incorrecta. La intentó sustituir “librepensador”, pero resultó quizá demasiado blanda para este país. Y hoy no tenemos nada. Ninguna palabra que identifique al individuo que opina con suficiente libertad, al margen de los grupos de presión. Es significativo.

Al atender a una persona que te viene diciendo “Mi historia es de película o es una novela” has abierto una brecha. ¿Estás preparado para que en cada presentación se te presenten media docena de personas con historias de las que tienes que hacer un libro? ¿Todas las personas llevan una novela dentro?

Todos poseemos una historia digna de novela. Quizá no la biografía entera, pero sí episodios que pueden ilustrar a los demás sobre algo simbólico de la especie humana. Serán novelas más o menos largas, pero todos tenemos una. De vez en cuando aparecen personas que me ofrecen su historia, pero para implicarme en una debo encontrar una motivación singular y lo bastante poderosa para dedicarle al menos dos o tres años de mi vida. Una empatía distinta, como la que hallé con el neurólogo de esta historia.

¿Y ahora cuál es el plan?

Preparo otros dos libros ambientados en España: una extensa crónica periodística y una novela. Y en agosto viajo a Australia para promocionar Solo para gigantes, que se va a publicar allí, en Reino Unido y Estados Unidos. Aprovecharé para ir en busca del numbat, un animal difícil de ver que se añadirá a mi proyecto "Animales invisibles", que me está llevando por todo el mundo junto al arqueólogo Jordi Serrallonga en busca de animales que nos ayudan a explicar sociedades enteras

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