Dejar el fantástico para zambullirse en el franquismo

 

texto BEGOÑA PIÑA fotos ASÍS G. AYERBE

Elia Barceló nos habla del salto de género que ha representado ‘El color del silencio’ (Roca).

Pirueta de doble salto mortal y tirabuzón, en la cuerda y sin red. Es la última acrobacia de Elia Barceló, que, como había hecho antes un par de veces, se ha desviado un poco de su territorio ya casi natural –la ciencia ficción y el fantástico– para escribir El color del silencio (Roca), un drama actual, con apuntes históricos y mucho misterio. El riesgo no está en el quiebro de género, sino es los cimientos que colocó para hacerlo. Lo primero fue un personaje masculino, Goyo, un tipo que construyó sobre las preguntas que le surgieron del libro La conspiración del general Franco, de Ángel Viñas. Un asesino y un franquista. Un personaje en las antípodas de Elia Barceló-persona, pero a disposición de Elia Barceló-escritora. ¡Le cayó bien en seguida! Lo segundo fue su protagonista, Helena, una mujer, artista plástica, de 68 años, que vive en Australia y regresa a Madrid para asistir a la boda de su nieta. Aparentemente mucho más cerca de la autora, “pero que a mí no me caía bien”.

Con la sensación de que no siempre inventa a sus personajes, de que algunos han estado ahí esperando a que los descubriese, esta maestra de la ciencia ficción –está considerada una de las mejores en lengua española– ha dejado que Goyo, Helena y el resto de personajes fueran contándole a ella su historia, relato de un secreto familiar y un crimen jamás resuelto. La noche en que el hombre estaba a punto de pisar la luna, durante una fiesta de la familia Guerrero-Santacruz, en Marruecos, se produjo la tragedia. La hija mayor, Alicia, fue violada, golpeada y asesinada. Helena, en su vuelta a España, se obsesiona por averiguar todo sobre aquel misterio.

 

¿Cómo es posible que le caiga bien un franquista?

No sé. Es la primera vez que creo un personaje como este, completamente opuesto a mi ideología. Este es un hombre de derechas, un franquista… Supongo que me cayó bien porque en la base veía que era un tipo íntegro y que en un momento se dio cuenta de que todos sus valores estaban mal y de que se había equivocado muchísimo.

Ahora solo falta que me diga que Helena, la protagonista, no le gustaba tanto…

Pues así es. Es que Helena es un tipo de mujer que cae mal. Hace todo lo que no debe hacer. Y a mí no me caía bien. Era el personaje, Helena, la que me iba contando qué le había pasado. A veces tengo la sensación de que no invento a mis personajes. Como Colón, que descubrió América pero América ya estaba allí.

Seguir con una novela cuando el personaje principal no cae bien, ¿no es por lo menos un poco raro?

Pero es que la historia era muy interesante y, al fin y al cabo, Helena es una mujer luchando en una selva de hombres. Lo que pasa es que es una persona que ha perfeccionado con los años la mala leche congénita. Es una mujer de 70 años y al principio decidí que ocurriera todo cuando tenía 50, pero luego pensé: "¿Qué más da?". En la literatura hay muchas historias de hombres viejos y nadie se asusta. Yo me voy haciendo vieja y mis personajes femeninos también se van haciendo mayores.

Es una pintora que ha triunfado en un mundo de hombres, como usted dice.

Sí. Las diez mujeres artistas plásticas más importantes del mundo cobran mucho menos que los diez hombres. Eso es realidad y eso ha hecho a Helena mucho más dura.

Sin embargo, usted aprovecha el personaje para denunciar algunas cosas, como el arribismo en esta sociedad, ¿no?

Ella es una señora mayor que le hace una jugada a un chico joven, es perverso. Pero sí, es una forma de decir que lo artístico no es, sobre todo, vender y sacar dinero. Primero tienes que dominar el oficio y entonces empiezas a crear y luego a arriesgar. Eso de que lo primero es vender la obra me parece muy feo.

Pues estamos rodeados.

Ya, es que hay mucho cuento y mucha mentira. Muchas cosas son producto del marketing o de la publicidad en general. En mi profesión tengo la sensación de que hay muchos que quieren ser escritores, pero no por escribir, sino porque les gusta todo lo que rodea este mundo, las apariciones en televisión, las presentaciones…

¿Esta "moda" no devalúa mucho la calidad literaria?

Sí, pero yo no sé cómo se para. Además, hay mucho síndrome del "traje del emperador". Creo que ha calado la idea estúpida de Estados Unidos de que toda opinión es igual de respetable. Y eso no es verdad. No puede ser igual la opinión de alguien que sabe mucho y es especialista en un tema que la de alguien que no tiene ni idea. En literatura es lo mismo. No vale lo mismo la opinión de una persona que solo se ha leído tres novelas que la mía.

Helena es una artista, ¿cuánto hay de usted misma en el personaje?

Yo soy más buena chica. No soy capaz de chulearme como ella, aunque a veces me haría ilusión. Nos parecemos en el compromiso con el arte. Cuando has elegido una profesión es un compromiso serio y tratas de hacerlo lo mejor posible, y de ser una buena artesana.

En El color del silencio ha apostado por una combinación de géneros: histórico, realista, intriga. ¿Cuál es el más importante en la historia?

Lo más importante es la cuestión del misterio. Los seres humanos son lo más misterioso que hay. No sabes qué oculta el otro, qué le importa de verdad, en qué piensa en un momento concreto. Todos tenemos cosas guardadas de las que no se habla. Y en esta novela es muy importante lo que se calla y se debería haber hablado. Con el silencio se pudren las situaciones.

¿Es una reivindicación de nuestra memoria personal y de la histórica?

Sí, porque eso es lo que hay que hacer. Los alemanes han sufrido hasta la sangre el confesar todo lo que hicieron y, más o menos, han limpiado el pus que tenían dentro. En Austria, donde vivo, no ha sido así. Se han quedado a medias, se han presentado como víctimas cuando también han sido verdugos. Lo que se olvida, se pudre. Así que hacen falta historiadores, periodistas, gente normal también… En España, antes sabías en qué lado estuvo tu familia en la guerra; ahora, no. Todo lo del Valle de los Caídos a mí me da vómito, pero a los jóvenes les da igual.

Su personaje descubre que su padre ha sido ese asesino franquista…

Pero su experiencia con él ha sido positiva. Aun así, es muy doloroso descubrir eso. En este caso, Goyo, el padre, es un asesino, pero tiene un fuerte sentido del honor.

¿Y la madre es una consentidora?

Es una señorita de buena familia que no se preocupa por saber de dónde sale el dinero de la casa. A ella solo le angustia el tema de los hijos y al final encuentra la religión por el camino más negro.

El siniestro asunto de los bebés robados es uno de los temas principales del libro. De entre todos los desmanes que se cometieron e iniciaron en el franquismo, ¿por qué subraya este?

Tengo otras historias del franquismo guardadas, pero el de los bebés era... ¡tan fuerte! Quería que se volviera a oír. Parece que nadie quiere hablar de ello. En Austria, por ejemplo, lo que pasó en los orfanatos te pone los pelos de punta. La sociedad tendría que estar al quite.

Es importante en la historia la terapia de la "constelación". Una persona plantea una situación a unos desconocidos y estos adquieren los roles de los personajes implicados sin conocerlos. Y, por lo visto, funciona. ¿Es una forma de decir que todos podemos ponernos en el lugar del otro?

En Austria, en mi ambiente, hay unos cuantos amigos que dirigen terapias de familia, que están relacionados con estos métodos. Una de mis amigas me habló maravillas de las "constelaciones" y decidí probar. Es muy raro y no tengo ni idea de dónde sale todo lo que surge en una "constelación". Tu cuerpo cambia, las distancias entre los personajes cambian. No tiene lógica, los psicólogos no se explican todavía por qué funciona, pero funciona. Todos podemos ponernos en el lugar de otro, lo que pasa es que no lo practicamos. Me jode eso de que "la verdad no tiene más que un camino". La verdad es diferente para cada persona. Con humildad y ganas de entender al otro, puedes ver mucho más. Generalmente, cuando dos personas discuten, la mayoría de las veces no se escucha el uno al otro. Se silencian cosas que no se deberían callar y, cuando se hablan, no se escuchan.

Ahora que habla de terapias de familia, los secretos de familia son el eje de toda la novela. ¿Está todo en la familia?

La familia es el sitio más misterioso que hay. Todo lo demás en la vida no te lo dan hecho, la familia, sí. Es algo que no puedes elegir y eso y la infancia te marcan a fuego. Además, se supone que los tienes que querer, da igual lo hijo putas que hayan sido con uno. Eso da mucho juego en una novela, todos tenemos una. Y en las familias hay cosas de las que no se habla, son como pecados bíblicos que pasan de generación en generación.

Los campos de concentración para gays, el embrutecimiento de los jóvenes, la desigualdad de las mujeres, el planeta… son preocupaciones que usted comparte en Twitter. Supongo que es imposible olvidarse de ellas al escribir, ¿no?

De hecho son buena parte de mis intereses sobre todo en las obras de ciencia-ficción. ¿Qué nos va a pasar si seguimos así? Aún estamos a tiempo de hacer algo por el planeta, si nos ponemos en serio a no cargarnos el único planeta que tenemos, claro. Otra idea que me interesa mucho es la de la robótica. Augura un buen futuro para la humanidad, pero tiene problemas. Por ejemplo, los robots y la geriatría, es muy guay pensar que cuando sea vieja un robot me podrá coger en brazos y llevarme al baño todas las veces que se lo pida. El inconveniente es qué va a ser de mucha gente cuando los robots hagan su trabajo.

Mucha gente ociosa.

Sí, pero hay gente que, en el momento en que está ociosa, empieza a arrimar el hombro. Tenemos capacidad y ganas de hacer cosas. Llegará la pensión única universal y nos podremos dedicar a lo que hace falta y a lo que nos gusta. Lo que pasa es que lo negativo mola más que lo positivo en literatura.

La discriminación hacia las mujeres es otro de los problemas que le obsesionan. Como mujer escritora, ¿ha sentido esa exclusión de alguna forma?

En la ciencia ficción no existe ese problema. Aunque debo decir que el gran editor alemán del género, Wolfgang Jeschke, me pidió una vez que le enviara un cuento porque nunca había editado a una autora española. Cuando se lo mandé me dijo que "¿cómo una chica tan joven y tan simpática había escrito un cuento tan brutal?" y que cuando hiciera algo más bonito se lo enviara. En la literatura juvenil tampoco he tenido la sensación de discriminación por ser mujer. Pero sé que existe. Cada vez que salen las listas de los diez libros del año, salen ocho hombres, una escritora muerta y a lo mejor otra. El premio Nobel, la RAE, el Premio Nacional de Literatura… están plagados de tíos. Pero ya se sabe, nosotras hacemos "cosas monas" y los que mejor escriben de las mujeres son los hombres. ¿Quién podría hacerlo mejor que Tolstói?

En sus obras siempre hay referencias y homenajes. ¿Aquí cuáles han sido esas referencias?

Hopper ha sido el pintor de referencia, esa soledad en sus cuadros, la sensación de que algo ominoso está a punto de suceder o que ya ha sucedido. Por otro lado, también ha sido referente todo el movimiento del Flower Power, con Janis Joplin y Jimi Hendrix… para decir que todo eso se acabó.

¿No está siendo usted demasiado tajante?

Es que mi sensación es nostálgica. Pienso que esta vida es como unas vacaciones, llega un punto en que sabes que tienes que irte. Las vacaciones se acaban, así que aprovéchalas.

¿Cómo ve el futuro?

Creo que los jóvenes crearán una sociedad que para nosotros tendrá cosas raras, pero la habrán hecho ellos. Solo espero que tomen decisiones sensatas para nosotros.

Unos jóvenes entre los que, por cierto, se ha puesto muy de moda Platón.

Yo soy platónica. Pero ahora estamos viviendo casi un rococó. Es el post-post-post porque no se nos ocurre nada nuevo, solo poner más adornos. Por lógica, luego vendrá un ciclo aristotélico, la negrura, las líneas rectas…

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