“Trump no llegará a tener nunca la inteligencia política de Calígula y Nerón”

 

texto y foto FRANCISCO LUIS DEL PINO OLMEDO

Una de las virtudes del prestigioso historiador británico Tom Holland es, además de la minuciosidad con que describe las intrigas y luchas de Roma, la facilidad con que el lector comprende cuanto narra disfrutando cada capítulo hasta la última línea. Si en Rubicón nos relataba los estertores de la República y la llegada de Julio César al poder, en su último título, Dinastía (Ático de los Libros), se ocupa con igual brillantez de los cinco primeros césares: Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Una lección de historia romana intensa y magistral. Un regalo indispensable para los amantes de la antigua Roma.

 

¿A qué se debe la fascinación que sienten algunos historiadores y escritores británicos como Gibbon, Robert Graves o usted mismo por Roma?

Es un hecho que todas las sociedades europeas occidentales se reflejan en el pasado político de Roma, con distintos matices para cada país. Para Roma, los britanos eran tribus que bebían leche, se pintaban de azul y eran bárbaros. Y luego se convirtieron en otro gran imperio. Pero, evidentemente, Roma es un espejo en el que todos nos miramos, y de ahí la fascinación que nos impele a cada nueva generación de creadores. Si leemos hoy en día Yo, Claudio, el personaje queda retratado como un funcionario británico preocupado por preservar la unidad y la entidad del Imperio. Es una lectura que nos empuja a ver ese concepto del Imperio desde el punto de vista de Claudio.

¿Significa entonces que Robert Graves estuvo muy acertado en su recreación del emperador Claudio?

No, desde luego que el personaje de Claudio no es tan atractivo como el que dibuja Graves. Tenemos que recordar que era un individuo que disfrutaba mucho con los eventos: combates de gladiadores, luchas de bestias, ejecuciones públicas, etc. Y disfrutaba sobre todo con estas últimas. Así que es también un personaje con sed de sangre, que ascendió a su puesto, probablemente, siendo cómplice del asesinato de su predecesor junto con la guardia pretoriana que lo encumbró. Lo que pasa, claro, en comparación con otros emperadores como Calígula o Nerón –el estándar básico está muy bajo–, es que cualquier cosa parece mejor.

Julio César es una figura a la que la historia popular, tal vez gracias al cine y la literatura, ha tratado muy bien, a pesar de ser, probablemente, un dictador. La cuestión es si estuvo justificado su asesinato. ¿Qué opina de ello?

Creo que la muerte de Julio César es un aullido desgarrador por parte de la elite romana que trataba desesperadamente de solucionar un problema que, o bien iba a terminar en luchas intestinas, o bien en el encumbramiento de un dictador. Por lo tanto, está claro que es una decisión muy difícil, y de consecuencias que ya vemos que fueron casi inevitables, pues incluso después de su asesinato se produjo esa guerra civil intestina. Por ello resulta difícil decir que estaba justificado, no podemos ir tan lejos. Pero desde luego se entiende el camino que llevó a esa decisión. En algún momento, Julio César llegó a manifestar que la República no era más que un nombre vacío, y los que le mataron creyeron que eso no era verdad, que la República sí significaba algo. Luego resultó que la posición de César, su frase, a pesar de ser cínica –y seguramente menos idealista que la de sus asesinos–, resultó finalmente ser más verdadera.

La historia de Roma está plagada de intrigas y sangre. ¿Fue eso la consecuencia de la violencia implícita de los tiempos, o de sus protagonistas?

El mito fundacional de Roma es Rómulo, que sobrevive amamantado por una loba, y de ahí que esa sangre lobuna, ese instinto casi feroz de los romanos, forme parte del mito y de la violencia de su pueblo. Y tenemos también la segunda lectura del mito, representada en que Rómulo mata a su hermano Remo. Por lo tanto, esa lucha fratricida está implícita siempre en la naturaleza de Roma, definida como una urbe llena de violencia. De hecho, después de que César cruce el Rubicón y muera a manos de sus asesinos, estalla la lucha entre los partidarios y los detractores de César, encarnada en el enfrentamiento entre el joven Augusto y Marco Antonio. Ahí tenemos, de nuevo, esa representación del enfrentamiento interno entre los hermanos Rómulo y Remo.

Octavio era vengativo, cruel y oportunista, pero quizá fuera el césar que, aparte de vivir más años, supo construir un tiempo mejor que los otros. ¿Me equivoco?

En efecto, sucede que con la figura de Octavio se trastoca esa dinámica anterior porque, a partir de la eliminación sistemática de todos sus enemigos, despiadada e incluso metódica, Augusto consigue instaurar una paz, la Pax Romana, que está construida desde la suma violencia pero, a partir de la cual –con breves interrupciones– se establecen siglos de paz. La paradoja es que, desde la violencia interna y externa, se construye una Pax Romana que es la que define el Imperio.

De los cuatro césares restantes –Tiberio, Calígula, Nerón, y Claudio–, ¿quiénes fueron los más dañinos para la ciudadanía y al mismo tiempo aumentaron la grandeza de Roma?

En realidad, los cuatro fueron capaces de preservar esa Pax Augusta durante largo tiempo. Lo que pasa es que los asesinatos, los escándalos, la violencia que asociamos a sus nombres han teñido su reputación de una forma parecida al modo en que, si se me permite la expresión, las moscas cubren el excremento. De hecho, fueron gobernantes extremadamente hábiles políticamente, porque supieron preservar y mantener esa paz romana que les había legado Augusto.

¿Existen paralelismos entre los césares y los principales políticos de la actualidad?

Evidentemente no podemos hacer una comparación entre una figura como los emperadores romanos, y un político en un sistema parlamentario. Existe una diferencia esencial de modelos. Lo que sí es cierto es que Estados Unidos comparte rasgos parecidos a los del modelo político romano. Uno de ellos, es ser una superpotencia igual que lo era Roma, y también que está modelado de la misma manera. Esto es, comparte ese rasgo con la República en que surgen dinastías de poder. Familias de poder que nacen, crecen, se desarrollan y se incrustan en el tejido político como los Clinton, los Bush, etc.

Dice usted que Roma y Estados Unidos comparten rasgos de comportamiento. ¿Podría concretar cuáles exactamente?

Por ejemplo, los dos últimos emperadores, Calígula y Nerón, en lugar de gobernar junto a los valores tradicionales de la elite romana, lo hacen a la contra de esos valores. Gobiernan mirando a la masa popular, al vulgo, dándoles lo que desean: entretenimiento y espectáculos. Destrozando las barreras que separan la elite de los senadores de los ciudadanos de a pie. Y, en ese sentido, en esa conexión populista sí que podemos ver un cierto paralelismo entre la manera de relacionarse con el público y la manera que tiene Trump de hacerlo con sus seguidores al erigirse en el outsider que está fuera del sistema, y que va a derribar a la elite viciada, cansada de Washington, que está repitiendo los mismos eslóganes y que es corrupta. Y por eso derrota a Clinton, porque se erige en la alternativa fresca frente a la candidata cansada. Por tanto, sin establecer un paralelismo directo entre Calígula y Trump, sí que comparten rasgos de comportamiento parecidos.

¿No es un tanto aventurado comparar figuras con una distancia histórica de dos siglos, y además hallar semejanzas entre ellas?

Claro, son 2.000 años que nos separan, pero son modelos políticos que nacen uno del otro. Aunque hayan transcurrido esos dos milenios. Por lo tanto, es lógico que, si no podemos establecer un paralelismo directo, sí notemos sombras y matices de actitud parecidos y similares. Si bien en el caso de Donald Trump este no llegará nunca a tener la inteligencia política de los emperadores Calígula y Nerón, que eran muy hábiles, muy astutos políticamente.

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