¡Todos queremos ser proustianos!

 

texto ANNA MARÍA IGLESIA  foto ASÍS G. AYERBE

Tras El abrecartas y El invitado amargo, El joven sin alma (Anagrama) cierra una trilogía “documental”, en palabras de su autor, Vicente Molina Foix. En esta ocasión, el escritor nacido en Elche fabula en torno a la vida de aquel Grupo de los Seis del que él mismo formó parte y que forma parte de un capítulo esencial de la historia literaria de Barcelona. Eran los últimos años sesenta y allí estaban Pedro Gimferrer, Ramón –Terenci Moix-, Ana María Moix, Leopoldo María Panero, Guillermo Carnero y un jovencísimo Vicente Molina Foix. En El joven sin alma, Molina Foix recrea aquellos “años felices”, aquella relación de amor, amistad y pedagogía que unía a aquel grupo de letraheridos en una Barcelona que estaba preparándose para salir de los años oscuros del franquismo.

 

El joven sin alma, ¿una autobiografía con mucha invención?

Sí, la novela es, en parte, autobiográfica y cuenta una realidad que existió, pero no todo es verdad, porque es un libro de fabulación, es decir, es una novela. Entonces, en El joven sin alma se habla, evidentemente, de un Vicente Molina, que soy yo, se habla de Pedro, de Ana María, de Ramón… personas que todo lector puede reconocer, pero sin dejar de ser una reconstrucción fabulada de esas vidas que se encontraron en un momento dado y que vivieron una aventura romántica, literaria, fantástica, con elementos de disfrute y dolor. Puesto que no soy historiador, ni tengo deseo de serlo, y tampoco soy memorialista, mi trabajo consiste en la fabulación: como ya hice El abrecartas y El invitado amargo, en El joven sin alma, a partir de unas vivencias, de unos recuerdos y de algunos textos, recreo y fabulo hechos y personajes que existieron, introduciendo personajes que nunca existieron o inventando hechos, en los que hago participar personajes reales.

Como en El abrecartas, la correspondencia –inventada o recreada- tiene un papel esencial en tanto que material a partir del cual fabular.

Efectivamente, el uso de la correspondencia es uno de los elementos que une las dos novelas: en El abrecartas, las cartas constituían la base del libro. En ese caso, se trataba de cartas escritas y, por tanto, inventadas todas por mí; en esa novela, a diferencia de aquí, yo no era un personaje, aunque, como aquí, había personajes reales, por ejemplo, Lorca o Aleixandre, y, obviamente, había mucha fabulación. En El joven sin alma, hay también personajes reales, hay cartas escritas –inventadas- a partir de cartas reales y hay versos. Como te decía, estas dos novelas junto a El invitado amargo tienen muchos puntos en común, sobre todo el elemento documental. De hecho, cuando tuve que pensar la solapa de esta última novela, me gustó el concepto de “novela documental”, entendiendo “documental” en el sentido cinematográfica de la palabra, es decir, como recreación realista. Mi novela, podríamos decir, es lo que hoy se llama un “falso documental”. Al mismo tiempo, El joven sin alma es documental en cuanto yo utilizo documentos.

Como sucede con la correspondencia, los documentos son materiales a partir de los cuales fabular, crear una ficción.

Exacto, utilizo documentos, desde algunos versos de Pere Gimferrer, que evidentemente no modifico, hasta otro tipo de textos, principalmente cartas, que sí manipulo, puesto que lo estoy escribiendo es una novela.

El joven sin alma remite al ejercicio llevado a cabo por Proust en la construcción de ese Marcel que no es él, pero que remite a él. Es decir, usted se construye a sí mismo a través de Vicente, sin nunca afirmar el “yo”.

Sí, es así. Dicho esto, nombrar a Proust son palabras mayores. Es evidente que en todo escritor hay imágenes que vuelven a uno a través de las lecturas realizadas y cuando se escribe no es consciente del poso que han dejado aquellas lecturas y tampoco de esas imágenes que involuntariamente terminan apareciendo en la escritura. Pensando en mi novela, la figura de la madre y sus actuaciones que se reflejan en el hijo, el cigarrillo, los abrigos de piel…

La imagen del abrigo es, de hecho, bastante proustiana.

Exactamente. ¡Todos queremos ser proustianos! Ningún escritor dice “ahora voy a ser proustiano”, lo que sucede es que Proust es un poso que está en mí. Yo he leído dos veces En busca del tiempo perdido, la segunda vez fue hace cinco años, cuando la leí por primera vez en francés. Como explico en la novela, siendo muy joven yo aprendí francés, sólo que, cuando estaba en la universidad, empezaron a publicarse los siete tomos de En busca del tiempo perdido en la editorial Alianza. En ese momento, leí esa edición, pero años después me compré la edición de la Pléyade y, como te decía, hace pocos años dediqué un año largo a la lectura en francés de la gran obra de Proust. Y, evidentemente, su lectura ha dejado su poso, lo que pasa es que cuando te pones a escribir no piensas en ser proustiano. Los faulknerianos no se ponen a escribir para ser como Faulkner y te aseguro que he conocido muchos faulknerianos.

El primero, Juan Benet.

Benet, sin duda, es el primero. Un escritor nunca escribe pensando en ser proustiano o faulkneriano, simplemente escribe y deja que las cosas salgan naturalmente.

Define, en la novela, su relación con Terenci Moix como de amor y pedagogía. ¿Podríamos definir toda la novela como una novela de formación, una novela de amor y pedagogía?

Sí, claro, primero de todo porque fue así mi relación con Ramón y, en parte, con los demás, porque yo, ante todo, siempre he tenido vocación de alumno. Incluso ahora en la vejez, añoro el tiempo en el que era alumno e intento, aunque de forma tramposa, hacerme pasar por alumno en temas en los que no sé nada. Siempre he sido muy buen alumno, aunque en el colegio, un ambiente jesuita muy pesado para mí, no tuve muy buenos profesores; la adolescencia, antes de cumplir los 18, fue una época complicada, yo estaba dejando de ser creyente y, de hecho, en aquel tiempo, gracias, en parte, a mis viajes a París para estudiar francés, pasé de la beatería al libertinaje. En la universidad tampoco tuve suerte porque hubo una reforma política por la cual expulsaron a cuatro de los profesores que me iban a dar clase y que eran el único motivo por el cual yo quería estudiar.

Los profesores los encontró fuera del ámbito académico.

Sí, con el tiempo he llegado a tener muy buenos “colegios” en la vida adulta, a lo largo de la cual he encontrado muy buenos maestros. Para mí esto ha sido fundamental: he tenido como maestros a Vicente Aleixandre, a Juan Benet, a Juan García Hortelano, pero también a contemporáneos míos, como, por ejemplo, Pere Gimferrer, que, por su sabiduría y por la manera que tenía de transmitirla, fue desde el principio un verdadero maestro para mí. El amor y la pedagogía, en general, más allá de la frase unamuniana, son dos conceptos que están unidos. Es inevitable enamorarse o tener atracción con un saber, a mí me pasa: me interesa y me atrae mucho el saber que no tengo o que tengo de forma incompleta. Y esto, al menos por lo que he podido ver, no sólo me pasa a mí.  

Como dice en la novela, Vicente quería ser como aquel Crítico 1 –Gimferrer- y aquel Crítico 2 –Terenci- que tanto admiraba.

Claro, el joven Vicente tenía ganas de aprender, de ser mejor y, por tanto, de sacar de los demás aquello que los otros tenían y él no.  Por esto, creo que El joven sin alma es una novela de aprendizaje, donde el amor, mejor o peor resuelto, es también una forma de aprendizaje. En ese grupo de los seis, los cinco que me rodeaban eran todos muy enamoradizos, había un baile constante de amores, de enamoramientos y de amenazas de suicidio por amor y yo aprendí de todo aquello, aunque estaba un poco celoso, por entonces, por no llegar allí, a ese grado de amor y enamoramiento, al que sí llegaban mis amigos. Mis ansias de conocimiento abrazaban el cine o la literatura, pero nunca alcancé ese conocimiento del amor que tenían los demás del grupo.

Gracias a ello, sin embargo, usted fue uno de los que se salvó, como ya le predecía Ana María Moix al decirle que usted viviría mucho.

Es cierto, aunque también es verdad que Ana María Moix no solo me dice que viviré mucho, sino también que viviré triste. Yo he vivido mucho y espero vivir más, pero creo que no soy triste. Yo soy melancólico. Alguien ha definido El joven sin alma como un libro triste. Puede ser, solo que yo me considero, como escritor, un humorista. Si quiero que alguna vez se diga algo de mí quiero que ese algo sea que soy un humorista, es decir, un escritor de humor. En general, evidentemente no para mí, el humor tiene mala prensa, sin embargo, a mí tanto en la vida real como en la escritura lo que me da el click es el humor. Y en El joven sin alma, hay escenas, casi todas inventadas, aunque podrían haber sucedido, completamente humorísticas. Lo que sucede es que, incluso en el humor, cuando narras sobre hechos y personas reales y que ya forman parte del pasado, es inevitable que te embriague la tristeza.

¿De ahí el título “novela romántica”?

Sí, por esto digo que El joven sin alma es una novela romántica, porque comparte con el género de la novela romántica el tema de los sufrimientos de amor, que, si bien no padece el protagonista, sí los sufren los otros personajes que le rodean.

En 1969, dice usted en el libro, “todos habían publicado menos yo”. Esta sensación de “llegar el último” ¿le pesaba o la entendía dentro de esa lógica de maestros-alumno?

Incluso Ana María Moix, que era más joven que yo, había publicado. Lo que sucede es que Ana María era una persona absolutamente irresistible; yo fui el único que no me enamoré de ella, aunque escribiendo este libro he terminado enamorándome. Al principio, debía tener una aparición menor, pero a largo del proceso de escritura se fue imponiendo como personaje hasta el punto de cerrar la novela. Volviendo a tu pregunta, yo tengo muchos defectos, pero no tengo el defecto de los celos: como admiraba mucho a todos ellos, me parecía natural que fueran ellos quienes irrumpieran en el panorama literario. Y me pareció normal que el primer toque de trompeta de nuestra generación lo diera Pedro con Arde el mar, un libro que a todos nos tocó. Recuerdo como en la facultad, la gente culta recitaba sus versos: “Odio a los adolescentes, es fácil tenerles piedad”.

Usted formó parte de este Grupo de los Seis, en Barcelona, pero también del grupo literario que se formó en Madrid junto a Juan Benet y Javier Marías. ¿Cómo era la relación intelectual entre las dos ciudades y, por tanto, entre los escritores de una ciudad y de otra?

Entonces había mucha fluidez. La revista que nos unió a todos, la Film Ideal, estaba en Madrid, pero muchos eran catalanes, porque, aparte de Pedro y de Ramón, estaba José Luis Guarner, José Olivera, entre otros. Por tanto, había una mezcla natural. ¿Qué sucedió? Pues, que este primer grupo se formó, cuando todavía no habían aparecido los otros que mencionas, pues date cuenta que yo a todo conocí este primer grupo de personas, entre las que también estaba mi hermano, al día siguiente de llegar a Madrid con 17 años. Entonces, en el grupo todavía no estaba Benet y tampoco Javier Marías, porque era demasiado joven, pero sí estaba su hermano, Miguel Marías, que era crítico de cine. Había una gran flexibilidad en la relación entre los que vivían en Madrid y los que vivían en Barcelona, ciudad a la que para mí fue muy importante ir, pues ahí, en la Barcelona de julio del 65 pasaron muchas cosas, para mí fundamentales. Además, no olvides que todos mis libros los he publicado en editoriales de Barcelona así que mi conexión literaria, amistosa y amorosa está en esta ciudad.

En una entrevista, Gimferrer me comentaba que pronto se dio cuenta de que no había nacido para ser crítico de cine, usted sin embargo lleva años ejerciendo la crítica.

Pedro, como yo, ha mantenido el amor al cine y cuando nos vemos, ya sea en Madrid o en Barcelona, siempre hablamos de cine, que es lo que nos use. Él es, de todos los nombres que te he mencionado, el único que, como yo, sigue yendo al cine. El otro día, me comentó que ahora comienza a ir menos al cine, pero ve muchas películas en DVD y está al día. Pedro, como comentabas, nunca hizo crítica cinematográfica, pero escribí artículos sobre cine que eran extraordinarios y, de hechos, algunos de estos artículos están citados en el libro. Por mí parte, como no podía artículos tan extraordinariamente poéticos como los de Pedro, hacía crítica y es una actividad que no he dejado nunca. Ahora, cada mes, escribo para Letras Libres y mi día ideal en Madrid, donde vivo, es levantarme tarde, leer un rato y ponerme al día, trabajar, salir a dar una vuelta, tomar al algo e ir al cine.

¿Sigue estando tan entusiasmado con el cine de hoy o, por el contrario, como Juan Marsé, no le resulta tan interesante como el de antes?

El cine de hoy me gusta, evidentemente no dejo de interesarme por los clásicos, pero el cine que se hace ahora me gusta. Por ejemplo, me interesa mucho el cine del chileno Pablo Larraín y me gustó mucho una película tan mal entendida o tan desdeñada como Jackie, que, para mí, aun tratando de un tema que a priori no me interesa nada, es una película extraordinaria. Yo sigo yendo al cine y me sigue gustando, puede que también por una extraña ilusión de creerme todavía joven. Ahora ya no voy cinco veces al día como llegábamos a ir en aquella época con Pedro, pero sí voy una vez al día. Eso sí, reconozco que no veo series, principalmente porque no me da tiempo, porque, aparte del cine, quiero leer y, sobre todo, quiero vivir un poco mi vida.

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios