"Hay que comprender los enormes beneficios que implica la aceptación de la diferencia y del otro"

Patricio Pron publica Caminando bajo el mar, colgando del amplio, una fábula sobre la inmigración y el drama de los refugiados. 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Patricio Pron es uno de los autores indispensables para conocer y, sobre todo, comprender la literatura en lengua castellana. Autor de la excelente No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, publica ahora Caminando bajo el mar, colgando del amplio cielo (Siruela), una fábula dirigida al público lector infantil en torno a la inmigración, a la aceptación del otro y a la afirmación de la propia identidad, más allá de esquematismos y taxonomías. Lleno de ironía, Caminando bajo el mar, colgando del amplio cielo es un texto que, como la buena literatura, se impone a las etiquetas y reúne en torno así lectores de edades tan alejadas como compatibles en el gusto por la lectura.Las ilustraciones son de Rafa Vivas. 

¿Cómo nace la idea de escribir una fábula para niños?

Mucha gente no lo sabe, pero yo empecé escribiendo cuentos para niños en Argentina, antes de marcharme para Alemania y lo pasaba genial haciéndolo. Me gustaba mucho escribir para niños, porque son los críticos más sinceros y, a la vez, más implacables que hay, así que tener la presión de agradarles y hacerles disfrutar del cuento desde la primera línea fue muy aleccionador para mí. Luego, cuando me fui a Alemania, perdí el contacto con mis lectores argentinos, pero, poco antes de irme, había comenzado un texto que no llegué a terminar, de hecho, en el momento de marcharme, era solo un esbozo muy incipiente. Sin embargo, seguí teniendo presente ese cuento a lo largo de los años, no me olvidé de él, solo que, a raíz de ciertos hechos recientes, como la crisis de los refugiados, pensé que no estaba de más recuperarlo, porque el texto no sólo era interesante para mí, sino que podía resultar de interés también para otros lectores, así que hice un trabajo de reescritura, lo terminé y se lo propuse a las editoras de Siruela.

¿Cómo fue, después de tantos años, enfrentarse otra vez a la literatura para niños?

Mientras lo reescribía, sentía que estaba desentumeciendo un músculo agarrotado, que no recordaba ni tan siquiera tener. Después de haberlo tonificado con este libro, tengo muchas ganas de seguir escribiendo y espero que sea un inicio de una serie de libros para niños y tener así una especie de doble vida como escritor.

En la Utilidad del deseo, Juan Villoro, comenta que la literatura infantil suele ser desprestigiada y considerada solamente como una literatura destinada a un público infantil.

Si, absolutamente cierto. Además, la incursión dentro de la mal llamada literatura infantil por parte del escritor de la mal llamada literatura para adultos se considera como un gesto nostálgico e, incluso, paternalista con el cual el autor quiere transmitir sus certezas morales a los niños. Yo no quería que este fuera mi caso y espero haber conseguido que, desde la primera línea del libro y a través de ese narrador tan particular, el cuento sea una invitación a la conversación, que, a fin de cuentas, es una de las razones de la literatura. He escrito este libro con la misma responsabilidad con la que escribo cualquiera de mis novelas, consciente de que el género de la fábula tiene unas particularidades que no son ni mayores ni menores de las que pueden tener cualquier otro género. Yo no veo un el hecho de escribir una fábula ningún cambio de rango ni ningún giro epistemológico, para mí es solamente la práctica de otro género, que, en sus mejores expresiones, me parece tan interesante como cualquier otro.

La presencia de animales y el recurso al género de la fábula, me hace pensar en Esopo y en la tradición que con él se inaugura.

Sí, desde luego, hay una tradición muy específica que parte desde Esopo, sin embargo, a mí me interesan más los momentos postreros, en particular, el siglo XIX, cuando se produce un surgir irónico en la fábula que, posteriormente, va a tener su continuidad en forma de libros, no necesariamente para niños. Además, muchas veces se piensa que para practicar un género debes estar directamente influenciado por los autores que lo han practicado antes y, sin embargo, para este libro me han influenciado muchos autores que no se han dedicado necesariamente a la fábula. Los autores que más me han influido son aquellos que han practicado una forma de humor que está presente en mi cuento y que yo asocio con la forma de pensar en los niños y con su humor, completamente irracional y, a la vez, muy atento a las contradicciones de las prácticas cotidianas. Lewin Carrol, Rohal Dahl e, incluso, algunos sketches de los Monty Pynton son algunas de las referencias que he tenido para este libro, todas referencias británicas. De hecho, en algún momento, Aira menciona que la literatura juvenil británica es la literatura juvenil por excelencia y esta anotación, en mi opinión, pone bajo una luz muy particular su entusiasmo por Borges, autor muy anglófilo. Pensar que, con este comentario, Aira puede estar diciendo que Borges es un autor juvenil, otorga a la literatura borgiana un giro inesperado e interesante por explorar.

La ironía define tu fábula, ejerciendo casi de escalera a través de varios niveles de lectura, de los cuales, hay que destacar el político.

La ironía no es ajena a los niños y, en particular, a los niños de ciertas edades, lo que pasa es que no saben como nombrarla, pero sí saben ver el elemento contradictorio inherente a toda afirmación irónica. En este sentido, por lo que se refiere a los niveles de lectura, creo que, en el momento de escribir un cuento para niños, todo depende del entusiasmo con el cual te sumerjas en su humor y en su forma de entender la ironía para que, a partir del cuento, sea posible extraer una reflexión. Me gusta la idea de que este el cuento pueda ser leído tanto por niños y como adultos, independientemente de que cada uno de ellos encuentre algo distinto a lo largo de la lectura. La confluencia entre niños y adultos hace posible la conversación que, como te decía, es un elemento fundamental de la literatura. A pesar de que algunos autores de literatura infantil no conciben la posibilidad de hablar de cuestiones política, los temas que trato en el cuento, como bien dices, tienen una lectura política, pero no aspiro a dejar una impronta moral. Evidentemente, se habla de nuestra responsabilidad con quien se ve obligado a marcharse de su paíse o con la naturaleza, de la que formamos inequívocamente parte, pero no he querido plantear estos temas a partir de un ejercicio moralista, sino como resultado de las peripecias que atraviesan de los personajes. Estas cuestiones se proyectan en la trama, en la acción de los personajes, no son planteamientos morales que yo quiera simplemente inculcar.

Europa se presenta como el lugar soñado y, al mismo tiempo, como el lugar de la decepción, en el que los animales terminan encerrados en un zoo.

Esto es lo que pasa con mucha de la gente que huye hasta Europa y acaba encerrada en centros de internamiento, que son una especie de concentración. Los animales son un espejo magnífico de lo que somos y de nuestras prácticas; en este sentido, no me parece nada paradójico que una historia así sea protagonizada por animales y tenga como marco el género de la fábula, al contrario, creo que, para muchos autores, este excursus es la manera más fácil para poder hablar de los temas que nos preocupan. En la fábula hay una reciprocidad entre animales y personas y esto es evidente en el caso específico del encierro. Esa misma indignación que sentimos porque se encierran a los animales, deberíamos sentirla, más todavía, con lo que se está haciendo con las personas.

Además, el uso del lenguaje, en concreto, la manera en que nos designamos y como designamos a los otros es reflejo de nuestra interrelación con el otro.

Quienes venimos de América del Sur, de ese sitio que, según una de las mejores canciones de Andy Newman, ha robado el nombre a los estadounidenses, a la hora de viajar, pensamos siempre en Europa o en Estados Unidos. Sin embargo, para los europeos es diferente; a la hora de decidir un destino, piensen muy probablemente en América Latina, en un país de Oriente y en cualquier otra opción. Buena parte de las personas que conozco suelen viajar a destinos exóticos, donde yo no iría bajo ningún concepto, y la razón puede que sea que todos buscamos lo que tenemos en casa y que los europeos no sienten esa fascinación por Europa que sentimos los que venimos de fuera. De hecho, se producen unas curiosas contradicciones al respecto: muchos de mis amigos europeos, por ejemplo, no acaban de comprender mi entusiasmo por el proyecto europeo que, a pesar de sus dificultades y de sus contradicciones, sigue siendo el proyecto más importante del siglo XX y de parte del XXI. Lo que necesitamos es más y mejor Europa, no un puzle de identidades enfrentadas y absolutamente manipuladas por el poder político.

Uno de los temas de la fábula, es la aceptación del otro.

Sí, los personajes de mi fábula se piensas a sí mismos como seres en tránsito, que han abandonado su país de origen y han llegado a otro sitio, en el cual no les queda otra cosa que abrazar la otredad y comprender los enormes beneficios que implica la aceptación de la diferencia y del otro.

Sin embargo, tus personajes deben aceptar el otro y, al mismo tiempo, en esa Europa a la que llegan, ellos son el otro.

Exacto, pero la otredad va más allá, porque no sólo tienen que aceptar al otro y tienen que hacerse aceptar por el otro, sino que también se tienen que aceptar entre sí.  De hecho, ellos se aceptan no muy fácilmente y hay un personaje desconfiado con respecto al grupo, que no se fía de los otros. Sin embargo, a pesar de esto, todos juntos conforman el que es el único espacio plausible, que es el del colectivo. Todos ellos terminan conformando un colectivo, buscando el beneficio de todos ellos y no de cada uno de ellos individualmente, más allá de las diferencias que tienen.  En ese encuentro con los otros, en la conformación de ese colectivo, está la función principal de la literatura: aceptar la otredad, no para constituir un nosotros superior moralmente, sino para construir un espacio plural, en el que hay espacio para todos.

Junto al tema de la otredad está el de la identidad y, en este sentido, la figura del cerdo que quiere ser perro es particularmente importante, porque cuestiona el concepto más tradicional de “identidad”.

A parte de ser una figura cómica, es un personaje que puede leerse como una figura que cuestiona precisamente la idea de identidad y, sobre todo, una figura a través de la cual se afirma que no es ni nuestro aspecto físico, ni nuestra genitalidad, ni tampoco las taxonomías ajenas a nosotros aquello que definen lo que somos, sino que somos nosotros mismos los que nos definimos, los que nos construimos una identidad que no debe responder a esquemas impuestos. Esta es, para mí, una de las posibles lecturas de la figura del cerdo, cuya sexualidad no se discute, para tranquilidad de los padres. Todo el libro apunta a pensar la identidad no como un punto de partida, sino como un punto de llegada. Esta figura del cerdo que dice ser un perro es el personaje que mejor articula la idea de identidad que propugna el libro.

Podríamos hablar de una identidad líquida o en constante movimiento.

Sí, claro y no era un tema fácil de abordar.  Creo que un libro, cuyo tema es el desplazamiento físico, podía correr el riesgo de presentar una versión simplista de la identidad, a partir de la cual la identidad de los personajes era simplemente la que la habían atribuido en su lugar de origen o era el resultado del proceso de integración en el país en el que habían llegado. Quienes compartimos la experiencia de dejar nuestro país de origen, sabemos que la idea de identidad no es algo simple y que tampoco se puede hablar de identidad propia en procesos de integración y de adhesión incondicional a una identidad que se impone para exigir la aceptación colectiva. La identidad impuesta es una taxonomía más.

Por tanto, la identidad no es algo connatural u originario ni tampoco algo que se forma en tu lugar de llegada.

La migración es un lugar sin regreso porque nunca no hay un hogar al que regresar. El hogar de quienes nos hemos marchado es el resultado de una serie de prácticas y de lugares en los que hemos vivido, pero no existe un hogar de origen, que es más bien un mito. Sin embargo, esto no significa que no sigamos creyendo en él y tampoco implica que seamos completamente capaces de abrazar esa otredad y esa extranjería que, son, por otra parte, esos sitios extraordinarios.

Esa extranjería, tú la has trasladado también al ámbito literario no circunscribiéndote en ninguna tradición nacional.

Sí, como escritor, yo he elegido la extranjería, escribir desde afuera de todo hogar o espacio nacional. El problema que nos encontramos, a nivel literario, ante el concepto de otredad y extranjería es la distribución de la literatura en departamento nacionales, distribución que está, cada día, más en cuestión con la aparición de escritores cuya pertenencia nacional es compleja de establecer. España no es un país puntero en este sentido, por razones muy extensas, y su incorporación de autores extranjeros al canon nacional ha sido nula o, por lo menos, muy limitada. Todo lo contrario, de lo que sucede en Reino Unido y en Francia, donde el número de escritores extranjeros equipara, por lo menos, al número de escritores completamente nacionales. Ante este fenómeno, creo que los estudios literarios españoles se enfrentan a una dificultad taxonómica, pero también a la necesidad de que los estudios literarios comprendan la nueva literatura que se está produciendo en este momento. Cuantos más escritores vengan de otros lugares y escriban en España y cuantos más escritores españoles escriban desde otros países, mayor será la oportunidad para pensar hasta qué punto podemos aferrarnos a la noción romántica de nación.

Planteas superar el patrón decimonónico de nación en un momento en el que dicho concepto parece volver a plantearse.

Esta es mi intención y creo que es lo más razonable del mundo, pero, como es evidente, no todas las personas están de acuerdo conmigo y tampoco lo deben estar. Al final, creo que muchas cuestiones se resolverían si pensásemos que no son los lugares los que pertenecen a las personas, sino que son las personas las que pertenecen a los lugares.

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