"La vida de cualquier persona da para contar bibliotecas enteras" Sergio del Molino

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En "La mirada de los peces” (Lit. Random House) de nuevo los acontecimientos del pasado se convierten en combustible para esa literatura de Sergio del Molino entre la ternura y la aspereza.

 

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Foto: ASÍS G. AYERBE

 

Sergio del Molino parte de los recuerdos o la experiencia propia para amasar sus libros. No le acaba de agradar el término autoficción, porque intenta jugar a un juego de los espejos con una intimidad que afirma que no es tal, con un yo que aparenta ser él sin llegar a serlo del todo. O eso dice. Tras el excelente ensayo La España vacía, ha vuelto a los territorios de la ficción interior en este libro que gira alrededor de un profesor suyo de filosofía en el instituto, Antonio Aramayona, que terminaría por convertirse en un influyente activista social y miembro destacado de la Asociación Morir Dignamente. Hasta el punto que, viendo que su salud se iba quebrantando, decidió poner fecha de caducidad a su vida con un suicidio anunciado, incluso con el seguimiento de un documental realizado por el periodista Jon Sistiaga. La figura magnética de Aramayona sirve al narrador para abrir el baúl de los recuerdos y enfrentarse a fotografías de juventud temblorosas.

Afirma en su libro que “soy escritor porque soy muy vago. La gente esforzada no se hace escritora”. ¿Boutade o lo crees firmemente?

Bueno, lo cree el narrador…

Que afirma llamarse Sergio del Molino, haber crecido en Zaragoza y ser escritor…

Sí, hay un juego entre mi yo propio y mi narrador. Y sí, personalmente creo que hay en esa afirmación de ser escritor una idea diletante. Si hubiera crecido en un ambiente donde hubiera tenido algún escritor cerca igual hubiera sabido más de qué iba esto y me hubiera acercado a la literatura con otra idea, pero mi idea era hacer el vago. Fui a la universidad más bien presionado por la familia y allí me eché un amigo con el que dábamos vueltas a la idea de enrolarnos en un barco mercante, estar vagando por el mundo sin hacer nada y pasar la vida como diletantes: escribiendo, leyendo, escuchando música y haciendo el vago. Yo tenía esa vocación de vago, pero se me rompió muy pronto por mi procedencia, porque vengo de una cultura donde no se concibe esa pereza y en el momento en que me meto en el mundo laboral yo mismo empiezo a trabajar como una bestia. O sea que sí, es una boutade que en esencia es cierta.

Del barco mercante al secano de los Monegros. ¿Te has arrepentido de no haberte subido a ese barco?

Hay veces que lo piensas, pero visto hoy en perspectiva, no. Tal vez te arrepientes de no haber hecho más cosas, de haber sido demasiado acomodaticio… yo pensé que iba a estar un par de meses en el Heraldo de Aragón, pero me iban renovando los contratos y me fui quedando. Igual me habría arrepentido de no tomar ese barco hace diez años, pero ahora estoy viviendo una vida estupenda y feliz. Tengo alguna espinita clavada pero no grandes arrepentimientos.

Ese Sergio del Molino que no es Sergio del Molino afirma que el periodismo es una mierda, que preferirías arrancar sal marina que estar en una redacción… ¿Tan mala es la profesión?

Yo nunca he disfrutado de esa cosa romántica de la redacción. No la echo de menos. No me gustan los ambientes de oficina, cargados…

Te sumas a la idea de Javier Cercas de que la literatura consiste en no hacer literatura. ¿Cómo se hace?

Yo intento ponerme la imposición mental de no decir “estoy escribiendo un libro”. Yo estoy tomando notas, rellenando cuadernos… trato de distanciarme de la disposición del escritor para no caer en el lugar común. El lugar común es el monstruo de los videojuegos: has de esquivarlo o cargártelo. Por eso has de tener una posición de desconfianza hacia tu condición de narrador y has de cuestionarla y plantearte otras estrategias. Mi intención es contar algo que me importa. Yo tengo la necesidad de contar, no de hacer libros. Y para transformarlo en literatura tengo que tener la disposición de que no estoy haciendo literatura. Uso estrategias marginales y por eso no planteo una literatura comme il faut para contar lo que quiero contar.

¿La “no estrategia” es también una estrategia?

Desde luego y, por tanto, también es una impostura.

¿Escribes con esquema previo?

Intento no saber qué estoy haciendo al principio y, cuando ya avanza, entonces sí hago un esquema y me fijo en la estructura, que es algo muy importante para mí. Y reescribo mucho. En la labor de pulido y marquetería es donde está la técnica. La escritura intento que sea lo más bruta posible.

Dedicaste al fallecimiento de tu hijo La hora violeta. Aquí vuelve a aparecer la angustia y a la vez la necesidad de hablar de ello. Parece que el duelo va a formar ya siempre parte de tu literatura…

Espero que no.

Dices “este dolor es mío y me gusta”. ¿No pareces mostrar un regodeo en el dolor? ¿Por qué ir en contra de la resiliencia tan en boga?

Me parecería una traición a la memoria de mi hijo. Yo quiero que siga presente en mi vida, forma parte de mí. No diré que lo cultivo, pero en eso estoy en plena sintonía con mi pareja; lo tenemos presente, está por toda la casa, por todas partes y conforme vaya creciendo nuestro hijo se incorporará. Eso no quiere decir que seamos tristes ni llevemos una vida de duelo. Cualquiera que nos conozca verá que somos amigables y normales. Pero tienen que saber que no olvidamos, que tenemos esa rémora, esa forma de discapacidad. En una sociedad que te insta constantemente a olvidar, a ser feliz y a eliminar cualquier elemento molesto de tu vida, yo creo que hay una forma de plantearte los afectos.

Hay siempre un cierto desencanto en los libros… ¿podríamos hablar de cierto nihilismo?

Creo que somos bien poquita cosa y bien poquito podemos hacer. Aquí estamos apenas ochenta años y dan poco de sí. Tengo un fatalismo, pero creo que un fatalismo sonriente. Yo creo que no llego a nihilista, creo que tan solo soy realista, aunque sí que es verdad que tengo pocas ilusiones. No creo que las ilusiones lleven a otra cosa más que a la frustración.

Miras con desdén la idea, que sitúas al nivel de mero refrán, de que uno recoge lo sembrado… Pero, si no creemos en eso, si da igual sembrar que no sembrar, hacer que no hacer, si todo da igual… ¿no dejaríamos de levantarnos de la cama cada mañana?

Es que esa idea de “recoger lo sembrado” me resulta antipática por el discurso de la épica del esfuerzo y el trabajo. Esa idea americana del hatillo lleno de sueños y que si trabajas duro lo conseguirás tiene engañada a mucha gente. Es esa cosa de Operación Triunfo… Te lleva a culpabilizarte de tu fracaso cuando no lo consigues. Pero igual tú no tienes la culpa. Es una fuerza desactivadora. Igual que me repugna ese discurso de la animación a los enfermos, toda esa retórica motivacional… un buenrollismo que al final te acaba echando a ti la culpa de todo, porque si no te va bien es porque no te has esforzado suficiente. Si desconectas la dialéctica premio-esfuerzo se aclara mucho el mundo, lo vives todo de manera menos culpable y angustiosa.

Ahora quitan la filosofía de los exámenes de Selectividad. La reivindicación de Aramayona. Incluso con sus claroscuros, convierte el libro en una bandera de la importancia de la enseñanza de la filosofía…

Sobre todo, de una docencia que no sea la estipulada, sino en el planteamiento de dilemas, mirando a la calle y de una forma de enseñar que tiene que ver con los sentimientos. Entiendo que haya gente que tenga prejuicios hacia una forma tan exaltada y sentimental de la enseñanza, yo los tengo, sobre todo en esas edades influenciables. Pero es una forma mucho más interesante que la forma doctoral. Antonio nos inculcó un amor a la filosofía que perduró mucho más allá del instituto, incluso hubo unos cuantos que después estudiaron filosofía por él. Me consta. Porque la percibían como algo vivo, que los apelaba. Luego, él nos colaba en las clases de rondón a Platón, a Nietzsche, a Marx… pero sin que tú te dieras cuenta.

Hablas de tu abuelo falangista: “No sé qué hacía en esa cárcel y prefiero no saberlo”. ¿Por qué es mejor no saber?

Lo prefiero porque es que me lo imagino con meridiana claridad y tampoco voy a encontrar el documento exacto… Llega un momento en que ya sabes lo suficiente. Vengo de esa mugre, qué le voy a hacer, como otros millones de españoles, mal de muchos, consuelo de tontos. Es la construcción de la mitología familiar… No sé si hago yo más daño que el que hizo mi abuelo falangista. Si nadie se había planteado que fuera un monstruo, por qué voy a venir yo a decirlo… murió hace mucho, ya pasó todo, no puede hacer más daño. Pues para qué vamos a estar con eso.

Haces una proyección al futuro de tu hijo pequeño, cuando se haga mayor y se marche de casa echando un par de libros en la mochila y dando un portazo. ¿De verdad crees que lo que echará a la mochila serán un par de libros? ¿No eres un pesimista muy optimista?

Veo niños muy lectores y además es el mismo porcentaje de lectores que había antes. Antes tampoco leían tantos. El lector era el rarito. A los que les pica este virus de leer, eso se convierte en una manera de ver el mundo, que consuela de un montón de cosas. Y seguirá habiendo chavales así. La literatura se ha enfrentado a muchas crisis desde Homero, incluso superó el enclaustramiento monástico en la Edad Media. Claro que puede ser transformada con otras influencias y otros registros, pero van a seguir contándose historias que apelen a la gente. Cuando leíamos a Cortázar y Sábato estábamos solos, no estaba el barrio entero leyéndolos. Ese núcleo pequeño que tiene la literatura como locura suya, esos zumbados con nuestros libros que nos pasamos el tiempo dando vueltas a cosas que a la mayoría de la gente le importan tres narices… esa minoría va a seguir existiendo porque se reproduce a sí misma.

En el libro se aborda ese último tabú del periodismo: el suicidio.

Sí, es uno de los raros consensos de la prensa, como el que había con la Casa real. Pero a ver quién es el primer guapo que lo incumple…

¿Habría que incumplirlo? ¿Hay que contar que la gente se suicida?

Hay 3.000 suicidios al año, así que igual sí que habría que hablar. Nadie defiende en psicología esa idea de que hablar del suicidio lleve al suicidio, pero hay como un miedo de enfrentarse a algo que nos llena de preguntas. Un crimen tiene su morbo, su mecánica, pero un suicidio es algo más metafísico. El periodismo tal vez no tiene herramientas para entenderlo: en una cuartilla no se puede dar cuenta de algo tan complejo.

Aramayona va a ver un psiquiatra y el médico dice que no lo entiende…

Porque el impulso vital es huir de la muerte y todo lo que se aleja de ese impulso se considera trastorno. Si un chaval se queda dos segundos mirando a las moscas enseguida dicen que tiene un trastorno. El psiquiatra se desconcierta ante ese caso de alguien normal y equilibrado que dice que no quiere vivir más.

Pues, aparentemente, tampoco parece algo tan difícil de entender: elegir no pasar por la etapa de decrepitud y dolor…

Vamos a llegar a eso, es una forma de civilización. Tardará un poco en aceptarse, pero ya estamos en ese camino. En otra época, el caso de Antonio no habría salido en ningún sitio, en cambio ahora se hace un documental, un libro, se debate en los medios… de facto está aceptado.

Eres un autor que bebe mucho de sus vivencias. Has hablado de tus abuelos, de la adolescencia, del hijo que se fue, de la época periodística… ¿No temes que el pozo se agote? ¿Tienes un plan?

No tengo un plan, pero sí sé que por ahora voy a seguir usando esta estrategia. No sé hasta cuándo ni cómo. Escribo a golpes de urgencia, motivado por algo que me importa mucho y alrededor crece el libro con esa substancia autobiográfica. Pero no se trata de contar la vida por contarla. No es que quiera contar exhaustivamente mi vida, no tengo un plan a lo Knausgård en absoluto. Dicho lo cual, creo que aún me queda mucho que contar. La vida de cualquier persona da para contar bibliotecas enteras, todo es cómo te lo plantees.