"Hay algo de salmo proletario en mi novela"

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Manuel Vilas publica Ordesa (Alfaguara)

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA @AnnaMIglesia

Foto: Lisbeth Sala

 

Ordesa (Alfaguara) tiene algo de auto confesional, de novela autobiográfica, de libro de memorias. Ordesa es también una novela del duelo, una novela sobre la pérdida y la orfandad. Ordesa es una novela sobre la relación de un hijo, Manuel Vilas, con sus padres y, sobre todo, es una novela que busca, a través del ejercicio de la escritura, recuperar esa relación y ese pasado compartido para que no se pierda, para que no quede en el olvido. Ordesa es una espléndida novela, donde Vilas se narra y narra la historia de sus padres, una historia que, a cada página que pasa, se convierte en la Historia colectiva de todos nosotros.

Ordesa podría definirse como una novela confesional y situarla en la misma constelación de Clavícula de Marta Sanz, sin embargo, nada la etiqueta de “autoficción” no ha tardado en aparecer.

Sí, es cierto. Hay bastante confusión a la hora de hablar de autoficción, de autobiografía o de novela confesional. En teoría, la autoficción es la novela escrita en primera persona en la que el autor se convierte en personaje para inventar una trama. En este sentido, aunque puede que ahora haya variado algo el género, en principio, desde siempre se ha hecho autoficción. Por lo que se refiere a mi novela, es un texto autobiográfico. En mi opinión, en la literatura española la “narración de la vida” es una zona poco frecuentada narrativa y literariamente y cuando hablo de “narración de la vida” me refiero a una narración autobiográfica en la que el autor narra aquello que le ha pasado, cuáles han sido sus experiencias. En otras literaturas, como la americana, hay más tradición de narrativa autobiográfica y una mayor riqueza de literatura a pie de vida.

¿Cuál crees que es el motivo de la poca tradición autobiográfica en las letras españolas?

A lo mejor, por influencia del catolicismo, se ha asumido que la vida privada hay que ocultarla o, en términos puramente religiosos, que la vida íntima no debía compartirse, debía permanecer en “secreto de confesión”, ante todo, porque se pensaba que contar la propia experiencia era un acto escandaloso, algo que debía provocar la repulsa social. Sin embargo, la vida privada es una parte importante de la experiencia de todas las personas y yo, tras fallecer mi madre, tuve la necesidad de escribir sobre mí, de indagar en mi vida más privada.

Y esta indagación comienza con el fallecimiento de tus padres.

Efectivamente, el libro arranca con la muerte de mi madre, en mayo de 2014, y a partir de ahí trato de explicarme qué ha pasado, cómo el agujero negro dejado por el fallecimiento de mis padres ha puesto mi vida patas arriba. Escribo para interrogarme qué ha supuesto verdaderamente para mí su fallecimiento y para indagar en un pasado, que se vuelve enigmático: cuando ya no tienes ni a tu padre ni a tu madre, nadie te va a aclarar nada del pasado, que está envuelto de un gran enigma.

Uno de los grandes temas es el silencio. No sólo no se habla del pasado, sino que apenas hay fotos que testimonien ese pasado.

Efectivamente. Mis padres eran muy particulares. No tenían fotos, no hay ni tan siquiera una foto de su boda y, de hecho, yo supe la fecha de su boda por el libro de familia, que también estaba escondido. La vida de mis padres estaba rodeada de muchos silencios, no sé el motivo y, ahora, ya me es imposible descubrirlo. La novela es un intento de acercarme a esos silencios, que en mi caso son particularmente grandes, pues, en cualquier familia de esa época había una foto de boda.

Y tus padres tampoco tenían fotos de otros acontecimientos familiares.

Mi madre no quería fotografías, no le gustaban; de alguna manera, era muy atávica y muy primitiva, venía del campesinado del pueblo de Huesca y su rechazo hacia la fotografía era instintivo. Su rechazo a la fotografía me hace pensar en aquellas civilizaciones que creen que las fotografías te roban el alma; el rechazo de mi madre era comparable al de estas civilizaciones que, precisamente, por su creencia nunca quieren ser fotografiados. Las pocas fotos que había en casa, las encontré después de su muerte. No se atrevió a romperlas, puesto que hubiera sido un gesto demasiado fuerte, pero lo que hacía era esconderlas y ocultarla.

La ficción, por tanto, te sirve para rellenar esos vacíos, esos silencios que caracterizan el pasado familiar.  

Efectivamente, no tengo datos de muchas cosas y para explorar determinadas zonas tengo que recurrir a la ficción de tal manera que el verismo se pierde: cuando interpreto el pasado, no ejerzo como historiador, sino escritor.

¿Considerar la escritura como una forma de contestación a la muerte?

Sí y, sobre todo, para mí la escritura es la búsqueda de la perduración del amor, es el intento de que la muerte no se lleve a las personas que hemos querido y que han sido importantes en nuestras vidas. La literatura es hacer que todo esto perdure, ni que sea en una página.

En Ordesa, la familia, en efecto, es el centro de todo.

En la vida, hay un montón de cosas que son ruido y creo que en esta novela la búsqueda de indagar y rescatar la relación con los padres es la búsqueda de aquello que no es ruido, es decir, de lo que es auténtico. Para mí, la familia es el espacio donde no hay alienación, es el único espacio sentimental y moral donde no existe la alienación y donde los sentimientos son reales y son sólidos. La familia es el espacio de la autenticidad absoluta, el espacio de la grandeza de la vida.

Ordesa es un canto a la relación entre padres e hijos y es también una reivindicación del concepto de “orfandad” para los adultos. ¿Se es también huérfano pasado los 40 años?

Sí, claro, el sentimiento de orfandad está ahí y, en gran parte, tiene que ver, en parte, con el sentimiento de Peter Pan, es decir, con un deseo de no querer crecer. El sentimiento de orfandad describe muy a una persona que quiere que vuelvan sus padres, que quiere volver a ser el niño que esos padres tenían y que quiere que sus padres le arreglen el mundo y le quiten todas las desdichas que ha habido a lo largo de la vida para así devolverlo al reino de la infancia. En este sentido, Ordesa es una evocación constante de un tiempo que ha transcurrido.

Ante la ausencia de fotografías o recuerdos materiales que hagan posible una evocación física del pasado, tu “envidias” a la monarquía, cuya historia está inscrita en obras pictóricas. Dices, de hecho, que el Rey tiene la suerte de poder ir al Prado y reencontrarse con los rostros de todos sus antepasados.

Aquello que sustenta casi antropológicamente la institución de la monarquía es que, mientras todas las familias de la historia se pierden en la gran vorágine del olvido, la historia de la familia real perdura y se convierte en símbolo o representante de todas las familias olvidadas.  La familia del Rey está ahí, todos sus miembros son conocidos e, incluso, retratados. Basta ir al Museo del Prado. Y, de hecho, todos nosotros estudiamos los bisabuelos, los tatarabuelos y así toda la cadena familiar de la monarquía, una cadena que, en parte, nos salva a todos del olvido en el que acaban todas las otras familias. Ahora estamos en un momento en el que está por ver si este pacto de representatividad se mantiene y, de hecho, en la novela insinúo que hay más de una grieta en el pacto simbólico entre todas las familias olvidadas y la familia real.

Cuando describes tu asistencia al Premio Cervantes, tu breve encuentro con los monarcas se convierte en metáfora de ascenso social.

Efectivamente, el capítulo en el que hablo de la monarquía a partir de mi asistencia a una recepción donde está el Rey es, además de todo lo comentado, metáfora de la redención social: el hijo de una clase media-baja, con problemas económicos, progresa socialmente y reflejo de este progreso es que ese hijo acaba comiendo con el mayor representante del éxito histórico, social, económico, el Rey. Cuando yo asistí a esa recepción, mi padre ya estaba muerto, pero de estar vivo hubiera entendido que el hecho de que yo estuviera comiendo con el Rey era la prueba de que había habido un progreso y de que aquella idea tan importante según la cual a los hijos les debía ir mejor que a los padres se había cumplido.

La idea del progreso generacional ha marcado la historia española a lo largo de toda la Transición.

Efectivamente. Mis padres, como todos los padres de los años sesenta, tenían como objetivo que, a nosotros, los hijos, nos fuera mejor que a ellos. En la última época de su vida, mi madre entraba en una perfumería y se gastaba 300€ en perfumes y no entendía por qué mi hermano y yo teníamos que tener problemas para pagar esos 300€. En su opinión, nosotros teníamos que poder asumir ese gasto porque, para ella, siguiendo la lógica del progreso, estábamos en una órbita social muy superior a la suya.

Sin embargo, la crisis invirtió la lógica del progreso generacioanl.

Es precisamente con la crisis económica cuando se produce un frenazo con respecto al progreso social y cuando la idea de que los hijos van a vivir mejor que los padres se desvanece.

Escribes: “Reformar el pasado es imposible, tal vez no”. ¿Este “tal vez no” es la escritura?

Sí, esta frase habla de la escritura y de la literatura, que es la única que puede cambiar aquello que ha sucedido. La literatura es el espacio de la imaginación, a través de la cual podemos reformar las cosas vividas.

Hablábamos de progreso social y éste se refleja en tu novela a través de lo material, a través de los objetos, como la lavadora que se compra tu madre.  

Sí, Ordesa es un libro muy material. Puesto que me interesaba vislumbrar cómo era la clase social a la que pertenecían mis padres, es decir, la clase medio-baja trabajadora, he querido escribir una novela muy arraigada en la cotidianidad, donde los objetos, los electrodomésticos, el coche o las vacaciones de las que la clase media comenzaba a gozar allá en los sesenta tienen una gran importancia. El título, Ordesa, además proviene de un viaje de fin de semana que hice con mis padres, viaje, como todos aquellos que comenzaban hacer tantos otros españoles, es resultado de que la clase media ya se podía permitir comprar un coche.  Antes que reflejar las ideas de forma abstracta, he preferido reflejar lo material, puesto que las ideas están y se concentrar en las cosas, en los objetos, en lo material.

¿En la vida cotidianidad está la Historia?

Sí, es así. Recuerdo perfectamente que, en cuanto salieron, mi madre se compró un cuchillo eléctrico, que no servía para nada, pero que en los setenta se convirtió en una moda. Ordesa es un retrato material de las clases medias y de su historia.

Decía Alberto Olmos que tras leer Ordesa quería ser español. ¿Podemos hablar de Ordesa como de una novela que reencuentro amistoso con España, a pesar de sus muchas imperfecciones?

Si yo quiero explorar mi identidad de clase media y mis orígenes desde un punto de vista social, histórico y cultural no puedo sino hablar de España, que es el país que me ha tocado. Como digo en la novela, a mi padre le tocó España, pero le hubiera podido tocar cualquier otro. Es el azar el que determina tu origen y tu historia: tú naces en un país y te llevas contigo las características propias de ese país en el que tocó nacer y formarte. Dicho esto, mi manera de hablar de España no tiene nada que ver con ningún sentimiento patriótico, pues en el fondo cuando hablo de España me solamente a las coordenadas histórico-sociológicas-culturales en las que me inscribo.

Sin embargo, en una entrevista decías que en España somos de autoflagelarnos en excesivo, reivindicando así una mirada más compasiva o, por lo menos, no tan crítica.  

Cuando estás mucho tiempo en otro país, como es ahora mi caso, puesto que paso largas temporadas en Estados Unidos, irremediablemente comparas el país en el que estás con el país del que procedes. Y, en este sentido, debo decir que España tiene muchas cosas que están muy bien: es un país moderno, un país con estructuras económicas muy asentadas, con una educación y una sanidad que, a pesar de que podrían ser mejores, no son nada desdeñables. A veces, nos quejamos excesivamente y disfrutamos poco. Yo salvo el país, porque el país está formado por personas; se pueden criticar todos los gobiernos que quieras, pero no hay que olvidar que el país es la gente. Para mí España es la gente que vive aquí, mis padres, mi familia, mis amigos… las personas que estamos aquí, que vivimos aquí. Para mí, España no son las grandes estructuras de Estado ni las banderas, sino las personas que, por una arbitrariedad de la historia y de la naturaleza, les ha tocado vivir en estas ciudades, en este clima social y en este momento histórico.

Y como dices en la novela, asumida la arbitrariedad, todos hacemos lo que podemos.

 Efectivamente. Mi padre hizo lo que pudo, como hizo tanta otra gente: busca un trabajo, forma una familia e intenta tirar hacia adelante.

 “Me veo obligado a sobrevivir en un mundo que exige que sepas hacer algo cuando yo no sé hacer algo”. ¿Hacemos lo que podemos a pesar del contexto?

Esta frase hace referencia a mi inutilidad profunda. Muchas veces, me he sentido inútil, pero creo que este sentimiento no es exclusivo mío. Si no te haces rico, si no triunfas según los cánones actuales de triunfo y éxito, al final, te acabas sintiendo un inútil.

En un momento, en relación a lo que comentas, dices que la única verdad es el dinero. ¿El dinero es el único relato posible?

Efectivamente, está muy bien dicho. El dinero es el único relato posible, te robo la frase. Por este motivo, el libro es muy material. Quienes proceden de la clase social de la que vengo yo, el no tener dinero les ha marcado inevitablemente.  Contaba, por ejemplo, Michael Caine, que procede de una familia de clase trabajadora, que incluso cuando tuvo dinero, tenía la sensación de no tenerlo. El haber crecido en un ambiente con poco dinero es una experiencia que se te queda pegada a los huesos y, por ello, decía Michael Caine que, incluso teniendo dinero, seguía sintiendo esa sensación de pobreza que había tenido de niño. Algo parecido decía David Bowie, que en una entrevista confesaba que él quería el éxito para no sufrir la pobreza ni las contrariedades que trae consigo la indigencia material. Olmos definía Ordesa como un “salmo proletario” y seguramente tiene razón, hay algo de salmo proletario en mi novela.