Ariadna Castellarnau: las cenizas del mundo

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Ariadna Castellarnau publica "Quema" 

 

 

 

 

Texto y Foto: MILO J.KRMPOTIC

He leído que Quema nace de una tremenda crisis económica vivida en el extranjero, la de 2008, y, curiosamente, ahora desembarca en tu país de origen en medio de una tremenda crisis política y social. A ver si el libro será contagioso…

Sí [se ríe]. Nos fuimos de España para Buenos Aires cuando recién comenzaba la crisis económica y nos marchamos de Buenos Aires para aquí cuando allá comienza una debacle política importante, con el cambio de gobierno del kirchnerismo al macrismo. Pero el disparador de Quema fue mi propia crisis personal, que tuvo que ver con ser madre en el extranjero, una sacudida emocional importante, porque te encuentras lejos y todas las cosas que más o menos ibas sobrellevando en la distancia se vuelven más complicadas y difíciles de soportar. Y esa crisis se ve acrecentada por todas las historias que escuchaba de amigos que aquí se estaban quedando sin trabajo, sin casa…

A la vez, ¿te influyó el escenario en que escribiste el libro?

Vivir en Argentina es estar en crisis constante. Incluso el kirchnerismo —que ya sé que desde España se percibió de manera distinta, porque la prensa operó mucho para que se vieran las cosas de una determinada manera—, para los que vivíamos ahí fueron unos años de increíble prosperidad económica. Pero, pese a eso, vivir en Buenos Aires, incluso en esos años de bonanza, es estar al borde de un apocalipsis. De un día para el otro todo se puede ir al garete, sin escalas. Es vivir en un apocalipsis potencial. Hasta que se desata, como está pasando ahora. Así que influyó, sí. Viví ocho años allí y es algo que te modifica el carácter. En sentido positivo también, porque te vuelves mucho más creativo y aprendes cosas de la supervivencia cotidiana, pero te vuelve también muy neurótico.

Me ha parecido encontrar ecos en Quema de diferentes obras apocalípticas, desde el Mecanoscrit de Pedrolo hasta el Plop de Rafael Pinedo. ¿Has sido lectora afín a los títulos del fin del mundo?

Mira, con Plop me pasó una cosa muy rara. No había leído a Pinedo antes de escribir Quema, y cuando le pasé un primer manuscrito a un amigo me dijo que se parecían mucho. Cuando lo leí vi esos puntos en común, incluso en el hecho de que en ambos libros hay un personaje albino. Fue como encontrar una hermandad extraña. Pero yo vengo de la academia, filología, teoría… te forman para leer otro tipo de obras, te de-forman en realidad. Así que no fui lectora de género hasta la edad adulta. Ahora sí, me gustan las distopías.

Una de las características de tu apocalipsis es que la gente comienza quemando todas sus posesiones. En la ausencia de futuro quieren también vaciarse de pasado…

Lo de los fuegos es curioso, porque es completamente autobiográfico. Yo vengo del campo, donde hay una necesidad de quemar rastrojos. Y en mi casa hacíamos una versión propia de eso, que consistía en quemar los trastos o la ropa vieja. Éramos cuatro hermanos y se acumulaban muchas cosas. Lo cual es una locura, ahora lo pienso y me pregunto por qué mi madre no lo regalaba, o lo guardaba para más adelante. Son esas cosas que suceden en las familias y que te parecen súper-normales hasta que sales de ahí, se lo cuentas a alguien y ves que pone cara de horror. Bueno, el caso es que la idea de las hogueras nace de ahí. Pero también hay una voluntad estética. El fuego es destrucción, pero a la vez renacimiento, que es lo que sucede en la novela.

Y es purificación…

Claro, los personajes buscan purificarse de ese mal interior que sufren.

Pero el mal es interior y exterior: parece que la tierra deje de dar frutos, se torna árida…

Sí. Yo también tengo dudas sobre eso. Pero no es una distopía al uso, con su desastre ecológico, como las de los años 1970. Para mí era un mal mucho más bíblico, en el sentido de castigo. No es divino, porque no se habla nunca de Dios, pero hay una especie de maldición, que opera sobre las mentes de esas personas. Una suerte de culpa.

De hecho, la quema es la antítesis del consumismo.

Sí. Era la pregunta que yo me hacía, y creo que es la cuestión que une todas las historias: “¿Qué queda de lo humano cuando todo lo material desaparece, en qué nos transformamos?”. Y me parecía más interesante que desapareciera no por una catástrofe que viene desde fuera sino por algo voluntario. Por eso te digo que ahí opera la culpa. Al final, la sociedad del bienestar no nos ha dado las cosas más básicas que pedíamos como ciudadanos: algo tan básico como la vivienda, que de repente te puedan quitar impunemente el piso que has estado pagando diez años… Se despojan de todo porque al final no sirve para nada.

Como comentabas antes, la redacción de Quema también coincidió con tu primer año como madre. Y es interesante, porque en sus páginas hay buenas madres que renuncian a sus hijas y hay malas madres que se aferran a ellas. Cuando menos, se podría hablar de ambivalencia, ¿no?

Es eso, a mí me pesaba en ese momento mi propia experiencia como madre novata. Pero bueno, al final el relato de padres e hijos es como la gran historia, ¿no? Es la primera y la última historia de la literatura. Más incluso que las historias de amor, porque también es el Gran Relato humano. Nos psicoanalizamos porque no hemos resuelto el vínculo con nuestros padres, y con la literatura pasa lo mismo. En ese momento estaba leyendo mucho a Kristeva, que tiene un ensayo llamado Stabat Mater sobre el vínculo perverso entre madre e hija, y me acabó influyendo mucho. En un mundo arrasado, y lo pienso ahora como pareja y como madre, lo más importante es la supervivencia del retoño. Las relaciones amorosas también se desdibujan mucho, porque si tienes que elegir es la supervivencia de tu hijo lo que cuenta.