"La felicidad es inventar y crear sin ambiciones" Cesar Aira

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Cesar Aira publica Prins

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Mientras en Argentina celebran la publicación de El gran misterio, el libro número 100 -o al menos eso dicen- de Cesar Aira, aquí los lectores del escritor argentino pueden festejar la publicación de Prins (Literatura Random House), una novela escrita en 2015 en la que Aira, siempre inclasificable, narra, entre digresiones, la historia de un escritor que, cansado de escribir frenéticamente novelas góticas, decide dedicarse al opio. Definido por el crítico Ignacio Echevarria como el escritor “más original, más chocante, más inteligentes y divertidos de la narrativa contemporánea en lengua española”, Aira, cuya presencia en las quinielas para el Nobel es ya habitual, es alguien que ha hecho de la escritura una forma de indagación continua, una exploración libre y sin límites de todas sus posibilidades. Como él mismo afirma: “Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida”. Cesar Aira escribe.

Antes de preguntarle sobre Prins, debo felicitarle puesto que, con El gran misterio, acaba de alcanzar los 100 libros publicados.

100 libros según la cuenta que hizo el amigo Ricardo Strafacce, que es muy coleccionista de las primeras ediciones y se jacta de haberlo leído todo de lo que yo he escrito. Strafacce hizo la cuenta, contando hasta las plaquetas, los libros mínimos y los relatos muy breves que yo publiqué como libros de bibliófilo en una serie numerada y llegó a la conclusión de que había publicado 99 libros y que El gran misterio, que acaba de publicarse en Argentina, era el número 100. Entonces Strafacce y el editor de Mansalva, Francisco Gramona, decidieron hacer un libro celebratorio, que se ha publicado en estos días; se trata de un libro de arte, donde se reproducen las tapas de todas las primeras ediciones, fragmentos de libros, cronologías… en definitiva, un álbum celebratorio de estos 100 libros, aunque, en realidad, libros de verdad, no son tantos. Serán unos 50, más o menos y la mayoría son breves, raramente pasan de las 100 páginas, a excepción de estos libros que doy, uno por año, a Random House.

Algo más largos los publicados por Random House.

Sí, hago un enorme esfuerzo para hacerlos llegar a las 200 páginas.

En Continuación de ideas diversas, a propósito de la brevedad, escribe: “En la medida en que un narrador va apartándose de formas y contenidos convencionales, sus textos van haciéndose más breves”. ¿La brevedad en Aira responde a esta búsqueda de lo no convencional?

Sí, aunque la brevedad también tiene que ver con la densidad. Mi modo de escribir es muy lento, muy trabajado; nunca escribo más de una página por día, escribo pensándolo todo y tratando de poner algo interesante en cada línea, a veces es un juego de ideas, a veces es una metáfora o una imagen, y esto hace que el libro tenga una densidad tal que si el libro pasara de las 100 páginas sería insoportable tanto para el escritor como para el lector.

La densidad tiene también que ver con el uso de la metáfora: en el caso de Prins, la experiencia del consumo del opio puede leerse como la experiencia vinculada al proceso de escritura.

Sí, puede ser. Por un lado, al escribir sobre el opio pensé en su mitología, en las pagodas del olvido, en las Mil y una noche, pero, por otro lado, siempre tuve muy presente un dato que es cierto y es científico: el opio es el mejor antidepresivo que existe, es el antidepresivo perfecto. La misma planta y la misma especie de amapola da, a la vez, las dos especies de remedios más perfectos que hay: el antidepresivo perfecto, que es el opio, y el analgésico perfecto, que es la morfina. Si la humanidad hubiera usado bien estos dos remedios, hubiéramos sido más felices, sin embargo, no pudo utilizarlos peor. Con la edad, he empezado a entrar en etapas, no propiamente depresivas, pero sí en las que se ha acentuado la melancolía y en Prins hay un juego entre el opio y la escritura en cuanto el opio vendría a ser lo que es para mí la escritura: el antidepresivo perfecto. Utilizo la escritura como antidepresivo y como alucinógeno, las dos cosas van juntas.

Sin embargo, su personaje llega al opio, decepcionado por la escritura, por la literatura de género que lo aprisiona y por el exceso de producción al que está sometido.

Sí, pero no fue así desde el principio, sino que fui cambiando. Muchas veces me pasa, voy por lado y, de repente, voy por otro. En el caso de Prins, comencé haciendo del protagonista un escritor de género que escribe sin cesar, pero, después, fui acercándome a la figura Pierre Menard: el protagonista de Prins, de hecho, reescribe los clásicos de la novela gótica ya escritos y, cuando se le terminan todos los clásicos, prueba con libros de segunda fila, pero, al final, se queda sin trabajo y tiene que buscarse algo con lo que llenar sus días vacíos y se decide por el opio. No sé bien cuál fue el tren de ideas que me llevó a esta historia, pero sí puedo decir que la ocupación del tiempo, el qué hacer durante todo el día, siempre ha sido para mí un motivo para pensar. Cuando trabajaba, estaba ocupado haciendo traducciones, informes para editoriales, pero hace casi 20 años que dejé de trabajar y a mí escribir no me ocupa más de una hora así que ahora la pregunta que me hago constantemente es qué hacer durante el resto del día.

¿La lectura es una de las respuestas?

Sí, la lectura es la respuesta, siempre lo fue, pero, evidentemente, no se puede leer durante 10 horas al día. Leo mucho, como todos nosotros, pero ya está. Hago mucha vida de barrio, hago caminatas, voy en bicicleta, aunque Buenos Aires se ha vuelto una ciudad muy incómoda, demasiados autos, demasiado tránsito, el tránsito es demasiado salvaje, los taxistas se han vuelto bastante maleducados… así que salgo poco del barrio.

Y en sus caminatas, ¿sigue utilizando, como lo hace su protagonista, el colectivo 126?

Me subo con mucha frecuencia. Es mi colectivo preferido, ha aparecido en muchos cuentos y relatos. Mi barrio Flores está a medio camino entre el centro de la ciudad y del fin de la ciudad, de Liniers, los barrios de la periferia. El 126 va de una punta a la otra; generalmente, lo tomo para ir al centro, pero, a veces, lo tomo también en dirección a los “barrios peligrosos”.

Si antes le hablábamos de la condensación y de la metáfora, ahora déjeme preguntarle sobre el juego con la polisemia, algo que se ve claramente con el término Antigüedad: parte del sentido concreto para proyectar sentidos abstractos.

Sí, planteo este mismo juego con el armiño, ¿es un homeless? ¿es un animal? Cuando dice ser un pobre homeless el personaje le dice: “no, vos sos un artículo de lujo”. Así que queda en la indefinición. Mi escritura es muy intuitiva, muy improvisada; no hay un proyecto determinado, para mí se trata simplemente de escribir. Cuando escribo mi novelita para mis editores argentinos, les doy algo más compacto, no una idea desarrollada de principio a fin, sino un texto desarrollado sinuosamente, de manera intuitiva. En cambio, cuando, una vez por año, le doy una novela a Random House y a mi gran amigo Claudio López, tengo que esforzarme más, porque tengo que llegar a las 200 páginas y esto me da mucho trabajo. Entonces, comienzo a inventar cosas, mientras calculo las páginas escritas, porque tengo que seguir y seguir hasta alcanzar las 200. En el caso de Prins, me faltaban unas 20 páginas así que me inventé una esposa, que salió de la nada para darme la posibilidad de seguir unas páginas más.

La brevedad de su literatura o la dificultad que tiene para alcanzar las 200 páginas convive con el ejercicio de la digresión -en Prins, sobre géneros literarios, el lenguaje y su capacidad de decir, sobre el mercado literario- que define gran parte de su obra.

Sí, si cuando estoy escribiendo se me ocurre algo, no consigo vencer la tentación de ponerlo y lo pongo, venga a cuento o no. Esto es algo que, a veces, me han reprochado, porque hay quienes piensan que un relato que sea un verdadero relato avanza sin estos paréntesis de pensamiento. De hecho, empecé a juntar estos pensamientos en un archivo de la computadora y así armé Continuación de ideas diversas, sin embargo, un amigo que lo leyó me dijo que no le gustaban estos pensamientos puesto así en el libro, que le gustaban insertos en los relatos y en las novelas. Así que, haga lo que haga, nadie queda conforme.

Si algo ha definido su literatura es que, más allá de las críticas recibidas, usted ha hecho siempre lo que ha querido. ¿A la literatura le falta libertad o le faltan esos enemigos que sí tiene el arte contemporáneo y que son los “responsables” de que en el arte se innove, se experimente, se arriesgue?

Sí, claro. La literatura contemporánea no tiene buenos enemigos, que son muy importantes. Para escribir sobre los enemigos del arte contemporáneo me inspiré en mi hijo, Tomasito, que considera que el arte se terminó con Leonardo Da Vinci y que todos lo que vinieron después son farsantes. Lo que pasa es que el enemigo del arte contemporáneo es el que dice: “Si a mí me dicen que colgar mierda del techo es arte contemporáneo…”. Y diciéndolo está creando, crea por la negación. A la literatura le falta esta negación, que daría un impulso a la creación, a la invención. Por lo que se refiere a mí, cuando me dicen que tuve una alguna influencia, creo que, si la he tenido, ha sido por haber dado cierta libertad, por demostrar que se podía llegar a tener cierto prestigio haciendo lo que a uno le daba la gana. En este aspecto, puedo haber sido un buen ejemplo, pero, por lo demás, yo nunca he visto nada que se parezca ni remotamente a lo que escribo. Me encuentro con jóvenes que me dicen que me adoran, pero luego leo lo que escriben y me quiero morir…

¿Y cuáles son los autores que le precedieron y en los que usted sí se encuentra?

Me encuentro en los surrealistas. Me veo en la pintura Dalí, ME encuentro en Perec, a quien releo constantemente, en Lautréamont, en Duchamp.

Afirmaba en una ocasión que, al contrario del arte, el problema de la literatura era el propio lenguaje: ¿el lenguaje es la herramienta de la invención y, al mismo tiempo, la cárcel que impide ir más allá?

Exacto. Es así. Yo esto lo solucioné a mi modo poniendo todo el énfasis en la invención y en la creación, pero no en el lenguaje. Pensando en alguien como Joyce, ejemplo máximo de escritor que trabaja el lenguaje, la pregunta es: ¿para qué? ¿Para qué utiliza el lenguaje en estado de lava caliente? Para contar la vida de un hombre corriente a lo largo de un día. Lo que a mí me interesa, por el contrario, es utilizar un lenguaje estereotipado, correcto para contar aventuras fantásticas. E, incluso, noto que ahora utilizo más clichés y más frases hechas que antes para que el lenguaje sea completamente transparente, para que el lector no se detenga ni un minuto. Dalí para hacer sus pasajes fantásticos con elefantes con patas de mosquitos necesitaba de una técnica académica; yo, para contar mis elefantes con patas de mosquito, necesito un lenguaje lo más correcto, simple, transparente y, si se quiere, académico.

La transparencia, sin embargo, es solo aparente: tras la facilidad de la lectura, está la complejidad interpretativa.

Sí, los textos tienen sus misterios. A veces, sin embargo, me siento frustrado, porque escribo muy lento, pensando cada frase y poniendo en ella algún chistecillo, alguna idea, alguna imagen, pero, luego, la lectura es como una aplanadora que pasa por encima y todos mis juegos quedan anulados. Pero bueno, no puedo pedir que, aunque a mí escribir 80 páginas me lleva tres meses, el lector dedique tres meses para descifrar cada uno de mis chistecillos.

Y, a la hora de comenzar a escribir, ¿el punto de partida es una idea, una imagen, un chiste…?

La chispa con la que empiezo a escribir es una idea tipo Borges, pero después necesito algo más personal, no necesariamente autobiográfico, aunque está siempre cerca de lo autobiográfico, porque, como he dicho otras veces, solamente con el juego de ideas, solamente con el juego intelectual, el texto sería una cosa fría. Por otro lado, si escribiera algo solamente mío y personal, podría caer en lo sentimental y en lo patético. Necesito un equilibro entre el juego de ideas y lo personal.

De hecho, en más de una ocasión se ha mostrado particularmente crítico con la autoficción.

Sí, estoy muy en contra del giro autobiográfico. Bueno, no, tampoco estoy en contra, que hagan lo que quieran. Eso sí, me parece que lo autobiográfico empobrece mucho, con él se pierde la invención. Además, estos jóvenes que escriben autoficción presuponen que hay un interés hacia ellos, pero ¿qué interés hay en un joven de clase media urbano al que no le pasa nada que no le pase a todos los demás? No sé porque presuponen que pueda interesar tanto a un lector cuál es la música que les gusta, qué hacen por la noche, cuánta marihuana fuman por día… ¡Si todos hacen lo mismo! En todo caso, lo que hay es una identificación un poco masturbatoria, pero ya está.

No sé si por lo que se refiere a la historia literaria o, simplemente, por curiosidad lectora, pero usted ha dicho en más de una ocasión que lo verdadermente relevante es el autor y no la obra.

Sí, siempre he pensado que lo más importante de los libros es el autor, en el sentido del mito personal que crea el propio autor sobre sí mismo. Más importante que La metamorfosis es Kafka, porque La metamorfosis la podría escribir cualquier escritor hábil al que se le ocurra esta idea o un grupo de escritores que se reúnan en Think Thank al que se les ocurra la idea de escribir algo sobre un tipo que se transforma en un escarabajo. Si lo piensan bien, pueden escribirlo perfectamente, sin embargo, la obra no tendría ningún valor, aunque esté muy bien hecha y sea exactamente igual a La metamorfosis de Kafka, porque el valor reside en Kafka, en su Praga, en la historia con su papá y con Milena… La metamorfosis vale solo si la ha escrito Kafka.

Esta idea llevaría a concluir que todo el mundo puede escribir una novela.

Sí, es así.

Sin embargo, como usted mismo apuntaba, no hay nadie que escriba como usted, a pesar de que son muchos que lo intenten.

No sé. Yo escribo bastante bien, un maestro con lápiz rojo no tendría gran cosa que objetarle a mi sintaxis y a mi vocabulario, pero, es cierto que, aparte de esto, está la invención y la imaginación. Hay bastante misterio en esta cuestión del poder ser imitado, no me meto.

Imitadores de lado, de lo que no cabe duda es que usted es objeto de estudio de muchos críticos.

Y me he convertido en una industria. Tengo un amigo que dice que escritores y artistas que viven pobres, cuando se mueren se convierten en agencias de colocación. Ahora, por ejemplo, en la Feria del Libro me llamó un señor que iba a dar un curso sobre mí; estaba muy contento, le iban a pagar muy bien. Fantástico, ya soy una agencia de colocación.

Antes, cuando citaba los autores en los que se reconocía, no ha citado a Gombrowicz que, si no me equivoco, era uno de sus referentes cuando empezó a escribir.

Sí, ahí estaba Gombrowicz y, sobre todo, estaba Borges. Además, la imagen de mi papá leyendo esas novelitas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía siguió mucho tiempo en mí y, sobre todo, esa idea de que la felicidad era escribir sin ambiciones literarias. La felicidad es inventar y crear y creo que esto es lo que hecho: inventar y crear sin ambiciones.