"Estoy cansado de esos libros en los que el vacío de acción se enmascara con un ejercicio de estilo"

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Eterna Cadencia publica la nueva novela de Maximiliano Barrientos

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

El escritor boliviano Maximiliano Barrientos construye en En el cuerpo una voz una narración ucrónica acerca de la venganza y el recuerdo, así como acerca de la violencia, como instinto y como lógica cuando no hay ni Estado ni normas que regulen la convivencia. En una Bolivia disuelta por una guerra interna, distintas brigadas se enfrentan por el control del territorio; no hay límites ni reglas en esta guerra, la violencia es extrema. Cuando concluye el conflicto, aparece la pregunta sobre el recuerdo - ¿olvidar o hacer perdurar el relato de las víctimas? - y la búsqueda de una venganza que puede reactivar esa lógica de violencia del inicio, dando así al relato una estructura circular. Un eterno retorno de violencia, donde la paz es un territorio inhabitable.

Si bien Bolivia es el país en el que se enmarca la acción, ¿podríamos decir que, como han apuntado algunas reseñas, la novela alude a distintos episodios de la historia latinoamericana?

La violencia ha marcado a fuego a este continente, por lo tanto, no me parece descabellado pensarla en relación a esa historia cruenta. Con lo que sí tengo reparos es con leerla como una metáfora de esa situación. La literatura no explica un país, eso lo hace la sociología. La literatura es una experiencia, no una alegoría.

Sí es así, ¿la ucrónica es una forma de eludir la representación verosímil y dar autonomía, sin referente alguno, a la narración?

Creo que eso es lo que debería hacer la literatura a secas, independizarse de esa construcción histórica que llamamos ‘lo real’. Si juzgamos una novela por cuán bien retrata los conflictos sociales de un país nuestro juicio no es literario. Estamos buscando argumentos no literarios para valorizar un texto que se presenta como literario. Esa es la falacia que domina a los premios de novela.

A propósito de esto, me gustaría que me comentase su trabajo con el lenguaje, a través del cual transgrede los límites de la verosimilitud en busca de una narración que trabaja con los límites de lo expresable y de lo representable.

Me interesa que el lenguaje corte, rasgue: no que represente. No me interesa un lenguaje que pueda ser interpretado, sino uno que insista en la materialidad. Para mí esa es la esencia de lo literario, las oraciones no tienen que ‘comunicar’, tienen que hundirse en la tráquea, tienen que fracturar una mandíbula.

En un territorio sin ley, la violencia se impone, convirtiéndose en la lógica imperante. ¿La violencia es, si bien la ley la legisla, inherente al ser humano?

El mundo en el que vivimos está construido para que olvidemos que somos cuerpos, por eso pienso en la violencia como un acto que nos devuelve al cuerpo. Me parece que tiene un efecto revelador. ¿Qué cosa es el boxeo y las MMA sino una ceremonia socialmente aceptada –una industria millonaria– en la que asistimos a la liberación de esa pulsión? Esos combates son el origen de ciertas metáforas. Si alguien le dice a un niño que es un ‘luchador’ por no haberse rendido y haber aprobado la materia en la que tenía problemas, en el origen de la metáfora hay un cuerpo que se enfrentó a otro. Que expuso su vida y que sobrevivió porque ejerció daño, pero el emisor al emplearla como elogio no es consciente de la brutalidad que la inauguró.

En este sentido, su novela no se detiene en Latinoamérica, sino que apela a la esencia misma de la humanidad y a su historia, si bien usted ha repetido en más de una ocasión que no concibe la literatura como una herramienta de denuncia.

Efectivamente, me interesa la literatura que trabaja la violencia no como denuncia, sino que rastrea los efectos que esta produce en el cuerpo, cómo lo posiciona en nuestro imaginario.

En una entrevista, afirmaba que no le interesa trabajar la violencia desde la denuncia, sino como pulsión, que, en este caso, no sólo se impone, sino que consigue desmantelar el Estado.

La escritura de ficción, cuando no es programada, es la materialización del inconsciente. Las ideas no me interesan, ocupan un segundo o tercer plano. ¿Cómo puede actuar la denuncia y el inconsciente en una misma estructura narrativa? Se excluyen. La literatura es como soñar, con la diferencia de que gracias a la edición y al montaje tenemos un poco más de control.

¿Las convenciones, el pacto social, son lo único que pueden frenar la pulsión violenta del ser humano?

Hobbes y otros pensadores antisociales coincidirían con eso, el hombre como un ser egoísta obsesionado por el poder al que obligan a vivir en un entorno y a aceptar reglas, de lo contrario estaría en una guerra perpetua. Yo matizaría esa noción, ya que el egoísmo es también una construcción social, producto de ciertas tensiones, de cierta educación, de cómo se fue configurando al sujeto. De lo que estoy convencido es de que la convivencia implica necesariamente la represión de ciertos impulsos, en eso se funda la cultura. La literatura brinda el espacio idóneo para que la barbarie resurja en un contexto de control.

Uno de los aspectos más llamativos de la novela es el tratamiento sobre el cuerpo, que es donde se materializa todo lo que acontece en el exterior, empezando por la propia violencia.

Sí, totalmente. La novela es un viaje hacia el cuerpo de los personajes. La violencia aparece como una invasión. Se invade a los cuerpos como se invade a los territorios.

Usted ha afirmado que, en un principio, quería escribir sobre la venganza, que aparece, pero estrechamente unida al recuerdo y al olvido, que se contraponen como dos formas de enfrentarse al pasado.

Quería hacer una especie de Blue Ruin con personajes cambas y pueblerinos, pero me fui por otro lado, la historia se convirtió en una ucronía. La escritura buscó sus propios caminos, que nunca son los de la intención, aunque algo de esa motivación originaria quedó. El acto de venganza, que es profundamente personal, en el contexto de la novela, de darse, adquiriría un sesgo social, ya que restituiría, desde el castigo –y desde la grabación de esa ejecución–, algo que fue mellado en la comunidad. ¿Esa restitución realmente es posible? No lo sé.  

Usted juega con distintos géneros y propone distintas formas narrativas, desde la primera persona hasta los expedientes de los testigos. ¿La novela escapa de cualquier concreción genérica de la misma manera que la trama escapa de todo referente temporal, histórico, social…?

Tiene algo de Frankenstein, ya que está montada con mecanismos de distintos géneros: thriller, gore, horror, etc. Sin embargo, creo que bien podría pensársela como una novela fantástica, ya que hay elementos concretos en la trama que apuntan en ese sentido. Desde hace algún tiempo me interesa trabajar con el surrealismo. Más que un interés, se filtra en la escritura. La novela le debe más a poetas como Jaime Saenz y Charles Simic, a una narradora como Agota Kristof, y a cineastas como David Cronenberg y George Miller, que a la tradición narrativa –especialmente norteamericana– que influyó la escritura de mis primeros libros.  

En este sentido, ¿podríamos establecer una relación entre En el cuerpo una voz y Hoteles?

Creo que la parte de los testimonios tiene una estructura similar a Hoteles, pero son novelas que responden a dos sensibilidades muy distintas. Reniego de un estigma que durante cierto tiempo marcó a la literatura y al cine latinoamericano: lo contemplativo. La pasividad como poética, eso de relegar la acción a los estados de ánimo de los personajes, en su momento fue importante, marcó un camino, proporcionó ciertas libertades creativas, pero terminó estancándose. Ese gesto se achanchó, como diríamos en Santa Cruz. Estoy cansado de esos libros y películas en los que no pasa nada, en los que el vacío de acción dramática se enmascara con un mero ejercicio de estilo.