Marta Sanz: "Uno de los riesgos del feminismo es ser fagocitado por un sistema capitalista que neutralice sus espacios de reivindicación"

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La escritora Marta Sanz publica el ensayo Monstruas y centauras (Anagrama)

 

 

 Texto: ANTONIO LOZANO

Con lucidez y espíritu crítico Marta Sanz (Madrid, 1967) -Premio Herralde de Novela por Farándula y autora de libros como Black, black, black o Clavícula- disecciona el feminismo desde múltiples perspectivas en Monstruas y centauras (Anagrama), un ensayo que busca poner orden, detenerse a (re)reflexionar, lanzar preguntas incómodas y señalizar caminos por los que avanzar cuando la lucha por la igualdad atraviesa un momento tan combativo y esperanzador como se enfrenta a múltiples trampas y contradicciones.

¿Podría definirse tu ensayo como un intento de clarificar qué es el feminismo hoy, en un momento de atomización y confusión?

Clarificar tal vez sea una palabra demasiado grande. He intentado reflexionar sobre cómo las cosas que estaban sucediendo hacían evidentes mis contradicciones y cómo esas contradicciones no me/nos descalificaban, sino que incluso nos podían ayudar a avanzar. La situación de encrucijada, la conciencia crítica y autocrítica, es una buena ocasión para que el feminismo pueda convertirse en una palanca de cambio a todos los niveles.

En referencia al feminismo, escribes: “Temo que lo que sucede se nos eche encima (…) Temo entrar, y me rebelo contra ello, en una competición de feminismos”. ¿Crees que haría falta algo más de estrategia e incluso (quizá irónicamente-lamentablemente) una cierta cautela para garantizar que el feminismo logre avances significativos?

Estamos en una situación muy esperanzadora y, por eso mismo, es necesario ser racionales en el ejercicio de nuestro discurso, pero no razonables ante las situaciones de flagrante injusticia. Para que no se tergiversen nuestras palabras y para que no nos las roben.

A las mujeres nos han seducido con un montón de eslóganes que no comparto. Por ejemplo, hay que ser competitiva o hay que aprender a estar sola”. ¿Qué eslóganes de mujeres para las mujeres dirías que han sido más nocivos y cómo te explicas que hayan prendido tanto?

Esos dos que mencionas me parecen lo suficientemente perversos. El feminismo no debería ser una cuestión de eslóganes para imprimir en los bolsos, sino un intento de resignificación de las palabras -poder, democracia, igualdad- que no asuma de manera acrítica lo que hoy ya parece inmutable: la competitividad, el individualismo, el emprendimiento, la autoexplotación, el exilio económico, la imposibilidad de cuajar un proyecto de vida libremente elegido. Cuando la resiliencia deseable en el terreno de los afectos se traslada a la capacidad de adaptación en un sistema económico y social, que es intrínsecamente injusto y convierte nuestras diferencias en desventajas, vamos mal.

Cuestionas la validez del feminismo chic y el feminismo de márketing. ¿Uno de los mayores riesgos del feminismo es frivolizar sus demandas?

Uno de los mayores riesgos del feminismo es ser fagocitado por un sistema capitalista que neutralice sus espacios de reivindicación -si soy chic, tengo que callarme- y normalice comportamientos delictivos haciéndonos pensar que no podemos cambiar nada, porque lo natural es que las mujeres atiendan a sus demandas biológicas en el ámbito privado y los hombres compitan por colonizar territorios en el ámbito público. Vivimos en una contractura permanente en la que las mujeres siempre somos sojuzgadas: no se nos deja ser humanas, tenemos que ser compactas en nuestros juicios y comportamientos. Tenemos que ser “divinas” y la divinidad fetichiza y los fetiches se pueden tirar a la basura.

Pides no linchar a Woody Allen antes de juicio. ¿Lo peor que le podría pasar al feminismo es caer en la caza de brujas?

Lo peor que les podría pasar a las mujeres es seguir siendo juzgadas con un rasero diferente, estar permanentemente bajo sospecha, ser acusadas de mentir por sistema -¿por maldad congénita?-, ser criminalizadas cuando son víctimas y que esa caza de brujas a la que se nos lleva sometiendo desde tiempos inmemoriales se traduzca en una forma de populismo punitivo, también injusta, que encuentra su caldo de cultivo en el individualismo y la visceralidad descontrolados de las redes.

¿Qué formas de puritanismo (encubierto) se te antojan más perniciosas?

Las que convierten la sexualidad femenina, heterosexual u homosexual, en algo sucio y vergonzoso, las que nos obligan a quedarnos en casa en tiempos de crisis, las que miran con desconfianza a las mujeres que no son madres, las que nos invitan a ser sexualmente deseables desde la niñez hasta la ancianidad para vendernos pomadas, prótesis y lubrificantes. Las que, decida lo que decida, me van a acusar de “vieja guarra” si disfruto del sexo con más de setenta, o de “puritana” si dejo de hacerlo porque ya no me apetece. Las que me llaman “histérica” o “loca” cuando expreso mi desacuerdo o mi malestar. Las que me fuerzan a ser comedida, modosa, modesta, silenciosa y humilde. Las que me meten con calzador en el corsé de una civilización represiva apelando a mi naturaleza o a mi condición de mujer. Caverna pura.

Te muestras a favor del proteccionismo de género. ¿En qué tipo de medidas debería traducirse?

Yo escribo y las escritoras solemos tener ciertas capacidades para el diagnóstico, basadas en la observación, pero mi imaginación política no es mucha. Supongo que es necesaria una ley de igualdad, perfectamente articulada, previa a una ley contra la violencia machista. Cerrar todas las puertas a la posibilidad de brecha salarial entre hombres y mujeres. Trabajar en favor de la conciliación. Evitar que las mujeres sufran mayor riesgo de exclusión social que los hombres. Educar en la convicción de que el feminismo no es lo opuesto al machismo, porque el machismo es una enfermedad que mata y el feminismo un discurso para tratar de corregir las desigualdades sin olvidar las legítimas diferencias. No hay más que mirar alrededor, sin sectarismo y sin miedo, para entender que las mujeres necesitan ser protegidas: de la violencia sistémica, de la violencia machista, del riesgo de exclusión, de la medicalización de sus vidas… Y todo va unido.

Llamas a no confundir conducta cívica y obra artística. ¿La moral personal y el talento creativo no deben ir sincronizados?

Cada vez que escribo un libro y lo publico, cada vez que pongo en marcha “mi creatividad”, pienso que actúo, que intervengo. Los libros vienen de la interpretación de la realidad y, a su vez, la construyen. Partiendo de esa idea, cada cual decide cómo quiere intervenir en su realidad. Las formas de intervención son plurales. Con unas sintonizo, con otras no. De lo que estoy convencida es de que una sociedad culta es la que enseña a leer a su ciudadanía, es decir, no prohíbe lo aparentemente “inmoral”, lo que no se ciñe a las normas, sino que desarrolla la conciencia crítica de los individuos para que sepan discernir qué hay por debajo de las superficies, de lo literal, de lo explícito. Estoy en contra de las mordazas y pienso, con mi amigo José Ovejero, que ciertas representaciones de la crueldad pueden tener un efecto ético en el espacio de recepción.

¿Qué hacemos con el término “empoderamiento” (que tanta suspicacia te despierta)?

No sé qué podemos hacer con el término. Sé que a mí no me convence porque deriva de un concepto “poder” que se ha ido contaminando a lo largo de la Historia con la sangre, el sudor y las lágrimas de los pobres y las pobras, que por cierto es una palabra incluida en el DRAE. Yo no deseo pisarle a nadie la cabeza, sino colocarme en una posición de igualdad. Y la palabra “poder” aún encierra entre sus connotaciones la de colocarse por encima de alguien, no para coadyuvar al bien común, sino para lucrarse, dominar, prevaricar.

Estableces en varias ocasiones una conexión entre patriarcado y neoliberalismo. ¿Sin una revolución económica previa no puede haber una auténtica revolución en materia de género?

Creo que los dos cambios van indisolublemente ligados. Y, como parece que esa revolución económica es imposible porque cada vez que un gobierno pretende adoptar medidas socializantes algo, superior a él, lo paraliza -¿el invisible jefe de todo esto?-, yo deposito gran parte de mis esperanzas en que la sensibilidad feminista sea un estímulo para la transformación global de la sociedad. Visibilizar sin victimismo, pero con método, la discriminación, la desigualdad y la injusticia, la vulnerabilidad de grandes capas de la población, no parece un mal comienzo.

Señalas que falta análisis de las causas de la violencia de género. ¿Cómo crees que los escritores pueden contribuir a él?

Escribiendo libros que apunten hacia los ángulos muertos y que, a través del lenguaje, dibujen esas realidades con las que convivimos y que ya no vemos porque nos parecen “lo normal”. Repensando el lenguaje con el que nos comunicamos, indagando en sus límites como manera de indagar en los límites de la realidad misma.

Citas a Chimamanda Ngozi Adichie a lo largo del libro. ¿Qué otras autoras (y autores) te han parecido particularmente interesantes en su acercamiento (teórico y práctico) al feminismo?

Simone de Beauvoir y Virginie Despentes. Rosa Luxemburgo. Virginia Woolf y Margaret Atwood. Las que fueron feministas cuando la palabra aún no se había inventado. El feminismo obrero. Todos los referentes que cruzan las variables de género, de raza y de clase y saben que el feminismo y la explotación son incompatibles. Las mujeres que luchan por sus derechos un día detrás de otro en asociaciones, clubes de lectura, sindicatos y partidos.

13. Extraes una lectura misógina de la película Perdida. ¿Te vienen a la cabeza otros productos artísticos/culturales que esconden mensajes perversos que parecen pasar desapercibidos para la mayoría?

Yo no sé si los “mensajes perversos” pasan desapercibidos para la mayoría, pero me parece que cada propuesta cultural se posiciona de un modo ideológico en su contexto. Reproduce o se rebela contra los valores establecidos. Los productos de entretenimiento raramente son “blancos” y metabolizamos sus mensajes sin reparar en que están ahí. Los naturalizamos como si no fuesen ideológicos. A veces nos da pereza hacer esa lectura, porque estamos tan agobiadas en el mundo en el que vivimos, que buscamos desesperadamente un desahogo. Pero la cultura no es el espacio más adecuado para no pensar. Más bien, todo lo contrario. Para bien o para mal.

Has escrito numerosos artículos de viaje. ¿Cuál es la principal recompensa que te aporta viajar y qué destinos te han marcado más?

Cada vez disfruto menos de los viajes porque viajo por obligación. Y echo mucho de menos aquellos momentos en que fui turista. Yo crecí en un destino turístico, Benidorm, y envidiaba a los que se bañaban en las piscinas azules de los hoteles mientras yo tenía que ir al colegio. A mí me gusta ser turista y cumplir con los tópicos de rigor sin creer ingenuamente que voy a conocer de verdad otro país u otra cultura por el mero hecho de pasar en él una semana.

¿Algún hobbie?

El cine. Pero no sé si lo llamaría hobbie. E ir a tapear con mis amistades por los bares.

¿Sigues con interés alguna serie de televisión?

Vi con interés El cuento de la criada. Me divierte Estoy vivo. Pero confieso que desconfío del aura religiosa que se genera en torno a las series de televisión y me siento “cliente” cuando las estoy viendo. Cliente de esas grandes plataformas digitales que me dan un poco de miedo. Tampoco estoy muy segura de que supongan una renovación radical de los lenguajes narrativos.