Ya no hablaré más de misma (o quizá sí, un poquito: solo lo justo)

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Gabriela Wiener reivindica la mirada feminista en su último libro, Dicen de mí (Esto no es Berlín)

 

 

 

 

 

Texto:JOSÉ DE MONTFORT

Foto:DANIEL MORDZINSKI 

 

Cuando nos amamos nos dejamos arrancar algunas páginas

Gabriela Wiener

 

Si en su libro Llamadas perdidas (Malpaso, 2015) la cronista peruana afincada en Madrid, Gabriela Wiener, indagaba en las “posibilidades de ser ella misma”, ensayando un yo caleidoscópico, en Dicen de mí (Esto no es Berlín, 2018) sigue dejando que hable su yo, pero de manera interpuesta. En este libro son los demás quienes hablan de Gabriela Wiener, en un libro en el que la autora apenas se dedica a escribir las preguntas, que manda (o realiza) a sus corresponsales en diferentes lugares del mundo, exceptuando el último de los textos, este sí escrito en primera persona. Su marido, su hermana, su psicólogo, la mamá, el papá, un antiguo vecino de la adolescencia, el primer jefe, su editora española, su crítico o su propia hija son algunos de sus interlocutores. Más una entrevista imposible, al primer novio. El último texto, escrito –como decíamos- por la propia autora, una crónica/ensayo sobre la violencia y el amor.

Dicen de mí es un libro que es “como Internet”, escribe en el prólogo Gabriela Wiener. Un libro lleno de conversaciones impúdicas, de las opiniones de los otros, un experimento más allá del periodismo que acaba siendo un collage de imágenes y palabras. Todas las entrevistas vienen precedidas por un texto introductorio de la autora, en el que contextualiza su relación con el sujeto entrevistado. En el libro hay dos líneas muy marcadas: el presente y el pasado. La vinculación sentimental de las personas que se hallan en cada uno de los espacios es necesariamente diferente. Hay compresión y ternura del lado de quienes forman parte de la actualidad de la vida de la autora y una suerte de aceptación resignada y, hasta cierto punto, de disculpa diferida, entre la personas que forman parte del pasado (exceptuando solo el último de los casos, el de su primer novio); aunque, también, un halo de nostalgia preña las diferentes entrevistas con estas personas que estuvieron en momentos críticos de la vida de la autora.

A pesar de que la entrevistadora sea Gabriela Wiener y les pregunte a sus interlocutores mayormente sobre cosas acerca de ella misma (de ellos en su relación con ella, más bien), se perfilan en las entrevistas algunos interesantes intentos por saber de los otros (o más bien de las opiniones de los otros), desde un punto de vista autónomo, esto es, no mediatizado por la presencia de Wiener. Ello permite que afloren temas vinculados a la masculinidad, a la identidad, al apego, las creencias, el periodismo, la política, la amistad, la guerra, la inseguridad, el Perú, el ego, la literatura, el respeto, el patriarcado, la familia o el trabajo. De entre las críticas que se le hacen a la narradora peruana en Dicen de mí están entre las más destacadas dos: su falta de humildad y su egoísmo. Pero también se resalta constantemente su inteligencia y talento, la brillantez de su perspicacia y el siempre sorpresivo ingenio de su intuición. Y todo eso es lo que conforma Dicen de mí, un libro desconcertante, muy arty, vulgar y sofisticado a un mismo tiempo, profundo y liviano de igual manera, una experiencia emocional sobre los límites; lleno de matices, empero, y con un necesario alegato final a favor del feminismo, de la apremiante urgencia de que también los hombres sean feministas.

Se ha de hacer una mención aparte al texto último del libro, la crónica/ensayo que recrea la imposible entrevista al primer novio que tuvo Gabriela Wiener y con el que pasó “tres turbulentos años juntos”. Una entrevista que se supone era “para expiar nuestras mutuas deudas pendientes. Sería una entrevista en la que después de largo tiempo dos personas que se desearon, se amaron y se hicieron daño cuando eran muy jóvenes se encuentran para analizar ciertas cosas de su relación a la luz de todo lo nuevo, aprendido y procesado”. Y la clave debía ser, al menos desde el punto de vista de la autora, el feminismo. Pero no. O sí. Sí desde el lado de Wiener, no desde la posición de su ex, quien –pasados los años- sigue justificando el puñetazo que, en su momento, le pegó a la Wiener, dejándole la nariz rota, obligándole a pasar por una operación de cirujía, en tanto que agresión equivalente (lo que, supuestamente, justificó el mencionado puñetazo, desde el punto de vista del ex fue que descubrió a la Wiener “besando a una buena amiga”). Esta es la razón de que Gabriela Wiener decidiera no publicar la entrevista, aunque nos confiesa que “el verdadero fracaso para mí fue otro. Fracasé en mi intento de conseguir que reflexionáramos acerca del machismo, de esa violencia estructural que nos atraviesa a todos, especialmente a una pareja joven que tenía muy pocos referentes”.

Este texto último le sirve a Gabriela Wiener para pensar en alto sobre la violencia, en particular la violencia de género, el maltrato psicológico, el machismo (que también sufren las mujeres, nos dice), sobre la libertad sexual (“la libertad sexual de una mujer no es fácil de comprender para muchos hombres”, escribe) y sobre la desigualdad y la manipulación de los discursos, sobre las relaciones románticas y sobre el empoderamiento que nos proporciona el feminismo. Pero, por sobre todo, para clarificar y llamar a las cosas por su nombre. Así cierra el texto: “Casi veinte años después, la persona que fue mi pareja pone entre comillas la palabra “puñetazo”. Y yo las quito. Y al quitarlas el puñetazo duele menos”. Así las cosas, la voz de Gabriela Wiener asoma, como hemos dicho, al final del libro, pero es una voz que tiene mucho de voz colectiva, liberadora, ineludible.