Barcelona también fue escenario de la Segunda Guerra Mundial

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Fernando Aleu relata en “El intercambio” un episodio de intercambio de prisioneros poco conocido entre alemanes e ingleses

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

En el año 1943 unos jóvenes barceloneses se quedaron escamados porque la guardia civil tenía tomada la zona del puerto cerca del Club Natación Barcelona. Se subieron a Montjuic armados con prismáticos y contemplaron un evento inesperado en una ciudad de un país neutral como España durante la Segunda Guerra Mundial: de dos barcos bajaban soldados británicos y alemanes en un ordenado intercambio de prisioneros, que probablemente fue el único acto civilizado de una guerra devastadora y salvaje. El intercambio nos sumerge en los entresijos de ese momento y mucho más, sumergiéndonos en el ambiente de la época a través de la mirada de un neurólogo judío alemán y las mil peripecias que arrancan en el efervescente Munich de 1939, cuando la alegría de una ciudad en ebullición no puede ocultar la tensión pre-bélica que se masca en el aire. Desde el magnético Max, que hipnotiza con su atractivo a hombres y mujeres, a Rosy, una espía alemana enfrentada a Goering y Goebels. El autor de esta novela ambientada de manera magistral es Fernando Aleu, doctor en neurología, emprendedor cuando no se había inventado la palabra emprendedor y un gentleman que tiene un ligero deje inglés cuando habla en castellano que lo hace más elegante, como la suave cojera de un alto aristócrata. Nos encontramos en el Hotel Ritz, donde el personal revolotea alrededor suyo y él tiene una palabra amable para todos. Haber vivido más de 60 años en estados Unidos le ha dejado huella, no sólo ha escrito la novela en inglés sino que ruega al camarero que le traiga “uno de esos cafés malos muy largos, americanos”. Aleu debuta con esta novela pasados los 80 años, escrita en inglés y con la garantía que supone la traducción de Enrique Murillo, editor de mucho recorrido.

Ese intercambio de 4.000 prisioneros en la Barcelona de 1943 explica que es posible gracias a al cambio de España, que pasa de ser un país “no beligerante” a “país neutral”… ¿no es algo tan sutil como parece?

Es un cambio crucial. Hitler quería a España en la guerra, pero Franco era muy gallego y lo entretuvo con cosas y puñetas y al final Hitler se tuvo que dar por vencido. Cuando Franco ve que la guerra se decanta del lado de los aliados, entonces hace regresar a la División Azul que apoyaba al Reich y cambia a “país neutral”. Por eso ese intercambio se puede hacer en Barcelona.

¿Y por qué el puerto de Barcelona fue exactamente el elegido?

El requisito era un puerto capaz de albergar buques de gran calado y que entre las dos zonas del muelle hubiera un espacio amplio para instalar un tinglado en medio donde fuesen pasando los prisioneros para resolver las cuestiones administrativas.

Usted retrata una Barcelona con una agitada vida nocturna, en este hotel Ritz donde estamos la orquesta de Hilda llenaba de música el Salón la Parrilla…

Es que esos años había más vida nocturna que hoy… ¡la gente no tenía tele! Había varios teatros de revista funcionando. Este hotel Ritz estaba a tope de judíos escapados de Alemania y la ciudad estaba llena de espías…

Era como Casablanca…

¡Más que Casablanca! El Hotel Majestic era todo de ingleses. Y alemanes, claro, una colonia importante. También se canalizó a través de Barcelona muchas mercancía y obras de arte expoliadas.

Alguien como usted, responsable de la marca Puig en Estados Unidos, presidente del Spanish Institute de Nueva York, ¿Por qué cuando llega a cerca de los ochenta años en lugar de dedicarse a vivir como un pachá se lía la manta a la cabeza y se ponen a escribir un libro de esta complejidad con el trabajazo que supone?

Es cierto que me ha dado mucho trabajo, casi cuatro años. Pero es que yo soy una persona muy activa. Yo siempre he esquiado mucho y a final de 2012 (con 83 años) me di un tortazo descomunal. Y ahí tuve que parar un poco. Pero yo he trabajado toda mi vida y no iba a estar cruzado de brazos. Así que me ponía el despertador y me imponía un horario de trabajo. Pero ha sido un trabajo muy satisfactorio, incluso no descarto a escribir alguna cosa más.

Un neurólogo que se dedica a la industria del perfume debe tener una visión mucho más profunda del tema. ¿Le parece que frente al oído, el gusto o la vista, tenemos el sentido del olfato demasiado minusvalorado?

Muy minusvalorado y además de manera injusta. Porque el sentido del futuro es el del olfato. El olfato tiene una capacidad de memoria por encima de cualquier otro y eso va a desarrollarse en los próximos años en cuestiones relacionadas con la pérdida de memoria. Es verdad que ahora está muy de moda el paladar, la cata de vinos… pero el paladar sin el olfato pierde la mitad de su intensidad, son circuitos de sensación conectados.

Usted que es perfumista pero también científico, ¿de verdad hay perfumes afrodisiacos?

Hay perfumes que son sexis y estimulan la libido. Los franceses han trabajado muy bien este tema. Son aceites esenciales que generalmente no huelen bien, incluso pueden ser un punto agrios, pero que tienen fuerza erótica.