Aixa de la Cruz: “No pido que se echen piedras contra nadie, sino que se asuman responsabilidades para que ciertas cosas no vuelvan a suceder”

Hits: 670

La escritora vasca Aixa de la Cruz publica Cambiar de idea de la editorial Caballo de Troya, que este año está dirigida por Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez

 

 

 

 

Texto: ANNA MARIA IGLESIA

 

Una confesión, una crónica sobre la transición a la treintena, una revisión de las culpas vinculadas a nuestro silencio, una indagación personal y colectiva de las ideas en las que nos formamos y un texto de urgencia ante un nuevo paradigma epistemológico que nos obliga a replantearnos los roles sociales, el concepto de consentimiento y el significado de violencia sexual. Así podríamos definir Cambiar de idea (ed. Caballo de Troya), el primer trabajo de “no ficción” de la novelista vasca Aixa de la Cruz.

Si bien parece que ahora toda escritura del yo tenga que ser autoficción, con Cambiar de idea te inscribes en el género de la confesión.

Totalmente. El  género de la confesión me interesaba mucho desde el inicio por su vinculación con el nacimiento de la novela en Inglaterra y con su auge. Originariamente y no sin algo de ingenuidad, quería escribir un texto que fuera confesional y, sobre todo, absolutamente memorialístico, sin embargo, me di de bruces con la realidad: para poder escribir sin caer en la ficción, relatando solo hechos reales, tenía que lidiar con un problema: el tener que escribir no solo sobre mí, sino sobre terceras personas vinculadas a mi historia, a la historia que iba a contar. Con este libro, yo quería exponerme, pero no podía hacer lo mismo con el resto de personas involucradas en la historia, no podía exponerlas sin su consentimiento, así que comencé a pedir permiso y hubo a quien no le importaba salir citado, pero también quien me pidió que le cambiara de nombre para no ser reconocido… Así que, en determinadas ocasiones, me vi forzada a sustituir episodios reales con escenas análogas, escenas completamente ficcionales capaces de transmitir lo mismo que los episodios realmente vividos.

Asimismo y como sucede en muchos textos confesionales, el substrato ensayístico de Cambiar de idea es más que evidente.

Sí y, de hecho, tras terminar Cambiar de idea, texto que avanza a través de partes narrativas y partes ensayísticas me di cuenta de que, de ahora en adelante, me interesa mucho seguir trabajando en el ensayo, con la escritura ensayística. Me decía recientemente un amigo por Twitter que más que autoficción, Cambiar de idea era autoensayo. Me gustó mucho la etiqueta, porque cada vez más me veo ligada a la no ficción y me interesa mucho trabajar con la teoría, si bien me interesa muy poco esa teoría académica en la que se utilizan pasivas para eliminar cualquier tipo de subjetividad. El negar la posición situada que tiene cualquier tipo de teoría me parece una actitud muy masculina y, por tanto, me interesa hacer lo contrario: escribir desde la teoría, pero subrayando que cualquier tipo de teoría parte del yo y, por tanto, subrayando las subjetividades y los sesgos.

Si pensamos en Montaigne, podríamos decir que el ensayo es una de las primeras formas de escritura del yo.

Claro. Ahí está también San Agustín, por ejemplo. A mí me interesa recuperar esa manera de hacer ensayo sin estructuras pasivas.

Cambiar de idea dialoga con tu epílogo de El aliado de Iván Repila no solo por los temas, sino porque planteas unas confusión entre lo real y lo ficticio así como mezclas la forma narrativa y la forma ensayística, construyendo un texto híbrido.

Es verdad. El epílogo de El aliado tiene la apariencia de ensayo, aunque es absolutamente ficcional, como Cambiar de idea está también entremedio de distintos géneros. Lo escribí cuando estaba terminando Cambiar de idea, que, a su vez, escribí mientras Iván trabajaba en El aliado. Los dos textos, el libro de Iván y el mío, surgieron simultáneamente, en gran medida, porque ambos tienen su origen en un momento social muy determinado, el año 2017, durante el cual Iván y yo hablamos mucho de la transformación de paradigma que se estaba produciendo, de transfeminismo, de revisión de las culpas y de los roles. En cierta manera, los dos libros son dos formas distintas de materializar preocupaciones teóricas: Iván recurre a la ficción para indagar en estos temas que le preocupan y yo me quedo con la confesión y con el ensayo.

En tu libro, la culpa funciona como punto de partida para revisar tus ideas y reformularlas críticamente.

Yo soy atea, no he sido bautizada y mis padres son de aquellas personas que han pasado media vida intentando que les excomulguen y no lo consiguen. Yo he crecido con unos padres que consideran la culpa como ese gran horror que les inculcaron de pequeños los curas y las monjas, así que la “culpa” fue desde siempre una palabra tabú en mi cada. Si bien no tengo ningún bagaje religioso, creo que, siempre y cuando sea pasajero, hay de algo positivo en el sentimiento de culpa, sentimiento que a mí me ha ayudado a revisar cosas muy importantes para mí: Empecé a pensar en la culpa en relación a nuestra responsabilidad colectiva ante la violencia terrorista en Euskadi, cuando comencé a reflexionar hasta qué punto, siendo adolescente, había silenciado, legitimado o normalizado ciertas conductas. Este proceso de revisión de mi posible actitud culposa con respecto al tema vasco fue, en cierta manera, el preámbulo necesario para poder abordar un tema que era todavía más doloroso por ser aún más cercano como es el de la violencia sexual. Mucha gente sostiene que hay que dejar la culpa a un lado, pero creo que, como punto de partida, la culpa es interesante y me gustaría pensar que el libro consigue documentar este proceso que parte de la culpa para llegar a una nueva forma de conciencia individual y colectiva.

Podríamos decir que la pregunta sobre la culpa, más allá del contexto vasco o de la violencia sexual, es la pregunta sobre nuestra responsabilidad colectiva cuando silenciamos, naturalizamos e, incluso, legitimamos determinadas conductas sociales y políticas.

Sí, pero esta asunción de responsabilidad no es fácil y no se siempre se produce a nivel colectivo. Ahora mismo, se podría dividir a la opinión pública entre los que se resisten a incorporar cualquier tipo de culpa colectiva y los que la incorporan. Pienso ahora en lo sucedido con López Obrador y su exigencia de que España pida perdón por la conquista. Mi TL de Twitter estaba muy dividido: una parte sostenía que su petición era legítima, que era necesario hacer una reflexión colectiva y que, si era necesario, no estaba de más disculparse. Otra parte, sin embargo, estaba muy ofendida y sostenía que era una tontería que ahora a los españoles se les exigiera una disculpa por algo que pasó hace siglos. Es solo un ejemplo, pero lo que se ve es que en muchos debates de este estilo se dividen en dos las posturas atendiendo a dos formas distintas de concebir la responsabilidad colectiva. Personalmente, creo que todos somos en parte cómplices del sistema; si vivimos en un patriarcado, es lógico que todos hayamos incurrido en violencias patriarcales y, si vivimos en un sistema colonial, lo lógico es ser más o menos cómplices de la violencia colonial. No me resulta difícil asumir este hecho y asumirlo no es para mí una forma de fustigamiento, pero veo que para muchos asumir estas “culpas” es incómodo.

El feminismo, uno de los temas centrales del libro, aparece como una forma de aprendizaje, como una toma de conciencia. Dicho en otras palabras, ¿no se nace feminista, sino que una se va haciendo feminista?

Efectivamente. Es verdad que el feminismo tiene un papel central en el libro, pero, yendo un poco más allá, diría que Cambiar de idea son unas memorias sobre cómo tomo conciencia del otro, es el relato del aprendizaje de cómo enfrentar el dolor del otro sin mediaciones, de manera más empática. Creo que el libro tiene que ver, principalmente, con la empatía, pero, en todo caso, el feminismo es una forma de revisarme críticamente a mí misma y me obliga a establecer vínculos mucho más empáticos con el otro, unos vínculos que tenía que reestablecer sobre todo después del tiempo que pasé encerrada en mí misma mientras hacía la tesis. Muchas veces las herramientas teóricas nos inmunizan, nos permiten establecer una especie de barrera discursiva entre nosotras y el mundo para así, como fue en mi caso, poder analizar con frialdad videos de violencia extrema o testimonios de tortura. Si no consigues volver a la vida real e intentas implementar esa hermenéutica a tus relaciones personales te conviertes en una persona incapaz de mirar al otro.

En el libro, planteas, de hecho, el conflicto que existe entre la teoría y la práctica o, dicho de otra manera, entre lo teórico y lo vivencial.

Efectivamente. En el libro hablo precisamente de este conflicto en relación al feminismo: la época en la que más abusos de poder y violencias de carácter machista cometí fue la época en la que interioricé más teoría feminista y más teoría de género a través de infinidad de lecturas. Convivía en mí un conflicto abierto y evidente entre lo vivencial y la teoría que estudiaba y este conflicto tenía y tiene mucho que ver con el hecho de que una de las limitaciones de la teoría humanista es que muy fácilmente se vuelve un mundo aparte al mundo real. Mirar atrás y ver los errores que cometí me resulta doloroso, sobre todo porque, como escritora, me gustaría pensar que podemos hacer algo más interesante con la teoría. Si la teoría no está en la calle no tiene sentido.

Han definido Cambiar de idea como un libro generacional. Personalmente, tengo mis dudas que la etiqueta “generacional” sea elogiosa o positiva, porque implica que el libro en cuestión sea circunstancial y no pueda perdurar más allá de la generación a la que supuestamente se dirige.

Es curioso, yo tampoco entiendo muy bien esta etiqueta. ¿Qué son los libros generacionales? Pero he de decir que me he encontrado con más de un lector que lo ha leído desde esta perspectiva y ha encontrado elementos generacionales interesantes. Una chica, por ejemplo, me comentaba que el elemento generacional de mi libro residía en ese cambio de idea, en esa necesidad de cambiar de idea. Me decía que nuestra es una generación que está atascada entre dos paradigmas muy distintos y, por tanto, lo propio de nuestra generación es el haber tenido que deconstruirnos y cambiar de postura con respecto a ciertas cuestiones sociales. Otras personas han encontrado el elemento generacional en el hecho de que Cambiar de idea es un libro de transición hacia la treintena. Dicho esto, es cierto que, como dices, a priori, lo generacional está destinado a caducar, pero no puedo negar que Cambiar de idea es, más allá de las etiquetas, un libro muy ubicado en un periodo histórico muy concreto. Esto conlleva sus riesgos, evidentemente, pero no es algo que quise evitar, al contrario, quise que fuera un libro escrito en el 2017, que se viera que es fruto de la conversación pública en torno a la violencia sexual y que fuera una forma de rendir tributo a todas aquellas mujeres que sintieron una cercanía conmigo y me contaron sus experiencias y cómo la revisión de la idea de consentimiento les hizo ver que habían sido víctimas de violencia. Para mí, el texto es una respuesta a un contexto social muy concreto y no me importa decir que existe por y para esta época.

Te preguntaba por la etiqueta de “generacional” porque si hay una autora con la que tu obra dialoga perfectamente es Edurne Portela. Las dos representáis dos generaciones, pero, las dos habéis realizado un recorrido similar en la indagación de la culpa y la representación de la violencia, antes poniendo el foco en el conflicto vasco y, después, en la violencia de género.

A propósito de esto, le decía a Edurne que me avisara cuando supiera sobre qué íbamos a escribir el siguiente libro. Yo misma le he comentado a Edurne que es bastante sorprendente esta sincronía que se da entre ambas, una sincronía que, para mí, se da en parte por el impacto que tuvo en mí la lectura de su ensayo El eco de los disparos. Leer ese ensayo subrayó la importancia de revisar el sentimiento de culpa en el contexto vasco y creo que las dos, tanto Edurne como yo, nos hemos dado cuenta de que el proceso que se emprendió en Euskadi con respecto a unas determinadas violencias se parece mucho al que hemos emprendido en nuestras vidas más privadas con respecto a la violencia sexual.

Dices que Cambiar de idea es un libro muy anclado en el 2017. ¿Fue un año clave que marcó un antes y un después en relación al silencio ante la violencia sexual?

Sí, el 2017 supuso un antes y un después con respecto al tema del silencio, pero también con respecto a la toma de conciencia ante la violencia sexual. Está bien revisar el pasado y está bien que la culpa sea un punto de partida, pero no creo que tengamos que ser excesivamente crueles con nosotras mismas. El otro día recordaba con mi madre que un día, cuando yo tenía 14 años, paseábamos las dos por la calle cuando nos encontramos a un chaval de mi clase que estaba pegando a su novia. No deparamos en ellos, para nosotras no era más que una pelea entre novios. Desde la perspectiva de ahora, nuestra actuación, la de mi madre y la mía, es incomprensible y, de hecho, reconozco que durante mucho tiempo he estado muy rabiosa por haber actuado así en más de una ocasión. Pero no hay que flagelarse en exceso, porque no podemos ver con las lentes de hoy actitudes de hace años. En 2017 es el año del salto de página: creo que hay que tener manga ancha con las actitudes de hace años, pero no con lo que ha ocurrido más recientemente, sobre todo a partir de 2017. Ya no podemos fingir tener la ingenuidad que teníamos antes.

Y si el 2017 es el año del salto de página, ¿el caso de la manada implicó un cambio de paradigma con respecto a la idea de consentimiento y de violencia?

Sin duda. Para mí el caso de la manada fue y creo que también para mi entorno. Más que el hashtag del MeToo, creo que fue esencial la conversación que se abrió en torno al seguimiento del juicio a la manada.

El juicio de la manada conllevó a nivel social una necesaria redefinición del concepto de violencia sexual.

Totalmente y esto ha llevado a que el pasado regrese de forma muy dolorosa. Hablando con mujeres, me di cuenta de que, a raíz del caso de la manada, muchas se daban cuenta de que habían sufrido violencia sexual y no habían sido del todo consciente de ello. En esos días, me di cuenta de que el pasado regresaba como trauma, pero que se curaba a través del acto de enunciación, a través del hecho de contarlo. Como te decía, en esta redifinición de la violencia, son muchas las mujeres que se han dado cuenta de que han vivido en su propia piel la violencia sexual, pero solo ahora, en este nuevo paradigma, se han dado cuenta de ello. En este sentido, creo que este proceso de toma de conciencia de la violencia sufrida ha sido muy doloroso en términos colectivos, la resignificación ha sido traumática. Creo que la clave está en tomar responsabilidad, a nivel colectivo, de nuestro pasado: no pido que se echen piedras contra nadie, sino que se asuman responsabilidades para que ciertas cosas no vuelvan a suceder.

Si antes hablábamos del conflicto entre teoría y práctica, ahora habría que detenerse en el conflicto que existe dentro de la teoría feminista en torno al concepto de violencia sexual. Basta leer lo que sostiene Camille Paglia sobre la violación para darse cuenta de ello.

He intentado que en el libro se vea que la evolución personal va acompañada de una evolución teórica. Ahora, con todo lo sucedido, no comparto en absoluto las ideas en torno a la violación de Paglia, pero tampoco las ideas de Virginie Despentes, cuya actitud me parece muy voluntarista: me parece perfecto que tú, a nivel individual, no quieras que la violación te defina y sostengas que es mejor exponerse a ser violada antes que quedarse en casa. Sin embargo, creo que esta postura solo tiene vigencia a nivel individual y que si la planteas a nivel colectivo es muy injusta, puesto que es una forma de exigir a las otras víctimas que se comporten como tú. Hay teorías feministas que son más individualistas que otras y yo, como lectora y activista, he pasado de una visión más individual de los fenómenos de violencia sexual a una visión más colectiva.

Dentro de la teoría, ¿en qué corriente o cerca de que teóricas te inscribes?

La verdad es que me he alejado bastante del feminismo teórico y estoy más interesada en el tipo de pensamiento y de activismo que se está generando en prensa y en redes, porque escapa de la insondable distancia que hay entre la teoría y la práctica. A nivel teórico, sin embargo, me sigo sintiendo muy próxima a las teorías postestructuralistas y a la teoría queer, asumiendo, sin embargo, que están muy lejos de todo planteamiento práctico. Puedo seguir diciendo que el género y el sexo son construidos y que, por tanto, no tienen sentido las etiquetas; sin embargo, a nivel práctico, estas ideas son absurdas, porque necesitamos etiquetas de representación política. Lo que me interesa a nivel teórico me parece factible solamente para una sociedad que espero que llegue, pero que ahora no existe.