JUSTO NAVARRO: París no era una fiesta

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El escritor granadino factura una extraordinaria novela negra en Petit Paris (Anagrama), ambientada en la capital francesa en 1943, momento en que los alemanes empiezan a perder la guerra.

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

 

Uno tiene la sospecha de que el poeta, ensayista, novelista, traductor y crítico literario, Justo Navarro (Ganada, 1953) muy probablemente estaría en el radar público como uno de los grandes prosistas españoles de las últimas décadas si se dieran una serie de factores, a la postre irrelevantes, como que se prodigara más en las mesas de novedades y en eventos públicos, residiera en Barcelona o Madrid, y no acogiera un carácter reservado y escurridizo. A imagen de John Banville/ Benjamin Black, los códigos de la novela negra y de espías le sirven de marco para un descreído análisis del alma humana en el que el lenguaje, preciso y evocador, está sobre todo al servicio de una brillantísima caracterización de personajes. En Petit Paris reencontramos al comisario Polo, si bien dos décadas atrás respecto a los hechos descritos en la anterior novela del autor, Gran Granada -nótese el irónico cambio de escala en los títulos-, investigando el paradero de unos lingotes de oro que pronto dejarán un reguero de cadáveres en un París turbio, por el que campan nazis, franquistas, resistentes, contrabandistas, soplones, matones, heroínas y noticias falsas. Navarro teje una telaraña subyugante con hilos de plata.

¿Qué le atrajo específicamente del París nazificado?

Era una ciudad que sufría las consecuencias de la guerra mundial, invadida por un ejército extranjero, lejos de los frentes de batalla y con la tensión de una resistencia subterránea al invasor. Y me acordaba de algo que decía Henri Bergson en 1932: en tiempos de guerra el asesinato y el delito, así como la mentira, no sólo se convierten en lícitos, son meritorios.

¿Qué cree que nos sorprendería más descubrir acerca de la presencia de los organismos franquistas en el París bajo dominación nazi?

No sé si queda alguien que todavía se sorprenda de que Franco fue amigo de Hitler y Mussolini. La policía franquista que operaba en la embajada española de París colaboraba con la Gestapo, muy eficiente en la caza de republicanos españoles huidos. El escenario sin duda se prestaba idóneamente a la obsesión que ha mostrado en sus anteriores novelas en torno al secreto, los círculos conspirativos, la paranoia… El París de 1943 se me antoja el lugar donde culmina su fijación por el crimen entendido como una estratificación compleja, una suerte de muñeca rusa o maraña tupida a descifrar. ¿Qué opina?

Me interesa el crimen como un mundo complejo, en el que no solo se incluye a los criminales, sino también a quienes en teoría persiguen el crimen: todos están en el mismo ambiente. En la España de ahora mismo, por ejemplo, hay casos de comisarios de policía que, supuestamente investigadores de casos de corrupción, están implicados en esa misma corrupción.

En su obra también ha vuelto en diversas ocasiones sobre el tema del doble. ¿Por qué le fascina tanto?

Creo que lo que me importa es la sensación de poder ser, siendo el mismo, una persona distinta: la posibilidad de ser otro, una persona con otra vida posible.

¿Cómo le interesa resolver la tensión entre recreación/fidelidad histórica y libertad narrativa, es decir, cómo desea que dialogue el hecho con la imaginación?

Petit Paris es muy fiel a lo que sucedió aquellos días de 1943 en el mundo y en París. El bombardeo que se cuenta en la novela ocurrió el mismo día y a la misma hora que se cuenta en la novela. Los caballos que ganan las carreras en los hipódromos de París son los de los ganadores de las carreras de aquellos días. Pero es evidente que no aparece en los periódicos todo lo que ocurre en un momento histórico determinado. Por ahí se cuela la imaginación.

En este regreso (o profundización) a la figura del comisario Polo, ¿cuanto ha tomado de la personalidad y los métodos de agentes de la ley de aquellos años?

Me he basado en informes de la época para los métodos de captación de informantes en los círculos republicanos españoles que usó la policía franquista. He utilizado también la información sobre las actividades de los funcionarios del consulado español en París durante aquellos días de 1943.

¿Qué le atrae explorar de forma prioritaria a través de un investigador?

El investigador va desvelando los acontecimientos que se cuentan en la novela. Parece un doble del novelista, ¿no?

Uno no acostumbra a ver un cuidado formal como el de Petit Paris en la novela negra. ¿Diría que la musicalidad del poeta se filtra irremediablemente en todo lo que escribe? ¿Y hasta donde diría que se puede llevar el lirismo a una novela negra sin que pierda su naturaleza?

Esta última pregunta se la haría ahora mismo a Dashiell Hammett, a Raymond Chandler, a David Goodis, a Simenon. La primera colección de poemas que publiqué, hace muchos años, cuando todavía era un estudiante, se llamó Serie negra. No hay mucha diferencia entre escribir poemas negros y novela negra.

Ejerce de crítico de novela negra, thrillers y bestsellers en Babelia. ¿Qué desafío le supone valorar obras en gran medida comerciales y cuál diría que es su mayor responsabilidad de cara al lector?

La responsabilidad que siento de cara al lector es la que siento de cara a mí mismo: ser fiel a lo que he leído y a lo que me parece. Procuro hacer pocos juicios de valor y poner ante el lector, de un modo que, sí, implica un juicio, los elementos que se barajan en la novela que estoy reseñando. Si esos elementos le parecen rechazables, que no lea la novela, y, si es al contrario, que vaya a buscarla. Evito el prejuicio de que el calificativo de “comercial” (lo escribo entre comillas porque todos los libros, una vez que se publican, son comerciales, están en el comercio) se convierta en una condena moral, más que estética. Si una novela es mala, no lo es por ser comercial, sino por otras razones.

Ha traducido a autores como Paul Auster o Francis Scott Fitzgerald. ¿Esta lectura atenta e intensiva de los textos que brinda la traducción cómo repercute en su propia creación literaria? ¿Y cuánto cree que debe “intervenir” un traductor sobre la obra para garantizar su fidelidad/naturalidad (que es otro modo de preguntarle cómo entiende la labor del traductor en líneas generales)?

Cuando traduzco procuro ser fiel tres veces: a la obra, al público lector, y a mí mismo. Pero me temo que yo influyo más sobre los escritores y escritoras que traduzco que ellos y ellas sobre mí: en español, los he escrito yo. Dicho esto, Virginia Woolf, de la que traduje una selección de sus diarios, la primera obra grande que traduje, influyó bastante en lo que escribí después.

En Gran Granada prestaba atención a las señales de modernización tecnológica en la España de principios de los años 60 mientras que en su ensayo El videojugador (Anagrama) reflexionaba sobre el videojuego desde una óptica económica, política y social. Poniéndonos un momento en modo especulativo, ¿qué caminos cree que tomará (o que podría tomar) la novela ante la creciente sofisticación de la tecnología?

Creo que la radio, el cine y la televisión cambiaron los modos de contar historias, la novela, y las formas de leer. Internet y el teléfono móvil como dispositivo de escritura y lectura van a cambiar esos modos de un modo sustancial: los están cambiando. Nunca se ha escrito tanto como hoy, y nunca tanto de un modo tan fragmentario, tan breve. ¿Cuántos mensajes de whatsapp y twitter se pueden mandar al día? ¿Cuánto durará la costumbre de leer textos mucho más largos?