José Ignacio Carnero: "Nuestro sistema está construido de forma imperfecta para conservar los privilegios de unos pocos"

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Ama (Caballo de Troya), madre en euskera, es la primera novela de José Ignacio Carnero. 

 

 

 

Texto ANNA MARÍA IGLESIA

 

Ama, madre en euskera, es la primera novela de José Ignacio Carnero. Entre la novela del duelo y el relato confesional, Ama no solo es un libro sobre la pérdida de la madre o un reconocimiento a aquella generación de mujeres que, desde muy jóvenes, trabajaron al servicio de las clases más acomodadas para labrar un futuro a sus hijos, sino es también un libro sobre el propio hijo, un joven que estudia derecho en una universidad privada y asciende socialmente con su carrera de abogado en Barcelona. La relación con el propio pasado, con el contexto del que se viene y con el presente, con ese nuevo mundo que se habita, la relación con los padres, su sentimiento de orgullo por el éxito del hijo y las dudas del hijo sobre el verdadero significado del éxito. Ama explora, desde el amor más profundo, la historia de una madre y un hijo, una historia hecha de complicidades y contradicciones.

Ama es un libro sobre tu madre y, al mismo tiempo, es un libro sobre la pérdida, en concreto, sobre la pérdida de una madre. ¿Pensaste Ama como una novela del duelo?

No pensé en escribir un tipo de novela concreta. Sentí la necesidad de escribirla y lo hice. Creo que es lo que hacemos todos los que escribimos: intuir algo y hacerlo. En mi caso, el libro parte de la necesidad íntima de contar lo que me sucede para así entenderlo. Lo hago con todo, por lo que también tenía que hacerlo ante la muerte de mi madre. Pero no, no reflexioné en escribir una novela del duelo. Sólo hice lo que hago siempre: ir contando lo que me pasa para así hacerle trampas al tiempo y a la vida.

Ama forma parte del catálogo de Caballo de Troya junto a Cambiar de idea de Aixa de la Cruz y Game Boy de Victor Parkas. Los tres libros se definen por el yo desde el cual se escribe y por el elemento testimonial y/o confesional.

Son libros muy distintos. No pueden ser más diferentes y, sin embargo, es cierto que en todos está el yo. En mi libro está más presente mi madre que yo. Aunque, sí, también hablo de mí. Pero no es sólo cosa del catálogo de Caballo de Troya. En general, el yo ha cobrado mucho protagonismo desde la crisis. No me refiero a la crisis económica. O no sólo a ella. Hay un cambio radical en todos los aspectos de la vida: cultura, trabajo, ocio, familia, relaciones de pareja, religión, etcétera. Nada se parece a la vida de las generaciones anteriores. Es por ello que no tenemos asideros ni certezas. Y creo que de ahí nace la preocupación por el yo. Porque como estamos totalmente desorientados, nos hemos vuelto incapaces de comprender el mundo, y hemos empezado por intentar comprendernos a nosotros mismos. Por eso creo que es injusta la mala fama del yo. Merecerá otras críticas, pero, en el fondo, es bastante humilde confesarse incapaz de comprender el mundo, y empezar por aquello que uno tiene más cerca, es decir, uno mismo.

A lo largo del libro, afirmas que te sientes incómodo, incluso, un impostor en tu nueva vida acomodada en Barcelona. ¿Podríamos hablar de un cierto tipo de sentimiento de culpa relacionado a la clase social de donde se viene y a la que ahora se pertenece?

No, suponiendo que eso sea así, no me siento culpable. Sólo constato hechos. La clase social es también un estado mental que tarda generaciones en aceptarse, y, por eso, los que nos toca movernos en determinados entornos, tan diferentes a los de nuestros orígenes, nos acabamos por sentir un poco extraños. Pero culpable no me siento. Sería una reacción un tanto pueril. Si acaso, puedo ser consciente del precio que ello tiene, y sentirme responsable de haberlo tenido que pagar.

Esta incomodidad se refleja claramente en tu relación con el 15M: asistías a la concentración de Sol a la vez que, durante el día, trabajabas asesorando a las entidades financieras, reforzando ese sistema contra el cual se iba. ¿Cómo gestionabas esta contradicción?

Con naturalidad. Ya sabía que eso iba a suceder. No tenía muchas más alternativas. Además, todos gestionamos, en mayor o menor medida, este tipo de contradicciones en nuestro día a día. ¿Por ello reforzamos el sistema? Creo que no; que, en cualquier caso, somos víctimas de él. Por negar la mayor, y plantear dudas, incluso el mismo 15M era contradictorio. ¿Se iba en contra del sistema, o también se pretendía reforzarlo? Muchas de las reivindicaciones, de hecho, si las analizamos en profundidad, podían ser bastante pro – sistema. Por ejemplo, el problema de la vivienda se abordaba en defensa de las familias (así se decía). Nada más conservador que la familia. Asimismo, se decía que los políticos que había no representaban al pueblo, pero no que el sistema era en sí mismo contrario a los intereses del pueblo. Son solo ejemplos. Con esto quiero decir que todos, incluso una reivindicación tan sana y honesta como el 15M, formamos parte de un sistema, y no por ello somos culpables; si acaso, como decía, somos víctimas.

En este sentido, reflexionas sobre el orgullo de tu madre por verte triunfar laboralmente y tu sentimiento de culpa por no estar tan pendiente de tus padres, por estar lejos. Esto lleva a la pregunta sobre qué es el éxito y, sobre todo, a interrogarse sobre la complicada relación entre éxito personal y éxito laboral.

Claramente. Cuando se habla de éxito, no se juzga a las personas por la vida personal que se construye. Al hablar de éxito, pensamos en trayectorias profesionales, u objetivos materiales que se logran. Todo aquello que no de un rendimiento, no es tenido en cuenta. Ocurre lo mismo con la cultura, que se devalúa constantemente, por esto mismo: porque no es algo monetizable. Lo mismo sucede con las relaciones personales. El éxito es un concepto manido por el capitalismo y, por tanto, deudor de un materialismo que se ha instaurado en nuestras cabezas. Quizá lo que debiéramos no es pretender instaurar el término “éxito personal”, sino empezar por eliminar esa palabra de aquello que no sea lo puramente material, porque al final acabará contaminada, y hay cuestiones que no se pueden medir en términos de éxito y fracaso.

 

Relatas de qué manera, en los años de juventud de tu madre, la Ría separaba la zona de la clase alta de las casas de la clase trabajadora y señalas que, sin embargo, ahora todos somos iguales, todos “vestimos en Zara”. ¿Crees que, de verdad, se han borrado las diferencias de clase? ¿Acaso no perduran las fronteras urbanas que separan barrios y, por tanto, clases sociales?

Naturalmente que perduran. En esencia, nada ha cambiado. Solo me refiero a que esas diferencias están ahora maquilladas, y que subsisten de forma más perversa. Antes las diferencias se marcaban de forma tan extravagante que esa situación no podía perdurar. Era el caso de las sirvientas, que llevaban cofia, y de los señores que vestían trajes caros. El capitalismo ha sido capaz de mercantilizar todo de tal manera que incluso ha sacado partido de estos contrastes. Ahora se hace más difícil encajar a un individuo en una clase social por el aspecto. Pero las diferencias subsisten de la misma forma.

¿No crees que lo único que ha cambiado es que la perspectiva de dónde se mira? Dicho de otra manera, no se han borrado las clases, solo que tú, habiendo ascendido económica y socialmente, ya no percibes esa frontera.

No, sinceramente, creo que hay que ser muy pijo y muy hortera para parecer a los ojos de todo el mundo un ricachón. Los sigue habiendo que lo parecen a kilómetros, claro que sí, pero son los menos. Hay muchos más que, si nos la jugáramos a decir su renta en función de su apariencia, seguro que nos equivocaríamos. Un ejemplo fácil es la gente que lleva traje y corbata. Deberían de ser de clase alta. Pero, si preguntáramos en cualquier calle del centro de una gran ciudad lo que cobran, seguramente nos llevaríamos una sorpresa. Y la gente que compra en Zara, ¿Acaso es clase popular? No creo: todo el mundo viste ropa de Zara. Hasta la reina Letizia me parece. O, por ejemplo, los que en Malasaña o en Gràcia visten ropa “vintage”, o prendas curiosas de segunda mano que imitan a la clase baja, ¿Son unos pordioseros? No lo creo. A eso me refería. A que el aspecto físico no es ya determinante y que hay que indagar mucho más para percibir unas fronteras que siguen intactas. Es, sin duda, un éxito del capitalismo.

En relación a todo esto, te identificas, en parte, con la figura del pijoaparte, pero, por otra parte, cuestionas su validez hoy.

Me identifico sólo como un juego literario. Sería un farsante si lo hiciese de otra manera. Cuestiono su validez por lo que he dicho antes. Porque el sistema, al menos hasta ahora, ha permitido que las clases sociales, en la superficie, se relacionen, y no se perciban tanto las diferencias. Digamos que el Pijoaparte no podría existir hoy, aunque la clase social a la que pertenece desde luego que sí que existe. La consecuencia de todo esto es doble: de un lado, no podemos decir que sea malo que ciertas clases hayan accedido a bienes y servicios propios de la clase alta; pero, de otro lado, la perversidad del sistema hace que con estas apariencias se encubran los problemas reales.

Es interesante observar tu incomodidad a la hora de relacionarte con chicas de la alta burguesía, pues subraya un elemento interesante desde el punto de vista social: aunque ganes dinero, aunque asciendas laboralmente, nunca serás uno de ellos.

Es lo que nos diferencia de los norteamericanos. Ellos, al menos de cara a la galería, consideran que quien gana dinero pasa a ser “de los suyos”. Nuestra clase alta, sin embargo, hereda costumbres de la aristocracia. Es decir, se necesita cierto linaje para ser “de los suyos”. Nuestro capitalismo, sin duda, es de peor calidad que el americano. La mayor parte de la clase alta española considera que el dinero se otorga por mandato bíblico, o algo así, y que, en consecuencia, existe dinero de peor y de mejor calidad, algo que debería de ser en sí contrario a las reglas del capitalismo. Pero no es nada nuevo: el sistema es mentiroso. Si los que salen beneficiados de él aceptasen sus reglas de forma íntegra, y se diese un liberalismo perfecto, es decir, un todos contra todos en igualdad de condiciones, cabría la posibilidad de que se viesen perjudicados. Por eso, quieren conservar el sistema tal y como está, y se ponen barreras de toda clase, llegando incluso, en última instancia, a poner barreras de linaje. Es un sistema construido de forma imperfecta a propósito para así conservar los privilegios. Y aquí, en España, lo es con mayor rotundidad, ya que los principios de la Ilustración no calaron hondo. No tenemos burgueses, sino que tenemos nobles, y eso se sigue notando en nuestras relaciones.

Se habla de que nuestra generación es aquella que creció en los años de bonanza y vivió la crisis. Tú, sin embargo, pones el acento en la generación de tus padres que trabajaron y ahorraron para ver triunfar a su hijo.

Ellos eran pobres, pero no vivían “en crisis”. Quiero decir que su mundo era sólido. Amargo pero sólido. Sabían que, si seguían una serie de reglas, si se sacrificaban y trabajaban duro, si no se salían del camino marcado, alcanzarían ciertas metas. Nuestra generación, sin embargo, a pesar de vivir mejor, no tiene esas certezas. Con eso no quiero decir que es preferible vivir en la generación de nuestros padres. Al contrario. Además, imagino que esas certezas también asfixiaban.

Es interesante cuando relatas cómo tu madre, siendo muy joven, se negó a ir a misa, tal y como lo exigía la familia en la que trabajaba. Observas de qué manera aquella rebeldía, aquella defensa de sus principios y de sus derechos como trabajadora era espontánea, no estaba mediada por lecturas ni activismo político.

Claramente. Y mi madre, además, era creyente, así que no le hubiese incomodado ir a misa. Pero antepuso, de una forma inconsciente, su libertad personal. En cualquier caso, sí, lo más normal en las clases populares de las que hablo no es el activismo político. En mayo del 68 nuestros padres y abuelos no estaban levantando adoquines, sino escuchando a Manolo Escobar, yendo a la fábrica, pagando la hipoteca, etcétera. No hay grandes actos heroicos. Ni falta que hace para reivindicar a una clase social. Sólo hay, con suerte, alguna pequeña heroicidad como la de no ir a misa, que, sin embargo, a mí me parece enorme.

Por último, ¿podríamos decir que la escritura aparece en tu novela con una doble función: se enfrenta a la muerte, hace que tu madre no llegue nunca a ser pasado, y, a la vez, te salva, te reconcilia frente a las contradicciones que vives?

Podríamos hablar ampliamente de esto, pero no es un mal resumen el que haces. En gran medida, efectivamente, para mí la escritura es una forma de retener lo efímero de todo lo que nos sucede y, de otro lado, una forma de curarme a través del relato que construyo.