Dardo Scavino: “Los yihadistas fueron durante mucho tiempo los grandes aliados de Occidente”

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Ganador del Premio Anagrama de Ensayo y del Premi Ciutat de Barcelona, Scavino lanza dardos a derecha e izquierda en demanda de una filosofía crítica: la que se ocupa no de criticar a los demás sino a uno mismo.

 

 

 

 

Texto: FÉLIX TERRONES

Foto: REFLEX PHOTO PESSAC

 

Scavino pertenece a la especie de académicos que son a la vez intelectuales. En la misma línea de autores como Enzo Traverso y, para el caso hispanoamericano, Graciela Speranza, Scavino propone una reflexión exhaustiva y dinámica que sale de los claustros académicos para medirle el pulso a la actualidad, por más violenta y deletérea que esta sea. El sueño de los mártires. Meditaciones sobre una guerra cultural (ganador del Premio Anagrama de Ensayo) es un ejemplo claro de un pensamiento que convoca literatura, filosofía e historia, pero sobre todo política, para delinear del mejor modo posible la primera guerra de corte global, que enfrenta a drones contra mártires, en un contexto donde imperialismos y resistencias adquieren diversas caretas.

Ha consagrado parte de sus trabajos a autores como Juan José Saer y Jorge Luis Borges. ¿Qué lo llevó a interrogar el mundo actual de terroristas islamistas, por un lado, y drones norteamericanos, por el otro?

Para mí, las ficciones no están solamente en los libros sino también en el mundo. Narraciones de la independencia (2010) y Rebeldes y confabulados (2012) son dos libros que hablan de los efectos de esas ficciones en la historia hispanoamericana en general y argentina en particular. En El sueño de los mártires, la palabra sueño alude a esas fábulas que los yihadistas, pero también los israelitas o los norteamericanos interpretan, cada uno a su manera. El título, además, hace alusión a El sueño de los héroes de Adolfo Bioy Casares. Borges y Bioy siempre estuvieron muy interesados en ese misterio del heroísmo: ¿por qué alguien elige morir y quedar en la memoria de los hombres antes que vivir, pero olvidado?

En su ensayo propone una reflexión acerca de la guerra actual, ¿cuáles serían sus nuevas implicaciones globales, por utilizar un término frecuente en el ensayo?

En que los antagonistas actúan en los territorios de diversos Estados soberanos sin declararles la guerra: unos, con sus atentados; los otros, con sus “asesinatos selectivos”. Recurrí al adjetivo “global” para distinguir esta guerra de las “mundiales”, que eran más bien “internacionales” o “interestatales”.

Esto supone, en consecuencia, una redefinición del concepto de héroe que usted propone siguiendo una doble línea, con todo lo que esto implica a nivel simbólico, pero también ético y moral ¿no es así?

El heroísmo de los occidentales no difiere, en lo esencial, del heroísmo de los musulmanes. Basta con leer la Oración fúnebre de Pericles para darse cuenta de que el héroe es quien acepta sacrificarse por amor a los otros, a la comunidad, a la patria. Y hasta no hace mucho las naciones occidentales invocaban este principio para que los jóvenes aceptaran ir a la guerra. Los monumentos al “soldado desconocido” celebraban eso justamente. Muchos pensadores germanos, por ejemplo, no entendían cómo podía ser que los jóvenes de 1914 se presentaran como voluntarios para combatir en la Primera Guerra. El interés de los cineastas del expresionismo alemán por los fenómenos hipnóticos tiene que ver con esa perplejidad: todo ocurre como si la propaganda lograra que los sujetos obraran incluso en contra de su propio instinto de autoconservación. Entre los años sesenta y setenta, aquella posición ética empezó a cambiar: las comunidades dejaron de homenajear a sus héroes para homenajear a sus “víctimas inocentes”, es decir, aquellas que no murieron combatiendo. Con la Guerra del Golfo a principios de los noventa surge así la doctrina zero death que va a predominar hasta ahora y cuya traducción tecnológica es el dron: una máquina de matar sin poner en peligro a “nuestros muchachos”. Los teóricos del martirio musulmán, como Abdullah Assad, prosiguen en cambio la antigua tradición del heroísmo. Para los occidentales de hoy, digamos, los mártires son quienes mueren involuntariamente, mientras que, para los actuales yihadistas, los mártires son quienes mueren voluntariamente. Cuando Bin Laden les dice a los occidentales: “Nosotros amamos la muerte como ustedes aman la vida”, está aludiendo al contraste entre ambas posiciones.

Quisiera que nos detengamos un instante en la reflexión acerca de la vocación de mártir que tienen muchos de quienes se convierten al islamismo. En su ensayo me resultó fascinante la manera en que le da una explicación social a un fenómeno muchas veces visto —por miopía o conveniencia—, desde el ángulo religioso.

Muchos pensadores trataron de encontrarle una explicación a esas tendencias autodestructivas o autosacrificiales de los seres humanos. Freud, sin ir más lejos, después de la Primera Guerra. Estas tendencias se vuelven misteriosas porque partimos de la idea de que una persona sana de espíritu, y que procede de manera racional, defiende sus propios intereses, entre los cuales se encuentra, por supuesto, la pretensión de seguir viva: el conatus, como lo llamaba Hobbes. Pero esto no quiere decir que el egoísmo sea natural. Se naturalizó en una época histórica, gracias, entre otras cosas, a una tradición del pensamiento anglosajón que se remonta a filósofos como Hobbes o Locke. Es la diferencia principal entre los ensayos filosóficos y los políticos o sociales: los primeros no tratan de explicar solamente algún fenómeno sorprendente, sino que se preguntan también por qué nos resulta sorprendente, es decir, cuáles son los presupuestos de nuestro pensamiento que nos impedían pensarlo o que nos llevó a tacharlo de “anormal”. La filosofía no se pregunta tanto por el pensamiento del otro como por el pensamiento propio. Eso es la crítica en filosofía: no se trata de criticar a los otros sino de criticarse a sí mismo.

¿Cómo explica que muchos de quienes se martirizan o inmolan en nombre del ejército islamista provengan de los países occidentales como Francia, apenas conozcan el Corán e, incluso, algunos apenas hablen árabe?

Se trata de uno de los puntos clave de mi ensayo y de mi desacuerdo con Huntington. Permítame que lo resuma con una paradoja: las identidades culturales no son culturales; las identidades religiosas no son religiosas. Las identidades son políticas y, como consecuencia, coyunturales. ¿Qué quiero decir con esto? Que una persona puede tener una identidad musulmana conociendo muy poco del islam y hasta habiendo sido formado en una cultura no-musulmana como ocurre con muchos yihadistas. Que alguien diga “nosotros, los musulmanes”, no significa que conozca la religión musulmana. De hecho, es lo que sorprendió a muchos investigadores: que los presuntos “fundamentalistas” ignoren cuestiones tan básicas como los cinco pilares del islam. Pero esa identidad es una especie de papel teatral que el sujeto puede interpretar hasta el final: hasta llegar a morir, por ejemplo, “en nombre” del islam. Y estas identidades son inseparables de un antagonismo, de un antagonismo que caracteriza una coyuntura. De hecho, y como trato de demostrarlo, los yihadistas fueron durante mucho tiempo los grandes aliados de Occidente en el mundo musulmán. Rodinson hablaba de “musulmanes sociológicos”; yo hablo de “musulmanes políticos”.

Y en este contexto globalizado donde cierta forma de pensamiento ha apuntado el final de la historia, por un lado, y, por otro lado, a la lucha contra el fanatismo religioso, como “enemigo” de la libertad, su ensayo propone abordar el conflicto a partir de la política…

Precisamente, suele llamarse “fanático” al sujeto que defiende una causa en lugar de defender sus intereses personales y negociar con los demás una solución conveniente para todas las partes. Este fanatismo se observa como una anomalía, como una patología, simplemente porque la norma, para nosotros, es el comportamiento pragmático. Pero traté de mostrar también dos cosas en mi ensayo. Primero, que los occidentales suelen pasar por alto algunos comportamientos fanáticos como si no fueran tales. Segundo, que la defensa del pragmatismo cuenta también con sus fanáticos. Una vez más, no se trata de tachar a los fanáticos de “enfermos mentales” sino de interrogarnos acerca de los orígenes de la norma a partir de la cual los juzgamos así.

Asistimos al auge de las extremas derechas en Europa. Muchos consideran que es consecuencia de una necesidad de luchar contra el denominado terrorismo islamista, casi como una respuesta orgánica. Usted sugiere, sin embargo, otra explicación. ¿En qué medida el yihadismo y las extremas derechas podrían jugar en pared?

El principal teórico del Estado Islámico, Abu Musab Al Suri, tiene perfectamente claro esto: él quiere multiplicar los atentados en Occidente para que las poblaciones odien a los musulmanes y crezca la extrema derecha. Quiere romper con la lógica de la “integración” de los musulmanes en las comunidades europeas. Piensa que la persecución de los musulmanes va a acrecentar las adhesiones al yihadismo. El auge de la extrema derecha es uno de los principales triunfos del Estado Islámico. Si usted se fija, la mayoría de los líderes de la extrema derecha occidental, desde el húngaro Orbán hasta el brasileño Bolsonaro, pasando por Donald Trump o Matteo Salvini, apoyan ahora la política anti-palestina de Israel, algo totalmente inédito para personajes provenientes de movimientos antisemitas. Esta guerra mundial se basa en una complicidad de los enemigos, porque tanto los islamistas como la extrema derecha occidental saben que se benefician con este conflicto. Unos gritan: “¡No, a la occidentalización de la umma!” Los otros: “¡No, a la islamización de Occidente!” Mientras tanto, los islamistas lograron terminar con los nacionalismos árabes laicos, mayoritarios hasta los años noventa, mientras que la extrema derecha logró borrar del mapa político a la izquierda… ¿Hay que recordar que los occidentales apoyaron hasta los años noventa a los islamistas que combatían a comunistas y nacionalistas laicos? En aquella época eran aliados; ahora son enemigos cómplices.

Un último aspecto que me llama la atención y que me parece uno de los más logrados en el libro es la manera en que ha convocado disciplinas, saberes y artes para cristalizar una reflexión que aborda la temática desde la historia, la filosofía, la política, incluso la literatura. ¿Qué tanto el género del ensayo puede ser un arma de valor político en nuestros días?

El ensayo es ese género híbrido, no cabe duda. No es casual que haya nacido en la misma época que la novela. Cervantes y Montaigne eran contemporáneos. Para mí, sin embargo, no es un arma. No pretendo atacar a nadie con él. Con los textos de combate suele ocurrir lo mismo que con los combates propiamente dichos. Cuando fue la masacre de Charlie Hebdo, las opiniones se dividieron en América Latina entre quienes acusaban a los yihadistas de ser intolerantes y fanáticos y quienes acusaban a Charlie Hebdo de vehicular posiciones anti-musulmanas herederas del colonialismo francés y cercanas del Frente Nacional. Yo traté de mostrar que no se trataba ni de una cosa ni de otra, y que esta polarización no solamente no explicaba lo que había sucedido, sino que formaba parte del problema mismo: los yihadistas quieren, precisamente, identificar a Occidente con las posiciones de extrema derecha marcadas por los prejuicios coloniales, y la extrema derecha quiere presentarse como la defensora del laicismo y la tolerancia occidentales… Por eso, antes de tomar posición en un combate, hay que tratar de pensar primero la complicidad de los combatientes.