Antonio J. Rodríguez: "“Una postura liberal debe implicar siempre una actitud progresista, un mirar hacia el futuro”

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El escritor y periodista Antonio J. Rodríguez publica una novela de tintes ensayísticos y de trasfondo político, "El candidato" (Literatura Random House)

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: LUNA MIGUEL

 

El Candidato (Literatura Random House) podría definirse como un extenso perfil político que ha adoptado la forma de la novela para poder ser escrito. Así nos presente Antonio J. Rodríguez a su protagonista y al texto que vamos a leer en las breves páginas del prefacio. Lo que sigue es una novela sobre la ascensión política de un joven que abandona su brillante carrera universitaria para llevar a la práctica la teoría política sobre la que hace años lleva estudiando. El candidato de Rodríguez es un personaje incómodo, una rara avis dentro del espectro político español: proveniente de la tradición liberal francesa, rompe con la polarización partidista e ideológica y sorprende con propuestas y actitudes que desconciertan tanto al electorado como a las filas de su propio partido. A través de este personaje, Rodríguez construye una novela de ideas en la que la reflexión sobre el liberalismo -su tradición filosófica, su significación teórica, su uso político, el misreading que en torno a dicho concepto se produce – constituye el eje central.

No sé si podía haber momento más propicio para una novela como El candidato.

Cuando empecé a escribir la novela, ya había habido en los últimos años bastantes elecciones. Las elecciones son algo cíclico y, evidentemente, cuando estaba escribiendo pensaba que ojalá su publicación coincidiera con algún periodo electoral, pero con lo que no contaba es que se celebrarían tres elecciones en el mismo periodo de su publicación.

¿Qué te llevó a escribir esta novela?

Son varias cosas. Por un lado, durante un tiempo, tuve mucho interés por la política como ficción y por la ficción política, desde series como Borgen o House of cards hasta biografías de políticos o perfiles como el que hizo Jasmina Reza de Sarkozy. Toda esta narrativa política me interesó mucho. Por otro lado, por mi trabajo como periodista, siempre he prestado mucha atención a la actualidad. Todo ello ha acabado desembocando en este proyecto.

El prefacio que añades al inicio juega a presentar la novela como un texto que tiene su origen en un perfil político de un candidato real, no ficticio.

Ese prefacio lo concebí como una bisagra entre dos referentes que tenía a la hora de escribir el libro: por un lado, la ficción contemporánea pura y dura, incluso, algo decimonónica como la representada por Virginie Despentes o Philip Roth y, por otro lado, el perfil periodístico. La novela intenta reproducir un perfil larguísimo. A partir de ese cruce entre los referentes de no ficción y los referentes de ficción, nace el prefacio y la forma de la novela.

Asimismo, el prefacio no solo subraya la imposibilidad, por falta de libertad y por presiones, de armar un perfil en el que se cuente aquello que el candidato no quiere que se cuente, sino también la dificultad de penetrar en el mundo y la persona de una figura política, completamente blindada.

Está claro. A raíz de lo que comentas, me acuerdo del interesante ejercicio periodístico que hace Carrère en su perfil de Macron: Carrère no saca nada en claro de Macron y en buena medida el perfil no hace sino narrar los esfuerzos del escritor para lograr sacar algo de Macron, sin que esto sea posible, puesto que Macron es completamente implacable. De ahí que en el prefacio se reflexione sobre el hecho de que, en ocasiones, la ficción puede servir para narrar mejor la realidad que los otros géneros de no ficción.

En la novela, se establece una comparación entre la poco asentada tradición liberal en España y la fuerte tradición liberal en un país como Francia.

Hablo de Francia, pero también se podría hablar de la tradición política anglosajona. Buena parte de la narrativa y de los conflictos de ideas de la actualidad surgen de un lost in traslation de lo que significa ser liberal. En España el ser liberal se asocia a una serie de cosas, pero en el mundo anglosajón significa otra. En Inglaterra como en Francia, ser liberal significa ser un progresista. En España, por el contrario, con el concepto liberal pasa algo similar a lo que pasa con los seguidores del Real Madrid: son dos equipos a cuyos seguidores se les caracteriza por una mentalidad muy castiza y muy conservadora, si bien hay resquicios en los que se filtran otras versiones más moderadas.

Y en uno de estos resquicios es donde aparece tu personaje, al que podríamos definir como una anomalía dentro del espectro político.

Es un personaje que, lo pongas donde lo pongas, cae mal: es despreciado por razones más o menos evidentes por la izquierda y es despreciado por las mismas razones por la derecha. Juega a construir un programa político anómalo, sobre todo si pensamos en la actualidad. Tengo un poco la sensación de que en España, aunque no solo, estamos viviendo una permutación de conceptos: aquellos políticos y/o personajes que se dicen liberales son los más conservadores, pero, al mismo tiempo, pensando en ayuntamientos como el de Madrid o el de Barcelona, aquellos políticos que rechazan el liberalismo están en la práctica mucho más cerca que dicho concepto. Como te decía, se produce un lost in traslation dentro del debate político actual que pone en evidencia la contradicción entre el relato político y la filosofía política.

Y si hablamos de contradicciones, lo que pone de manifiesto tu personaje -hombre blanco, de clase media, con estudios y heterosexual- es la contradicción entre sus actos, propios de quien ha asumido perfectamente el rol del hombre en la sociedad patriarcal, y su discurso aparentemente feminista.

En este sentido, me he planteado el personaje como una versión mejorada e, incluso, más perversa de lo que podríamos llamar como los “hijos sanos del patriarcado”. Es un tipo con una herencia de género muy marcada, tiene muy claro qué significa ser un hombre blanco heterosexual, pero también conoce el discurso feminista. Sus comportamientos masculinos y pseudomachistas aparecen de forma más sutil y, por tanto, más perversa precisamente porque conoce el discurso feminista, porque lo ha asimilado y porque conoce los códigos que lo rigen. Recientemente leía acerca de unos periodistas franceses que se dedicaban a acosar a sus compañeras de trabajo; lo curioso del caso es que eran tipos asociados a medios progresistas, con formación feminista… Por tanto, como te decía en relación a mi personaje, la presión y el hostigamiento que ejercían eran más sutiles porque conocían los códigos de género. Esta exhibición del machista que conoce los códigos del feminismo es doblemente perversa.

Otra contradicción que queda patente a través de tu personaje y del personaje de Rania es la que hay entre una concepción de la política puramente teórica y una concepción de la política que nace de la experiencia personal.

El candidato es un personaje que viene de la academia y una de las líneas de la novela es precisamente el conflicto personal, en ocasiones vertebrado por lo que tiene que ver con la significación del conflicto palestino-israelí, conflicto que lo enfrenta con Rania, puesto que él habla desde la teoría y ella desde la práctica. Ambos miran la misma realidad desde perspectivas distintas, pero diría que sus discursos son complementarios.

El conflicto palestino-israelí como, en parte, también la actual situación de Venezuela subraya la polarización política que se producen ante contextos complejos y que no deberían reducirse a un simple “estar a favor de unos y en contra de otros”.

Sí, en parte es cierto. Por lo que se refiere a la novela, creo que la suma de sus opiniones, sitúa al candidato en un lugar raro, en un lugar incómodo para todos los posicionamientos políticos. Sin embargo, este lugar extraño que ocupa le facilita, al menos desde su perspectiva, el recolectar votos de todo el espectro del electorado, si bien, al mismo tiempo, le puede llevar, como de hecho le lleva, a molestar a todo el espectro de electorado, pues nadie lo ve como uno de los suyos. Toda la novela reflexiona sobre el enfrentarse y, al mismo tiempo, el abrazar las distintas posiciones políticas.

Podríamos decir que el candidato rompe con la polarización partidista.

Totalmente. Al mismo tiempo, el candidato puede leerse como el resultado de una suma de distintos políticos: por un lado, los políticos que vienen de estudiar muy bien las reglas mediáticas y, por otro lado, los políticos del escándalo así como también los políticos más teóricos. Ahora mismo, tengo la sensación de que asistimos al choque de dos grandes tradiciones políticas: por un lado, está la política más ilustrada y refinada representada por Macron o Trudeau y, por otro lado, están los políticos del escándalo como LePen o Abascal. Mi personaje es la interjección de estas dos tradiciones.

En la novela se plantea que, convertido el debate político en mero espectáculo, el carisma tiene más peso que las ideas.

Creo que hemos llegado al punto de asimilar que lo que se dice en campaña y lo que se dice después no tiene nada que ver. Una cosa es el talent show de la campaña electoral y otra cosa muy distinta es gobernar. En el talent show de lo que se trata es de mostrar unas capacidades telegénicas, que no te deben servir forzosamente para gobernar, pues a la hora de gobernar se resetea la historia y se empieza de cero. Quizás por una sucesión de elección en los últimos años motivada por la polarización de partidos que hay, asistimos a un momento político en el que lo que hacemos los electores es sentarnos y mirar el espectáculo.

Recuerdo como Nixon perdió el debate televisado contra Kennedy por sudar. Esto sucedió en 1960, era el primer debate entre candidatos televisado y dejó patente cuánto pesa la imagen a la hora de ganar electores.

Sí, es cierto, pero creo que, en esto de ganar electores, hay que tener en cuenta muchas otras variables. En la novela observo de qué manera el ser un político imperfecto también te puede ayudar a la hora de sumar puntos. Frente a esa aristocracia de la comunicación, tener una imperfección estudiada te puede sumar puntos; esto lo sabe muy bien el candidato. Al final, como tú dices, se trata de un catálogo de carismas donde el espectador elige.

Hay quien sostiene que si Trump ganó las elecciones y si están teniendo auge determinados discursos políticos es por su incorrección política: dicen aquello que la corrección política no “permite” decir y dicen aquello que muchos piensan.

El debate sobre la corrección política nos puede ocupar mucho tiempo. Por lo que se refiere a la novela, el personaje juega con distintas expresiones de lo políticamente incorrecto, no siempre dice aquello que los de sus filas esperan de él: en un momento dado defiende la causa palestina, algo que podría suponer una cierta deflagración dentro de su electorado natural, y, en otro momento, defiende los sindicatos y a la libre empresa. En él hay este deseo por lo inesperado, por decir aquello que los demás no esperan, el deseo de confrontar a todos tus electores por igual. Creo que mezclar discursos diferentes, incluso, opuestos como también mezclar perfiles distintos en una misma lista electoral puede servir a sumar electorado. De alguna manera, en esta concepción de la política como espectáculo, cada nombre dentro de la lista electoral es una oportunidad nueva para representar nuevas expresiones de la política. Pienso, por ejemplo, en el nombramiento, dentro del PP, de Cayetana Álvarez de Toledo: es un perfil que apunta a un electorado ilustrado e inscrito dentro de  una tradición liberal. Por otro lado, junto a ella, encontramos a Pablo Casado, que es un tanque de subir el pistón del discurso, o a Andrea Levy, que tiene este carácter más estudiadamente moderno. Todos ellos representan distintas expresiones del partido y el objetivo es llegar a distintos electores.

Más allá de tu francofilia, ¿el hecho de optar por Francia como el país ante el que confrontar España se debe a que ahí ciertas dinámicas políticas son distintas?

En esa elección, hay un elemento racional y otro irracional. Dada la temática del libro, Francia me permitía interpelar a unos referentes que encajaban muy bien tanto con el debate político actual como con la discusión intelectual a través de personajes como Jean-Paul Sartre, Raymond Aron o Bernard Henri-Levy.

De hecho, la tesis del protagonista es sobre el debate entre Sartre y Raymond Aron, un autor que ahora empieza a ser reivindicado en determinados sectores.

Yo diría que sigue siendo un autor olvidado. Una de las últimas veces que fui a París, recuerdo haber visitado el cementerio de Montparnasse y mientras las tumbas de Sartre y Simone de Beauvoir estaban llenas de rosas y recuerdos, la de Aron está en un sitio escondido, rodeado de musgo. Sartre y Aron son dos expresiones de la política totalmente distintas, pero igualmente interesantes. Me parecía interesante reflexionar, a través de la novela, sobre los puentes que se establecen entre posicionamientos políticos y filosóficos distintos.

Ahora que se habla mucho de la crítica a los intelectuales, Aron fue muy crítico con los intelectuales de izquierda, a los que definía como “despiadados con las debilidades de las democracias, indulgentes con los mayores crímenes, siempre y cuando estos se cometan en nombre de las doctrinas correctas”.

Y es también una figura muy interesante por su posición ante el colonialismo: sus peros y sus críticas a la cuestión colonial en pleno conflicto franco-argelino son propios, según nuestros esquemas, de la izquierda postcolonial en la que él no se inscribía. Sin embargo, sus críticas han sido recogidas, tiempo después, por gente como Macron. En los terrenos fronterizos es donde podemos ampliar el pensamiento, podemos reflexionar más allá de los lugares comunes y de los marcos de referencia natural.

Antes comentabas la mala interpretación que se hace del concepto de liberalismo y la dificultad de su definición en el contexto español. Dicha problematicidad interpretativa se hace todavía más evidente cuando desde posiciones liberales se habla y se teoriza en torno al feminismo. Pienso, por ejemplo, en alguien como Camille Paglia..

Por un lado, dentro del feminismo encontramos el feminismo radical, que considera que el sujeto del feminismo es únicamente la mujer y rechaza radicalmente la legalización del trabajo sexual. Por otro lado, es posible hablar de un feminismo liberal, que podría estar representado, entre otras, por Paglia. Al mismo tiempo, han aparecido figuras intelectuales muy difíciles de encasillar. Acaba de publicarse el nuevo libro de Paul B. Preciado, en cuyo primer capítulo rechaza abiertamente la ideología y rechaza también el pensamiento liberal, si bien a un Paul B. Preciado lo situaríamos mucho más cerca de un feminismo liberal que de un feminismo radical. Por lo que se refiere a Paglia, tiene un problema y es un problema de lectores: dado que se ha convertido en una autora defendida por gente de ideas conservadora, acaba siendo desestimada, si bien puede ser leída de otras formas y desde otras perspectivas. Muchas veces un autor o una autora es leído por sus epígonos y no por sí mismo de tal manera que se desvirtúa el discurso original. Volviendo al debate entre feminismo radical y feminismo liberal, una de las preguntas clave es si el feminismo tiene que ser anticapitalista o no. Podríamos estar horas discutiendo a ello.

En mi opinión, el feminismo nunca puede dejar de lado cuestiones como el contexto social, la pertenencia de clase y la raza, cuestiones que quienes abogan por el feminismo liberal tienden a pasar por alto.

Si no recuerdo mal, Albert Rivera comenzaba su artículo en el que defendía el feminismo liberal citando a John Rawls, lo que generaba desconcierto, en cuanto el nombre de Rawls o del filósofo que fuese citado le venía grande. Volvemos, por tanto, a lo de antes:  el concepto feminismo liberal, al aparecer en escena a través de un artículo muy cuestionable por sí mismo o por la persona que lo ha dicho, se desvirtúa inmediatamente. Nos volvemos a encontrar, por tanto, con un problema de traducción o de concepción de lo que es el liberalismo. Te pongo otro ejemplo, siempre relacionado con el feminismo: en España, la gestación subrogada es algo defendido unilateralmente por Ciudadanos, mientras que en Portugal en 2017 el bloque de izquierdas aprobó la ley sobre la gestación subrogada, que, posteriormente, el bloque conservador denunció frente al Tribunal Constitucional. Lo que quiero decir con esto es que el problema reside en que el término “liberalismo” se ha manoseado y utilizado absurdamente en un montón de circunstancias inadmisibles. Hay un muchos factores que entran en juego: el mal uso de la palabra para defender la libertad individual en todos los ámbitos, desde comprarse un coche hasta comprarse un hijo, y, luego, es un concepto estrechamente relacionado con el de la emancipación, tradicionalmente ligado a la izquierda. Aquí entra en juego, sin embargo, el peso que dentro de la tradición republicana y de izquierdas se haya podido dar a los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad. Muchas veces se abandonan los dos últimos conceptos para hacer énfasis solamente en el de libertad. Me parece de cajón que, volviendo al origen del término, una postura liberal debe implicar siempre una actitud progresista, un mirar hacia el futuro.

¿Crees que podríamos hablar de una nueva generación de ensayistas, muy vinculada a la órbita de Letras Libres, desde Daniel Gascón a Ricardo Dudda, que se inscriben e, incluso, reactualizan la tradición liberal?

Yo los leo a todos ellos con interés, estoy de acuerdo con ellos en muchos puntos. Creo que se inscriben en la tradición de Mark Lilla que, por cierto, pensando en lo que hablábamos antes, me dijo en una ocasión que la gente que lo leía era gente de derechas, pero que no se podía preocupar por ello, que solamente se tenía que centrar en aquello que él quería decir. Es verdad que Mark Lilla, como otros, es un nombre que cae mejor a la derecha que a la izquierda, en parte, quizás, porque, al menos en mi opinión, es alguien que está obsoleto en lo referente a determinadas cuestiones, como puede ser la cuestión de género. Judith Butler, por ponerte un ejemplo, es más liberal en términos de filosofía política, es más abierta, más progresista, es el futuro y es el presente, si bien es rechazada muchas veces por esos presuntos liberales entre los que podríamos encontrar a Lilla. Me parece que es mucho más libre y progresista en materia de género lo que tengan que aportar una Judith Butler o una Paul B. Preciado que lo que tenga que aportar un Mark Lilla.